Juan José Zaldivar Ortega

Juan José Zaldivar Ortega

Dr. en Medicina veterinaria y zootecnia

29 Septiembre 2005

En recuerdo del valiente Joselito Huerta. Alos cicuenta años de su alternativa

Conocí -y medio siglo después le sigo recordando (1955-2005)-, al valiente matador de toros mexicano Joselito Huerta, haciendo el paseíllo nada menos que en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, el (29-09-1955), día de su alternativa, lleno de ilusiones y con la plaza a rebosar, en una corrida de las tradicionales que se celebran durante la Feria sevillana de San Miguel. Pocos días después me lo presentó nuestro común amigo el ganadero y abogado jerezano Manuel García Fernández-Palacios, que está luchando valientemente con una pesada enfermedad. ¿Cómo hubiese pensado en aquellos días que justamente un cuarto de siglo después (1980) estaría organizando, después llevando la dirección de su rancho zacatecano, y viviendo en la hermosa y colonial ciudad de Zacatecas? Y así fue. Menos aún podría haber imaginado entonces que medio siglo después, en la misma ciudad, tras vivir en ella veinticinco años, un discípulo sobresaliente en los cursos que impartí sobre el toro de lidia, el doctor Pedro Martínez Arteaga, me dispensaría un homenaje con motivo de celebrarse en Zacatecas (México) el II Congreso Iberoamericano y XII Congreso Nacional de Veterinarios Taurinos A.C., los días 24 al 27 de agosto próximo.

Nada hubiese sido posible sin la amistad y el apoyo en México de Joselito Huerta y como “honor al que honor merece”, en expresión muy mexicana, quiero rendirle a José, al amigo, compadre, torero y ganadero desaparecido, esta manifestación pública de gratitud, acompañada de una imagen hasta hoy inédita, que he guardado celosamente, porque viví el histórico momento y fotografié al matador -nacido el (24-01-1934), en la modesta población de Tetela de Ocampo (Puebla, México)-, tal vez uno de los días más felices, cuando después de ponerle en marcha productiva su ganadería, se sentó en un palco observando ensimismado sus dos primeras corridas de toros, como puede verse en la imagen.

En aquel palco permanecimos horas hablando de su ganadería, de sus inolvidables vivencias en España, especialmente de Sevilla, de la que guardó los mejores recuerdos. De aquel (29-09-1955), en que recibió la alternativa, siendo su padrino el matador español Antonio Bienvenida y testigo Antonio Vázquez, hermano de Pepe Luis, con un encierro del conde de Santa Coloma, llamándose el toro de su doctorado Servilleto, al que le tumbó una oreja. Toreó en España en 1955, 36 novilladas y la corrida de su alternativa. De sus excursiones a los cortijos de Jerez, de su gratísima impresión cuando conoció la ciudad de Cádiz y dijo...”no hay otra con tanta solera de encanto especial.”

De sus cornadas, algunas prácticamente mortales. La del (26-09-1957), en que un toro de don Félix Moreno Ardanuy, le infirió una grave, en la región tempo-craneana -en las sienes-, en la plaza de Córdoba (España), cuya cicatriz permaneció a la vista de todos por su tamaño. Pero, sobre todas, la más grave la sufrió el (30-11-1968), en el coso El Toreo de Cuatro Caminos (Estado de México), en el vientre, con salida de la masa intestinal, que puso en inminente peligro su vida, infringida por el toro llamado Pablito, de la ganadería mexicana de Soltepec, de Reyes Huerta (Cantinflas). Nadie pensó en aquellos trágicos instantes que el torero volvería a pisar los ruedos.

