Antonio Lorca

Antonio Lorca


31 Mayo 2009

Los misterios de José Tomás

Ya ocupa un lugar en el olimpo de los dioses taurinos. Sus gestas de la pasada temporada han hecho historia. Todo el mundo habla de él, de su tauromaquia, de su personalidad. Pero este año ha desaparecido de las plazas más importantes. Sevilla y Madrid se preguntan por qué. ¿Dónde está José Tomás?, ¿ha pegado una espantada?, ¿es un problema de dinero?, ¿se debe a una operación de ‘marketing’?, ¿le ha jugado su carácter una mala pasada? Él responde a tanto misterio con silencios.

El descubridor y primer apoderado de José Tomás, Antonio Corbacho, ha estado convencido siempre del paralelismo existente entre la filosofía de vida de los guerreros samuráis y los toreros. Cree firmemente en el bushido, el arte de la estrategia, el camino del guerrero, el código que enseña al samurái a tener una visión positiva de la realidad y no mostrar temor a nada, ni siquiera a la muerte.

Cuando Tomás no era más que un adolescente, Corbacho le infundió el culto por la figura del samurái, los señores de la guerra que buscan la felicidad de forma completa, plena y maravillosa, idealizan el honor, creen que el valor heroico no es ciego, sino inteligente y fuerte, y rinden absoluta fidelidad al emperador.

Así, el incipiente aspirante a torero creó su propio código ético, su propio bushido, en el que el emperador es el toro, al que venera y respeta como contrario, aunque en ello le vaya la vida.

"Éste es el concepto que yo he intentado transmitir: que amando mucho la vida, la desprecie, si hace falta, ante el toro", decía hace unos años Antonio Corbacho, quien hoy prefiere guardar un comprensible silencio sobre el torero y dedicarse por completo a otro "samurái", Alejandro Talavante, cuya carrera dirige.

Pero su teoría va más allá: los toreros no tienen cuerpo. Juan Belmonte decía que hay que torear librándose del cuerpo, que es el sustento del espíritu, pero el que manda es el espíritu; tiempo después, sería Curro Romero quien cerraría el círculo filosófico: "Cuanto más asentadas están las plantas de los pies, más se siente la sensación de que te vuela el cuerpo".

Y José Tomas se hizo torero, un grandioso torero, que cambió la armadura del guerrero por el traje de luces; fue proclamado héroe revolucionario, se ha convertido en leyenda, ha convulsionado la fiesta de los toros y es el primer torero desde hace muchos años que consigue que la tauromaquia no sea sólo un asunto exclusivo de los aficionados.

Posiblemente, nunca se sabrá la influencia que en su vida ha tenido el bushido, o si él mismo nació ya samurái auténtico, aunque viera la luz en el pueblo madrileño de Galapagar. "Se ha llegado a decir", declaró en México, "que salgo a la plaza para que me mate un toro, y ésa es una de las barbaridades más grandes que he escuchado; yo toreo para vivir y no para morir".

Lo cierto, sin embargo, es que José Tomás ha dado pruebas inequívocas de que no conoce el miedo, de que posee un escalofriante y, a veces, temerario valor; que prescinde del cuerpo y parece olvidarse de sí mismo ante el toro, que pisa unos terrenos inverosímiles con una quietud escalofriante y, al mismo tiempo, con serenidad, con temple y solemnidad. Hace ya algún tiempo le preguntaron: "¿Pasas miedo?", y contestó: "¿Que si paso miedo? Paso muchísimo miedo. Tanto, que me gustaría desaparecer algunos días de corrida. Belmonte decía que en los patios de cuadrillas ningún torero firmaría un contrato, y es verdad; si supiesen qué ratos se pasan allí; todos quieren saludarte y desearte suerte, y tú lo que querrías es poder desaparecer...".

A pesar de este rasgo de humanidad, José Tomás es algo más que un guerrero; algo más que un asiduo visitante de las enfermerías, con la piel traspasada y tatuada por tantos pitones certeros en tardes de percances inolvidables. Tomás es algo más que un provocador de sensaciones, en las que el dramatismo encoge los corazones en una mezcla extraña de morbo, emoción, pasión, angustia, delirio, entusiasmo y sobrecogimiento.

