Juan José Zaldivar Ortega

Juan José Zaldivar Ortega

Dr. en Medicina veterinaria y zootecnia

21 Enero 2012

Para Ti, Amigo Toro:

En ti, amigo toro bravo y mitológico -ejemplo único de una encrucijada biológico-antropológica cuyo destino, por estar en manos de los hombres, corre serio peligro-, se junta España con la América Hispana y eres la criatura más digna para la contemplación -como ya lo dijo Unamuno: «Aunque aborrezco las corridas, me gustan los toros en el campo, y mucho.

Algunos de mis mejores ratos los he pasado en una ganadería de este campo de Salamanca, dibujando»-, y el silencio, dueño de espacios y de luces, y uno de los seres vivos más hermoso de la obra artística del Creador. Sin embargo, escribir sobre tu grandeza es como dar «voces de tinta dormida» y más cuando tratamos de seguir los itinerarios de tu evolución, adentrándonos en los caminos espirituales de tu sin par y fascinante psicología, en la que se acepta tu muerte con la resignación propia de que ésta es la inseparable compañera de la vida, enmarcada en un fenómeno universal del que toda la obra viva creada participa.

La prehistoria guardará, tal vez por siempre, un profundo silencio sobre los pormenores que acompañaron tus avatares y luchas con los hombres que quisieron vencerte durante un gran número de siglos, pero de cuanto de ellas se conoce desde hace dos milenios -algunos creen que en tiempo de los romanos se conocía ya la fiesta de toros en España -, «es suficiente para reputarla por buena y tenerla en estima, la lucha de toros gozará la preeminencia»; si bien, hasta el reinado de Alfonso VI (972-1109) no se hace mención de ellas como entretenimiento de la nobleza; y todos convienen en que el célebre caballero Ruy, o Rodrigo Díaz de Vivar , llamado el Cid Campeador (1040-1099), fue el que por primera vez en la Iberia alanceó los toros desde el caballo.

En ningún modo vamos a dar una especie de discurso histórico-apologético del toro bravo, pero sí señalar que cuanto con él hizo el hombre es tema muy antiguo y está envuelto con el de las acciones que para satisfacer las primeras necesidades emprendieron los terrícolas en la oscuridad de los primeros tiempos; sin que después, la luz que nos ofrece la historia haya todavía podido desvanecer tan impenetrable tiniebla biológica y guiar nuestra razón, empujándonos a vivir de conjeturas, para caer al final en nuestros días en el extraño fenómeno de haber convertido el Toro y la Fiesta Brava en una asignatura que todo el mundo conoce sin haberla estudiado.

Tan numerosos e improvisados sabios en materia taurina viven cada día más alejados de conocer su verdadero origen, de reflexionar sobre el hecho de que los hombres, antes de haber cultivado su ingenio y haberlo hecho fecundo hasta el extremo de verse y sentirse supuestamente árbitros por él de todo lo creado, vagaba confundido con el resto de los animales. Muchos de ellos, superiores a él en recursos físicos y memoria natural, le hacían la guerra a cara descubierta, y más de una vez lo confinaron y vencieron. Pacíficos poseedores de cuanto les rodeaba, satisfacían a su antojo sus necesidades, y gozaban completamente de la independencia que en sus orígenes tuvieron todas las especies..

Fueron aquellos ancestrales tiempos, cuyo conocimiento nos han legado los primeros historiadores que abordaron el ciclo antiguo, sacando a la luz mitos y recuerdos muy lejanos, entre los que destacan los que nos cuenta Berosio, historiador babilonio que escribió hacia el año 280 a. C.: «La especie humana, cuando fue creada, no conocía ni el pan para comer, ni los vestidos para cubrirse. La gente andaba arrastrándose por el suelo, comía la hierba con la boca, como los carneros, y bebía el agua de los charcos.» Y la Odisea evoca la «Edad de las Cavernas», cuando dice que «... viven en las cumbres de los altos montes, dentro de las excavadas cuevas; cada cual impera sobre sus hijos y mujeres, y no se entrometen los unos con los otros (Capítulo IX, 115).