“Los que de muy cerca siguieron la lucha entre la vida y la muerte de este maestro de los ruedos -nos ha dejado escrito un cronista taurino mexicano-, nos fuimos dando perfecta cuenta de que si se recuperaba totalmente no habría ninguna duda de que lo volveríamos a ver vestido de luces.” ¡Así fue! Joselito Huerta, una vez recuperado de lo que a todas luces era una cornada mortal, regresó a los ruedos y no para explotar su percance, sino para que la afición taurina del mundo entero, viera que cuando enfundado dentro del vestido de torear había un hombre y gran torero, que regresaba con todos los honores, como si nada hubiera ocurrido.

«... Y, llegamos al domingo seis de febrero de 1966, en que los colores morado, obispo y oro, se cubrieron de gloria en la histórica corrida celebrada en la plaza «El Toreo», al hacer el debut -pudiéramos decir - capitalino y con un llenó hasta la bandera, esta ya famosa ganadería, en la que actuaron el maestro de Ronda, Antonio Ordóñez; el gran torero de Tetela de Ocampo, Joselito Huertas y, el novel y apasionante, Raúl Contreras (Finito).

La corrida en conjunto, fue un remarcado éxito para la vacada, pero salió en segundo lugar el toro, llamado Espartaco, negro bragado, marcado con el número 10 y con un lunar blanco en la mejilla derecha, que correspondió a Joselito Huerta, al que le hizo una extraordinaria e histórica faena, tal vez, la más grande de su vida. El toro, desde su salida, demostró su boyantia en la pelea alegre con los de a caballo, llegando al último tercio con una embestida suave, como arando la arena, arrancándose de lejos y yendo y viniendo, de un lado para otro, como le ordenaba la prodigiosa muleta de tan gran torero.

Ya, la plaza entera puesta en pie, enarbolaba al unísono como una bandera, sus pañuelos blancos, pidiendo el indulto de tan noble y brava bestia y, al ser concedido por la autoridad -tan justamente-, se le entregaron las orejas y el rabo, en forma simbólica, al torero de Tetela ...

Lo que pasó después fue el delirio. El público, queriendo rendir un homenaje de admiración y respeto al ganadero, a su ídolo, que entraña la representación genuina de su pueblo, lo obligó a que en compañía de sus hermanos, que también fueron partícipes del señalado triunfo, y de Joselito, inmortalizador de este gran toro, diera la vuelta al ruedo con el célebre Mario Moreno, recibiendo una vez más el cariño, que en esta ocasión, tenía un doble significado, ya que representaba la prueba indeleble, del sentir de un pueblo que se unía en aquellos momentos a la pena por la que atravesaba al haber desaparecido para siempre su llorada y amada Valentina... Pero, ahí iba con él su retoño, el pequeño Mario, niño, que por su corta edad, aún no entendía todo lo que aquello significaba pero que servía en parte, como un gran alivio a la pena de su padre Cantíflas.

Este famoso toro Espartaco, era hijo de Gladiador, el número 10, el semental que dio origen a la formación de esta vacada, dejando bien en alto, el pabellón de la estirpe «saltillense.» Espartaco, vuelto a la dehesa y curado, y por compromiso del gran Cantinflas, lo acababa de vender como pie de simiente para la ganadería que había adquirido Chafik, donde dio excelentes crías a sus nuevos propietarios.»

Don Agustín Linares, señaló al final un interesante dato: «El lujoso traje de luces que lució en tan memorable corrida el espada Antonio Ordóñez, lo obsequió a Cantinflas, en recuerdo de su triunfal debut como ganadero en la capital, como lo hace constar, en cariñosa dedicatoria, escrita sobre el forro de la chaquetilla...» Ordóñez y Huerta, España y México, cuando se cumplirán cincuenta años de la alternativa de Joselito, que muchos aficionados han de recordar, a los que saludo cordialmente desde El Puerto de Santa María y para aportar, con esta información, un granito de arena al portal laplazareal.net y a su duna de datos histórico-taurómacos.

Fotos originales en el Archivo Fotográfico de la Fundación Cultural “Paco Flores”)


Juan J. Zaldivar Ortega
29 septiembre 2005




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