Juan Antonio Polo

Juan Antonio Polo


10 Marzo 2013

La Televisión: Arma de dos filos

Se habla demasiado de la televisión y de los efectos que la presencia de las cámaras en las plazas representa para el normal devenir de la fiesta de los toros...Hablan los empresarios, hablan los toreros y hablan los aficionados, pero por regla general sus opiniones no suelen ser de demasiado calado, se limitan a contemplar los efectos a corto plazo ─cada uno desde su particular punto de vista─ y acostumbran a estar mediatizadas por hechos puntuales: el año pasado, por las pretensiones del llamado G10, que trastocó la confección de los carteles de las primeras ferias, y este, por el desentendimiento habido entre el Canal Plus y la empresa de La Maestranza, que ha determinado la no retransmisión de la feria de abril.

Es evidente que en principio ─y en condiciones normales─ las transmisiones televisivas redundan en beneficio de las empresas y de los diestros actuantes, en tanto unas y otros ven redondeados sus ingresos, y ─sobre todo─ a favor de los aficionados, a los que se brinda la oportunidad de presenciar en directo una serie de acontecimientos ─fallas, feria de abril, isidrada, sanfermines, etc─ que de otra forma quedarían fuera de su alcance.

No obstante, también es evidente que las condiciones actuales distan mucho de ser las normales, que las taquillas se resienten de ello y que los planteamientos deben ser radicalmente distintos, de forma que los empresarios de hoy día, antes de llegar a un acuerdo con la televisión, deben sopesar cuidadosamente hasta qué punto las cantidades a percibir por dicho concepto pueden compensarles los descensos que acusen las taquillas por razón de la crisis y las propias transmisiones televisivas. Las opiniones ─lo estamos viendo─ son diversas y las decisiones adoptadas al respecto por Valencia y Sevilla así lo confirman. Pero en cualquier caso hay que tener presente que, en ambos casos, se trata de decisiones puntuales ─a corto plazo─, referidas a las fallas y feria de abril de un año anómalo, el 2013.

Pero lo más grave es que las empresas, los toreros y las televisiones han soslayado sistemáticamente el planteamiento verdaderamente trascendente, el que, al margen de contemplar los resultados inmediatos de un evento concreto ─feria o corrida─, considere los beneficiosos o perniciosos efectos que la más o menos indiscriminada transmisión por televisión de los festejos taurinos puede acarrear a la fiesta de los toros globalmente considerada. Un planteamiento que trate de compatibilizar los intereses de las empresas organizadoras de los festejos y de los diestros que en ellos actuan, pero que no olvide o ignore los de aquellos otros empresarios y toreros que, por unas u otras razones, quedan fuera del primer circuito y no sólo no participan del pastel televisivo, sino que ven considerablemente mermados sus ingresos o emolumentos, por culpa de unos públicos que, ahítos de presenciar por TV los mejores carteles y la actuación de las primeras figuras, se muestran remisos a pasar por taquilla para presenciar los modestos festejos con los que la mayoría de pueblos españoles celebran el día de su Patrona.

Si rememoro mi niñez de precoz aficionado en Granada, cuando no había televisión, recuerdo mi regular asistencia a las frecuentes novilladas sin caballos que se celebraban a lo largo de la temporada, así como a las esperadas corridas de la feria del Corpus, ocasión que permitía a los aficionados locales presenciar la actuación de aquellos toreros cuyos triunfos en Madrid o en las distintas ferias eran de todos conocidos gracias al Dígame, a El Ruedo o a la prensa diaria, que por aquel entonces aún no había vuelto la espalda a la información taurina. Hablo de Granada, por referirme a una situación que viví personalmente, pero el razonamiento puede extenderse a la práctica totalidad de las ciudades y pueblos españoles, cuyas respectivas aficiones acudían sin dudarlo a los festejos feriales, única ocasión que les permitía ir a los toros y, con suerte, ver a los toreros del momento.

Como consecuencia de lo dicho, no es aventurado pensar que los aficionados españoles de hoy, acostumbrados a presenciar en la pequeña pantalla ─completas y por una módica cantidad─, las principales ferias del país, se resistan a pasar por taquilla cuando se celebra la fiesta del lugar, sea para ver una vez más a diestros vistos hasta la saciedad por la tele, sea para presenciar la actuación de toreros locales o de segunda o tercera fila, en el caso de que la categoría o el aforo del coso no dé para más. Hay que pensar, además, en la posibilidad de que, precisamente en esa fecha, se transmita por TV una corrida de relumbrón. ¿Quién compensa a esas empresas? ¿Y quien compensa a los citados segundones?

Con ello no quiero decir, ni mucho menos, que haya que prescindir de las corridas por la televisión. Sabido que lo que no sale por la tele no está en el mundo, no pueden olvidarse los efectos propagandísticos del medio; ni el hecho comprobado de que las transmisiones de festejos taurinos fomentan poderosamente la afición, ni a aquellos aficionados a quienes su lugar de residencia o su situación económica ─los toros son y siempre han sido caros─ les impide su asistencia a las plazas.
Entiendo que lo deseable es estudiar, discutir y consensuar una situación de equilibrio que evite la perjudicial transmisión masiva e indiscriminada de festejos taurinos, al tiempo que permita la difusión, a ser posible en régimen abierto, de aquellas corridas que, gracias a la calidad de los carteles o al puntual interés despertado por los diestros actuantes, tengan asegurado el éxito de taquilla, de forma que la transmisión televisada de las mismas no sólo permita presenciar el acontecimiento a la ingente masa de aficionados televidentes, sino que contribuya a la difusión de la fiesta ─crear afición─,

Todo ello con mesura y sentido común, sin caer en el extremismo de José Tomás, ni en el también extremo egoísmo de la mayoría de los aficionados que, no hay más que asomarse a los comentarios vertidos a diario en los portales y blogs taurinos, se enrocan como un solo hombre y optan por la cómoda y barata postura de sentarse en su butaca a esperar que le ofrezcan en la pequeña pantalla las grandes ferias y cuantos acontecimientos de interés surjan a lo largo de la temporada. ¿Por qué no se exige una mayor información ─sea en los telediarios, sea en programas puntuales, como el magnífico Tendido Cero─ de cuanto acontece en los cosos taurinos?

Soy consciente de que al adoptar esta postura estoy tirando piedras a mi propio tejado, en tanto que como aficionado de a pié me vería privado de la posibilidad de presenciar por TV muchas corridas de auténtico interés ─y librado de muchísimos muermos, todo hay que decirlo─, circunstancia especialmente grave para quienes, como yo, residen en Cataluña, donde la cerrazón mental de los políticos nacionalistas nos ha vedado la fiesta de los toros, pero entiendo que el problema de los toros y la TV debe ser contemplado a largo plazo y con amplitud de miras, que su solución debe ser equitativa y exigir ciertas renuncias a las distintas partes implicadas, y sin olvidar que en la programación televisiva de una temporada taurina, al igual que en la confección de los carteles de las grandes ferias, la calidad debe imponerse a la cantidad.
Las transmisiones taurinas televisivas presentan muchos más problemas, tales como la forma y proporciones de los correspondientes repartos entre los diestros y las empresas, así como la determinación de las participaciones que deban atribuirse a los ganaderos y subalternos y varios aspectos más, que requerirán del pertinente estudio y acuerdo entre los interesados, pero aquí nos hemos limitado al planteamiento general de la cuestión y a señalar la necesidad de concienciar a todos los estamentos interesados, dosificar las transmisiones y determinar el número y la categoría de los eventos que hayan de televisarse.

Juan Antonio Polo
Marzo 2013
 




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