Fijándonos en el toro, el más distinguido sujeto de nuestro propósito, podemos asegurar que debió ser uno de los primeros que experimentó el yugo, después del perro y del caballo; tal vez por lo exquisito de su carne, la sabrosa y abundante leche de las hembras, la extensión de su piel y la utilidad con que podía emplear sus fuerzas para diferentes objetos, le harían fijar en él bien pronto la vista. Su conquista sería bien fácil en aquellos países en que por razones de clima y calidad de los vegetales tienen un carácter lánguido y poco energético; pero en aquellos que como en España crían toros soberbios y fuertes, no pudo verificarse sino a fuerza de constancia, ardides y peligros, de donde nació el origen de la acción de torearlos.

Si alabamos hoy el valor y la destreza de los primeros americanos que se enfrentaban hace más de diez mil años a los temibles y pesados mamuts en las áreas pantanosas que bordeaban los lagos cerca de la hoy ciudad de México, para matarlos a golpe de lanzas con puntas de sílex o de pedernal; las formas con que los salvajes del Orinoco burlan la ferocidad del caimán; si nos admira el arrojo del árabe que en sus abrasadores desiertos vence y somete al león o el extraordinario valor de aquellos montañeses que como el hijo del famoso don Pelayo, sabemos que murió como pago del interés por su afición, a manos de un oso en los montes de Cangas de Onís (Asturias); si no podemos oír sin estremecimiento la caza del elefante o la pesca de la ballena, salir al encuentro de los tiburones asesinos, y apreciamos y medimos la superioridad del hombre por lo grande de estas acciones... ¡qué alabanzas a sus valor, destreza y arte no les otorgaremos a cuantos arriesgan sus vidas buscando la gloria y la fama enfrentándose en noble lucha a los toros!

Quedó señalado en el primer Prólogo, que «... al final, en nuestros días, estamos inmersos en el extraño fenómeno de haber convertido el Toro y la Fiesta Brava en una asignatura que todo el mundo conoce sin haberla estudiado.» Y, sin embargo, «tan numerosos e improvisados sabios en materia taurina viven cada día más alejados de conocer ni siquiera el verdadero origen del Toro y de la Fiesta, elementos que confeccionan el toreo.» Numerosos espectadores, por un lado, que se dicen aficionados, y no menor número de los que se dedican a menospreciar la Fiesta de Toros, por el otro lado, coinciden en el mismo punto: el de la ignorancia, en el desconocimiento, de que «El toreo es, probablemente, la riqueza poética y vital mayor de España.»

Comentando al escritor taurino don Andrés Amorós (Toros y Cultura. Colección La Tauromaquia, 7, de Espasa – Calpe, Pp. 11 y 12), la frase entrecomillada última, «... es una rotundidad verdaderamente definitiva», y para remachar más en el mismo clavo: «Creo que los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo.» El que escribió las frases, siguiendo a Amorós, «no era un iletrado salvaje ni un feroz reaccionario de patillas de hacha y trabuco naranjero», como con los que debió usar el famoso diestro José Ulloa (Tragabuches) (I) en sus años de bandolero. Se llamaba nada menos Federico García Lorca y expresó esas «rotun-didades» el año 1936, pocos meses antes de ser asesinado.

Es cuando reflexionamos sobre lo anacrónico que resulta aceptar que todos los aficionados y cuantos se mueven en el mundo de los toros bravos tengan el don de entender una Fiesta que es la «más culta que hay hoy en el mundo.» Y si cuantos estamos dedicados de por vida al estudio científico y práctico del toro bravo se nos dificulta extraordinariamente llegar a su conocimiento, qué distancia abismal no le separará de él a quienes, periódicamente, como dice Amorós:

«...al socaire de las grandes ferias o de algún trágico accidente, plumas más o menos brillantes –este es otro perfil hasta pintoresco, ya que basta ser eso tan vago que llamamos intelectual o poseer acceso a un medio de comunicación para que muchos se consideren capaces de escribir un sesudo juicio sobre cualquier cuestión, aunque no posea ni la menor experiencia de ella, y para tales «aventuras en lo desconocido» se pinta sola la fiesta brava-, desempolvan los viejos tópicos, rancios ya: no es la fiesta nacional, no es fiesta, no le gusta a todos los españoles; es un revoltijo de barro, moscas y vísceras sanguinolentas; es un espectáculo bárbaro y salvaje, cruel con los pobres animales, que nos aleja de Europa y simboliza lo más negro de nuestra tradición, la «España de charanga y pandereta.»

