Juan José Zaldivar Ortega

Juan José Zaldivar Ortega

Dr. en Medicina veterinaria y zootecnia

16 Mayo 2010

Se fue Joselito, hace noventa años

Cómo pasa el tiempo, Joselito! Parece que fue ayer y, sin embargo, hoy, que hago esta modesta crónica –exclusivamente para el portal taurino www.laplazareal.net -, se cumple el Noventa Aniversario que dejastes la vida en la toledana Plaza de Toros de Talavera de la Reina, la fatídica tarde del (16-05-1920), cuando tenías 25 años de edad y el mundo de la Fiesta Brava sufrió un colapso general. Y lo hago para gritar muy fuerte que pretendo recuperar la verdadera memoria histórica, la tuya, la que enaltece la grandeza de hombres como tu, de los que en todas las profesiones hay en España incontables de ellos, alejándome de caer en la infamia de otras memorias para crear odios y divisiones, cuando el alma, la virilidad, el valor y la nobleza de toreros como tu deben servir de ejemplo a todas las generaciones futuras.

Pero, entrañable José en el recuerdo, el tiempo pasa para nosotros, los que nunca te olvidaremos, porque el tuyo dejó ser tiempo para convertirse en gloria eterna. No puede ser de otra manera,  llamándote, además, José Miguel Isidro del Sagrado Corazón de Jesús, solera bautismal que no respetó aquel criminal toro, de nombre Bailaor, ni tuvo en cuenta que en tu persona estaban ligadas las esencias genéticas de Sevilla y Cádiz, ciudades de donde eran naturales tu padre y madre, respectivamente, es decir, que lo más fino y acendrado de Andalucía, confluyeron en la casta de un torero excepcional como tu.   
      
 No hay que decírtelo, porque lo sabes, que en estos mis últimos años, vengo sintiendo una inclinación espiritual por estudiar el pasado de los grandes toreros de todas las épocas, especialmente de los que se fueron desde hace muchos siglos hasta nuestros días. Y lo continuaré haciendo mientras viva porque me produce un deleite inexplicable, a la vez que saco el jugo de las experiencias, de gloria y de tragedia, que todos vivieron. Por ello José, al cumplirse un aniversario más de tu muerte, aportando tu sangre viril para engrandecer la Fiesta de Toros, ya te anuncio que no tardaré en subir a lo “Red” un modesto libro que abarcará tu biografía, personalidad y arte, haciéndote recordar tus tardes triunfales por las Plazas de Toros de España, una relación de los trofeos que lograste, la competencia sin fundamento que los aficionados pretendieron establecer contigo y Juan Belmonte, y, por qué no, una relación de nombres de los toros que lidiaste.

Y en esa futura publicación, en el Prólogo, diré cosas como las siguientes, que ahora te adelanto: “A estas alturas nadie podrá poner en duda que a todo lo largo de la evolución del toreo ha estado presente la polémica, desde las más sensatas hasta las insoportablemente hirientes, porque los apologistas y los detractores, fueron y lo seguirán siendo, arte y parte de esta fiesta sin par que provoca la más encendidas controversias. Y éstas alcanzan sus mayores cotas desde los tiempos en que se iniciaron las rivalidades taurinas entre los más destacados lidiadores de cada época. El gallego y artista Valle-Inclán era categórico: “Juan Belmonte es un hombre pequeño, feo, desgarbado, y si se me apura mucho, ridículo, pues bien, coloquemos a Juan ante el toro, ante la muerte y Juan se convierte en la misma estatua de Apolo. Los griegos no nos dejaron mejor escultura… que la que representa Belmonte en la plaza, prendido en el aire, junto a un toro bravo”.
En el polo opuesto, el poeta José Bergamín puso todo su entusiasmo y luz en torno a ese atleta y sabio torero, Joselito, y trazó una sombra inmensa sobre la valentía del trianero: “Los nombres de Joselito y Belmonte polarizaron visiblemente la pugna tradicional de lo clásico y lo castizo. Belmonte fue la afectación artificiosa; Joselito la artística naturalidad”. Ya está montada la dialéctica y la antítesis entre dos diestros de primera magnitud. Personajes de carne y hueso, solitarios en medio de la multitud, necesitados del aliento, del apoyo para vivir y sufrir como los héroes. Los toreros, esos seres incomprendidos, con su miedo y su responsabilidad, serios, sufridos y muchas veces tocados de una leve tristeza y melancolía, sólo ellos saben a lo que salen expuestos cada tarde. Marañón, que había tratado en su consulta a numerosos diestros, no podía emitir más un juicio comprensivo de la angustia que les atenazaba en el campo, en el cuarto del hotel y en la vísperas de corridas: “Yo conozco, trato y estimo a bastante toreros: El Gallo, Machaquito… son gente apacible, bondadosa, impregnada de profunda y no aprendida filosofía ante el triunfo popular y ante la adulación que les envuelve y aprisiona.”

Bergamín, en su personal creencia y entendimiento, Joselito representa todas las virtudes clásicas: ligereza, agilidad, destreza, rapidez, felicidad, gracia… Belmonte representa, al contrario, los vicios casticista: pesadez, torpeza, esfuerzo, todos ellos rasgos que merecen el desprecio y el repudio. Son caracteres distintivos de cómo ven unos y otros a los mismos protagonistas de la fiesta de nuestra época. Varias centurias viviendo un especial tipo de cultura, que se ha llamado con toda la razón, cultura de la muerte. Otras dos estrellas de la literatura reciente española han tomado posiciones sobre la fiesta taurina. El Premio Nobel Jacinto Benavente ha escrito en estos términos: “Yo fui siempre frascuelista, como casi todos los madrileños, pero no he de negar por eso lo que de admirable había en Lagartijo, cuyas largas y cuyos pares de banderillas eran de lo más perfectos que yo he visto en el arte de torear”. El autor de “Los intereses creados” abundaba: “Yo no soy enemigo de las corrida, entiéndase bien, soy enemigo del público de las corridas”.
Maeztu, uno de los componentes del 98, con acento crítico, denunciaba. “El mal de España, la culpa: los toros, los malos gobiernos, las masas apáticas, toda la historia del país”. Siguiendo esta línea contraria, Araquistáin, alma de Leviatán, y director de la “Revista España”, muestra su disconformidad hacia los toros porque es una costumbre atávica, retrógrada y que no está a la altura del progreso moderno. No sabemos a qué “progreso” se refiere, porque el “moderno” está a la vista de todos: suprimir la muerte de los toros de lidia y autorizar por decreto el asesinato de niños en el vientre de su madre. El toro se defiende y puede matar al torero, el niño en el vientre su madre es el ser vivo más indefenso que pueda concebirse.

Y en la Fiesta Brava el peligro estará siempre presente y ya sabemos que ni Joselito, el lidiador más completo de todos los tiempos, al que decían que no le podía coger un toro ni aunque le arrojara un cuerno, cayó desgraciadamente en la Plaza de Toros de Talavera de la Reina, en Toledo. El peligro se acrecienta en la medida en que los diestros se confían, pues desconocen una realidad: algunos toros, aparentemente despistados, tienen la facultad de desarrollar mucho sentido y darse perfectamente cuenta de que los toreros son los distraídos, para arrancarse súbitamente hacia ellos, sin que tengan tiempo para abrir la capa o la muleta. Hasta el gran Domingo López Ortega pecó de esa imprudencia y fue sorprendido por un toro.

Hasta pronto, José.
 




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