José Tomás es un torero de época, un arqueólogo de la pureza, un virtuoso del toreo, capaz de emocionar no sólo por su valor infinito, sino por su concepción artística de la lidia. Es un compendio de torería, vibrante y emotivo, cuando lancea a la verónica clásica y cadenciosa, cuando cita por chicuelinas y permite que el bufido de su oponente le alcance hasta el tímpano, cuando se echa el capote a la espalda y la gaonera es un ¡ay! colectivo porque el roce del pitón le enciende la taleguilla... Es Tomás un artista excelso cuando, muleta en mano, se despoja del miedo, lo traslada a los tendidos y consigue que todos piensen en su cuerpo menos él, sólo absorto en ocupar y conquistar los terrenos de su oponente, y crear, así, la belleza de interminables tandas de muletazos poderosos, ceñidos, auténticos, desbordantes de hondura, especialmente por naturales, en los que ha llegado a alcanzar la perfección soñada. Es un torero, en fin, capaz de protagonizar faenas dramáticas por el valor, y solemnes por su empaque y señorío.

Pero, como figura de época que es, provoca la controversia permanente entre los que le siguen como el gran Mesías, y quienes prefieren un tipo de toreo más reposado ponen en duda su técnica y rechazan su supuesto tremendismo, que hace que sufra volteretas casi todas las tardes.

De todos modos, el guerrero y el artista se funden en una personalidad misteriosa, hermética y enigmática, escondido del mundo, en silencio, sin focos, sin cámara. Nadie sabe dónde está, no habla, no se le ve, no se le oye. A veces, una tímida sonrisa, pocas veces, y siempre ese semblante serio, grave y solemne. ¿Quién es este hombre?

Dicen los que le conocen bien que lo que mejor define a José Tomás es su ansia de libertad, su independencia y su alta sensibilidad ante las injusticias del mundo. Es un hombre solidario y, aunque no pertenece a ninguna institución, ha asumido un compromiso personal con distintas causas.

Sus padres han asegurado siempre que su hijo mayor es un chico muy normal, estupendo, con alguna tendencia a la soledad y a la meditación; muy callado, pero también divertido y cariñoso, a quien le gusta vivir a su aire y pensarlo mucho todo.

Cuando no torea, entrena. Y lo hace de acuerdo con un rígido programa. Practica deporte -juega al fútbol y le interesan el tenis y el ciclismo- y acude mucho al campo, sobre todo a las ganaderías con las que se anuncia en los carteles.

Admira a Camarón de la Isla, al Che Guevara, a Manolete y a Antonio Ordóñez. Le gusta el cine y es un ávido lector de novela y de historias de toreros antiguos. El último libro que ha tenido entre sus manos es una biografía del diestro mexicano Silverio Pérez, a quien llegó a conocer en los últimos meses de su vida. Es un buen melómano, y le apasionan Joaquín Sabina, Vicente Amigo, el flamenco y las rancheras de José Alfredo Jiménez; no en vano, José Tomás se siente un poco mexicano, pues en aquel país conoció los secretos de la técnica torera, allí tomó la alternativa en diciembre de 1995, allí llegó a recibir la extremaunción tras una grave cornada al año siguiente, y allí se siente muy querido y respetado.

Tiene sus manías, como no subir ni bajar en el ascensor del hotel los días de corrida, y perderse esas mañanas entre la gente. Hace unos años contaba en este mismo periódico que, en plena feria de San Isidro, y bajo el disfraz de una gorra y unas gafas de sol, salía a contemplar escaparates en la Puerta del Sol o se distraía en los billares de la calle de la Victoria. Otro día, antes de un importante compromiso en la Maestranza sevillana, paseaba entre los jardines del parque de María Luisa y observó a los niños jugando, a las parejas acurrucadas en los bancos, y sintió unas enormes ganas de cambiarse por cualquiera de ellos y disfrutar, sin preocupación, del olor a azahar, de las risas de los niños...

Pero, por encima de todo, José Tomás es muy celoso de su privacidad. No sólo no muestra interés alguno en participar en clanes taurinos -prueba de ello es que su actual apoderado, Salvador Boix, es un músico y escritor, sin vinculación alguna con el negocio de los toros-, sino que defiende a ultranza su vida privada y siente un enorme desapego hacia los medios de comunicación. No se le ve, no concede entrevistas, no se sabe dónde está. Y lo más sorprendente: se niega taxativamente a que se televisen las corridas en las que participa. Así, mientras unos entienden que esta actitud responde a un plan de marketing perfectamente diseñado para promover la curiosidad del público, otros aseguran que es un respetable concepto de la existencia de un hombre con una gran vida interior.