Además del peso agobiante de los tópicos citados, Andrés Amorós, se hace la pregunta: ¿A qué se deben descalificaciones –cuando no insultos- tan rotundos. A su modo de ver, la incomprensión de lo que significa la Fiesta posee dos causas evidentes: el desconocimiento de lo que son los toros y un concepto demasiado estrecho de lo que es verdaderamente la cultura. Guillermo H. Cantú, «el odiado ex presidente de la Comisión Taurina del D. F. (ciudad de México), en su interesante libro «Visiones y fantasmas del toreo», publicado en México por Ediciones 2000, nos describe, junto al bajo mundo de la Fiesta, desde la desorganización empresarial, hasta la corrupción de la Prensa, pasando por las habituales discusiones entre taurinos, quienes escudados en que la Fiesta es pasión, jamás se pondrán de acuerdo..., pues en el fondo lo que anhelan es alejarse de aceptar en el submundo de desconocimientos que disfrutan con tanta vehemencia.

Si la Fiesta de Toros, para tantos detractores, es un revoltijo de barro, moscas y vísceras sanguinolentas, ¿cómo calificarán a la aparente fiesta macabra de los secuestros, de los asesinatos de inocentes -la incalificable masacre del «Martes Negro en los EE.UU (11-09-2001)- de las violaciones..., cometidos por sus hermanos? Los 11-S, 11-M y 7-J… Para éstos   el silencio de la verdad más indignante, para defender los toros, sus mayores desasosiegos. Lo verdaderamente  importante es que en estos últimos años han sido cada día más numerosos, tanto los científicos como los estudiosos del tema que nos ocupa, así como escritores taurinos y no muchos aficionados, pero todos con mayor o menor consideración, están de acuerdo en que se están derrumbando los cimientos estructurales de la Gran Fiesta.

El doctor veterinario, don Adolfo Rodríguez Montesinos, en su obra Los Toros del Recuerdo, publicada el año 2000, ha sido hasta hoy quien ha vuelto a dar señales del peligro que corre nuestra Fiesta Nacional. Sin embargo, lejos de caer en la tentación de repetir lo que ya sabemos, la presente publicación me brinda una inigualable oportunidad para darle consistencia científica al desastre biológico en que se está sumergiendo la ganadería brava y a la vez dejar al descubierto la lucha que en defensa del toro bravo inicié en la década de los año 1960, cuando comprobé los hechos que, a modo de testimonios científicos no publicados hasta este instante, seguidamente detallaré.

Antes de finalizar el verano de 1964 concluimos el primer programa de capturas de venados a distancia mediante el empleo del sistema Palmer, con destino a repoblaciones cinegéticas, en el vedado de caza Hato-Ratón, de don Carlos Melgarejo Osborne, de quien guardaremos la más grata memoria de por vida, acompañado del doctor Heliodoro Murillo, hoy Director del Departamento de Anestesiología del Hospital Virgen del Rocío, en Sevilla.

Todos los ciervos, machos y hembras capturados fueron sometidos a un programa de inmovilización, sedación, anestesia y miorrelación, con la finalidad de aplicar los resultados a los toros de lidia y así evitar cualquier tipo de riesgo, pues se determinaron los niveles máximos y mínimos en sus dosificaciones de diferentes drogas, para ser utilizados con las mayores garantías.
Paralelo al programa de captura de cérvidos y en las áreas de la Marisma del Guadalquivir, dentro Parque Nacional de Doñana, se llevó a cabo una serie de inmovilizaciones, también a distancia, de vacunos silvestres de diferentes edades. Los resultados dejaron al descubierto un hecho científicos verdaderamente importante: tanto los cérvidos como los bovinos silvestres estudiados presentaban idéntico comportamiento sometidos a las diferentes dosificaciones; es decir, que a un igual peso vivo, bajo una dosis de fármaco idéntica, respondían todos de la misma forma. Ello significaba que sus respuestas bioquímicas y fisiológicas eran uniformes en el medio natural, fuera de la influencia humana.

Todo nos hacía creer que, con aquellos conocimientos científicos en el manejo de las diferentes dosificaciones aplicados a la fauna mayor y a los vacunos silvestres, habíamos logrado las bases para su utilización en los bovinos bravos. Pronto descubrimos el segundo y definitivo hecho: los toros de lidia no presentaban la uniformidad de respuesta ante las diferentes dosis de tranquilizantes y anestésicos, como sus hermanos silvestres, hasta el punto de que cada ganadería necesitaba una dosis diferente para lograr los resultados deseados. Era tan marcadas las diferencias de unos encastes con otros, tan diferentes las formas de comportarse los toros ante dosis iguales de las mismas drogas, que quedamos, no ya sorprendidos, sino verdaderamente alarmados al reflexionar sobre el hecho de que todo se debería a la variedad de respuestas bioquímicas y fisiológicas de dichos animales, es decir, a que los diversos mecanismos vitales estaban en serio proceso de deterioro, que pasa en primer lugar por una desarmonía natural en su conjunto biológico.

Si con el empleo de las diferentes dosificaciones de tranquilizantes y anestésicos los toros de lidia de cada ganadería y región ecológica de España presentaban marcados desniveles, cuando se utilizaban miorrelajantes, las variaciones eran aún mayores; es decir, un toro retinto silvestre, con 500 kilos de pesos vivo, quedaba miorrelajado con 40-45 miligramos de Anectine, como dosis total (Cloruro de succinilcolina o molécula doble de acetilcolina), mientras que un toro de lidia, con el mismo peso, sólo necesitaba 25-30 miligramos, poniendo en peligro su vida si la dosis era superior.

En los vacunos retinto silvestre, los niveles de enzimas (colinesterasas y seudo colinesterasas) que eliminan el efecto del Anectine, tanto en los tejidos como en la sangre, eran normales; en los toros de lidia, las colinesterasas aparecen en mínima proporción, de ahí que al no eliminarse bien la droga, los toros corran el riesgo de morir por parálisis respiratoria, estando este problema directamente vinculado con el grado de consa-guinidad en que se desenvuelven las explotaciones ganaderas de bovinos bravos, al igual que ocurre en las comunidades humanas muy cerradas. Y cuanto más bajos son los niveles de enzimas en los tejidos y en la sangre, más veces se caen los toros en el ruedo.

Ante el grave giro que con el tiempo podrían tomar los hechos descubiertos, me apresuré a principios de 1965 –esto fue muy personal- a escribir al entonces ministro de Agricultura, don Tomás Allende García Baxter, exponiéndole los peligros en que había entrado ya la ganadería brava, la biología del toro de lidia, señalándole la urgente necesidad de establecer una Estación Biológica del Toro Bravo, dentro de los confines del Parque Nacional de Doñana, de forma que en aquel vasto territorio se conservaran hatos de vacunos silvestres bravos, alejados de la manipulación del hombre, como patrimonio genético virgen de lo que fueron los ancestrales vacunos de España y de los que allí se siguen conservando en estado silvestre (III). Al señor Ministro le pareció todo aquello como «demasiado alarmante» y más aún al entonces director de la Estación Biológica de Doñana, el doctor José Antonio Valverde, que consideraba la propuesta «descabellada.» Sólo un ganadero de reses bravas aceptó el proyecto con una loable y resuelta afirmación, fue el también abogado don Manuel García Fernández-Palacios.