Sea como fuere como persona, lo cierto es que como torero es el más público de todo el escalafón, porque, por derecho propio, se ha convertido en el centro de todas las miradas. Es diferente a todos y, quizá por eso, interesa a todos. Busca el triunfo y la pureza con auténtica desesperación. Quiere torear como lo siente en su cabeza y en su corazón. Su objetivo es la búsqueda de la perfección, desde el convencimiento de que, cada tarde, todo está por hacer.

Sólo así se puede entender que José Tomás sea un perfeccionista en sentido ético: hay que dar el máximo, hay que buscar la excelencia y una depuración técnica y estilística. Hay que darle al toro todas las ventajas y alcanzar la pureza mediante la técnica y el sentimiento artístico.

Con esta particular filosofía como equipaje salió seis veces por la Puerta Grande de Madrid, dos por la del Príncipe de Sevilla, triunfó allá donde fue y tocó la gloria con las yemas de sus dedos. La gloria y el fracaso, también, cuando en 2001vivió la amarga experiencia de que un toro se le fuera vivo en las Ventas. Ése fue un momento crucial en su carrera. En septiembre del año siguiente, en el curso de una temporada irregular y cuajada de percances, cansado, quizá, necesitado de huir de tanta presión, reunió a los suyos y les dijo: "Me voy". Y estuvo cuatro años y nueve meses desaparecido del mundo de los toros.

Por sorpresa, igual que cuando se fue, el torero decidió resucitar en Barcelona en junio de 2007, y lo hizo en medio de una expectación sin precedentes. Justo un año después, este dios humano del toreo hizo temblar las columnas del templo de la tauromaquia cuando se anunció dos tardes en la plaza de las Ventas, cortó siete orejas y, a cambio, se llevó tres cornadas. Aquella gesta provocó un auténtico revuelo nacional y acalló las voces que le recriminaban una cómoda vuelta a los ruedos en cosos de escasa responsabilidad, donde el toro es chico, y el billete, grande.

Pero a José Tomás también le persigue una leyenda negra. Por razones difíciles de entender, aún no ha hecho el paseíllo en la Maestranza de Sevilla desde su reaparición. Allí se le ha esperado con desmedido interés, sólo comparable a la decepción profunda que ha supuesto su doble desacuerdo con la empresa sevillana, por razones económicas en 2008 y por problemas de ganadería en éste. Tampoco está anunciado en la feria de San Isidro porque, según el empresario de la plaza, ha pedido setenta millones de las antiguas pesetas (420.000 euros) por una sola tarde, exigencia, a su juicio, desorbitada e inviable.

El apoderado del torero se pone muy serio cuando se aborda este espinoso asunto, que inicia dejando muy claro que "yo nunca hablo del caché del torero". "La tierra debe ser para quien la trabaja", dice Salvador Boix, "y no para quien la especula; al público le cuesta el mismo dinero sea cual sea el espectáculo que ofrezca la empresa, que actúa como un parásito". "La plaza de Madrid genera mucho dinero, hay de sobra, y la primera obligación de la empresa es atender el interés del aficionado, que paga el mismo precio por un torero que por otro", añade. "Luego no es pesetero quien exige en función de su categoría, sino quien recauda, y su único objetivo es ganar más con una feria más barata", concluye Boix.

Asegura el apoderado que José Tomás ha querido estar presente en Sevilla y en Madrid, y que no se le ha querido contratar porque ha sido un factor desestabilizador de un sistema gobernado por intereses espurios. Está convencido de que la Comunidad de Madrid y la Real Maestranza de Caballería, propietarias de las dos plazas más importantes, han mirado para otro lado y han desatendido los intereses de la afición. "Alegar razones económicas después de cortar siete orejas en dos tardes en Madrid, algo que no tiene parangón, es un gran despropósito", termina.

Posiblemente, lo será, en la misma medida que también lo es su ausencia de las dos ferias fundamentales de la temporada española. Porque para ser el campeón hay que medirse con los mejores, ante las aficiones más sabias y exigentes. También el torero desatiende los intereses del público cuando asume el desacuerdo como conclusión final y decide desparramar su arte por plazas de inferior categoría.

Por cierto, en este mismo periódico, días antes de su reaparición, dijo una frase que ha quedado para la historia: "Vivir sin torear no es vivir". Ahora, a este grandioso artista samurái, guerrero heroico y estilista supremo, habría que preguntarle: ¿Y qué es vivir, José Tomás, sin torear ni en Sevilla ni en Madrid?

Publicado en El País el día 31 de mayo de 2009
 




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