En aquellos años estaba tan profundamente dedicado al trabajo de anestesiar, curar toros bravos, y seguir estudiando las dosificaciones de las más modernas drogas aplicadas al tema, que cuando me invitaron a presentarme a las oposiciones al Cuerpo Nacional de Veterinarios, pensé que algún tema trataría de la explotación ganadera de lidia. Mi desilusión fue total. De ese asunto, nada...
¿Cómo era posible aquello?... que ese importantísimo sector de la cabaña vacuna nacional quedara al margen de los estudios de la élite de la Veterinaria española. No podía ser... y mientras tanto, la ganadería brava estaba entrando en un proceso de deterioro biológico irreversible. Así son las cosas. Sentí no aprobar aquellas Oposiciones, que me descompusieron el pulso de mi derecha por tantas horas de escribir casi alocadamente, pero después se lo agradecí a Dios de todo corazón, porque viví muchos años felices conviviendo con mis amigos los toros, curándolos, y la fauna silvestre, que me han enseñado mucho más que mis congéneres los hombres. De haber aprobado aquella prueba antihumana y anticientífica, hubiese caído en una vida cómoda, sin lucha, y el disfrute anímico que hoy vivo jamás lo hubiese logrado y menos podido escribir de toros, de los animales más hermosos de la Creación, esos que no se estudian en las Oposiciones al Cuerpo Nacional de Veterinarios.

Ya, pues, no hay que extrañarse cuando se lee: «Aquellos ejemplares que cautivaron por su belleza, su trapío, su pujanza, su bravura y su espectacularidad a varias generaciones luchan hoy desesperadamente por sobrevivir y asegurarse un mínimo espacio en el cada vez más complicado mundo taurino actual... Esos mismos vacunos proporcionaron materia suficiente para llenar volúmenes completos de la historia de la tauromaquia y permitieron que el elemento toro fuera durante más de dos siglos el gran protagonista del espectáculo, pero desgraciadamente y salvo excepciones, ya no cuentan para nada, son casi un estorbo en el organigrama taurino de nuestros días.»

El doctor Adolfo Rodríguez Montesinos, que escribió lo últimamente entrecomillado, tenía siete años de edad cuando este autor ya llevaba los mismos años estudiando las reacciones de los bovinos de lidia y de la fauna silvestre sometidos a las acciones de los tranquilizantes. Sin embargo, el referido doctor, ya había escrito hacía años El Toro de Santa Coloma, en cuyo Prólogo, el compañero don Antonio Obregón Martínez, erudito y escritor, dejó escrito sobre dicha publicación: «... no pudo hacerse en un momento más oportuno, habida cuenta de las circunstancias que concurrían ya en la Fiesta de los Toros y que se han ido exacerbando cada vez más. Ni tampoco podía transmitirse mejor un mensaje tan sincero y tan acuciante, como el que el autor de la obra, Adolfo Rodríguez Montesinos, reflejaba con total fidelidad en el dramatismo que encierra la actual situación del toro bravo en estos días.»

Para don Antonio Obregón Martínez, «el primer riesgo que afecta a la raza de lidia deriva directamente del descaste progresivo que sufre desde hace décadas la cabaña brava y que ha situado en un punto de difícil recuperación sus virtudes más genuinas. Las presiones ejercidas sobre los ganaderos por los toreros, los apoderados y los empresarios, han creado un alto grado de confusión entre los criadores, aprovechándose de su debilidad. A los ganaderos ya sólo le preocupa seleccionar un toro que se pueda vender y que no moleste a los toreros.» Recomendamos al lector haga cuanto pueda por conseguir dicho libro, publicado por Consejo General de Colegios Veterinarios de España, con domicilio en calle Villanueva 11, Madrid, ya con sólo leer el Prólogo merece la pena adquirirlo.

Pero, podría preguntarse: ¿Se puede medir el referido descaste? En fuerza biológica, desde luego que sí. En la década de los 60 los toros habían reducido su potencial vital en un 30 por 100 en la mayoría de las ganaderías y la vacada de Miura sólo un 10 por 100. En la actualidad, aquel 30 ha bajado entre el 40 y 50 por 100, y la de Miura un 20 por 100, que ya es bastante. Todas las ganaderías que bajen del 50 por 100 se extinguirán en los próximos años, mientras que la de Miura continuará aún por largo tiempo. Todas esas cifras han sido calculada por la relación existente entre el peso vivo de los animales estudiados y la cantidad de miligramos de un agente de gran potencia anestésica para producir su efecto durante cuatro horas. Muchos de los astados estudiados (IV) al sentir los efectos buscaban desenfrenadamente una puerta de salida o bien saltaban la barda de miedo, por ser espantosamente mansos, pero eso sí, la mayoría de ellos resultaron magníficos para la muleta y se dejaron cortar las orejas.

En apenas poco más de medio siglo los nombres que antes se empleaban en la Fiesta de los Toros han cambiado radicalmente de significado. Por ejemplo: «... hoy se denomina bravo al toro dócil, suave, dulce, templado y colaborador, independientemente de que pegue un par de coces cada vez que se encuentre con el picador, se caiga a cada paso y que acabe su lidia refugiado en la querencia de los tableros, tras aburrirse y volver grupas en mitad de la faena de muleta. Por el contrario, el toro fuerte, que va a más a lo largo de la lidia, que se emplea en el tercio de varas, galopa en banderillas, se viene arriba en la muleta, repite las embestidas, aprende de los errores del torero y es capaz de desbordarle si no lo torea bien, ese toro que sólo se entrega cuando la técnica es capaz de someter al instinto de su bravura, el que mantiene a todos pendientes de la lidia y que lleva la emoción hasta el último rincón de la plaza, recibe ahora los peores calificativos.»

Cambiando de tema, para ocultar tantito el dramatismo, diremos: Si hasta hoy nos ha sido imposible precisar nada sobre las razas humanas más antiguas, las de Egipto, cuya población se halló formada por una mezcla que recuerda la lengua, compuesta a la vez por elementos semíticos, bereberes y bantúes; que el tipo negroide, del que se encuentran  huellas muy netas en la época prehistórica en el Alto Egipto, que no cesó de retroceder ante los no negroides del Egipto Medio; que no se encuentran huellas en aquella ancestral nación, ni tampoco en Oriente, de una civilización totémica, puesto que las ideas de clan y de tótem son allí desconocidas... ¿Cómo podemos lanzarnos a establecer como ciertas incontables conjeturas, sobre el origen del toro de lidia? Asegurar que en España llegaron dos especies diferentes de bovinos, unos por el Norte y otros por el Sur es como dar gritos de general ignorancia sobre el efecto que tienen los diversos ecosistemas existentes sobre nuestra piel de toro en la conformación biológica de la fauna mayor española.

El desconocimiento, pues, sobre los orígenes del toro bravo sigue caminando parejo con los del hombre, y el conocimiento del alma del toro, de cómo salir a luchar con él, de cómo medirse con su peligroso instinto, de entregarse de poder a poder frente a él para dominarlo, sigue siendo atributo de muy pocos mortales, y casi siempre, quienes los pretenden, la mayoría de las veces terminan siguiendo el camino que el bruto les marca, sin que logren el verdadero arte de torear, que en boca del portentoso torero Domingo Ortega, no es más «que llevar al toro adonde no quiere ir él.»

Y es que el toro se da cuenta de todo cuanto sucede a su alrededor, especialmente en el campo no es ajeno a ningún movimiento, ruido o manejos que realice el hombre y los demás animales que le rodean. Son animales que con el trato pueden templar increíblemente su temperamento o bien violentarse en extremo bajo ciertos estímulos; pero, sobre todo, no se le puede perder de vista nunca, ya que él disfruta de un bien ejercitado sentido de defensa y de ataque, a la vez que muchas veces, está sujeto a grandes variaciones en su conducta psíquica. El toro es una realidad vital que no acepta el desconocimiento en quien le maneje y casi siempre percibe el estado anímico de quien se le acerca, especialmente de sus congéneres, de ahí que a veces no tenga necesidad de enfrentarse para sentirse vencedor.

Desgraciadamente no hay muchos estudiosos del toro, muy pocos, y menos sobre su fantástico comportamiento. Adentrarse en este conocimiento es una especie de sublime néctar y llegar a conocerlos un reto admirable. Cuando durante años (1981-1987) estuve subiendo a diferentes torres, acomodadas para observarlos y estudiar sus movimientos y conductas, casi diariamente, hasta alcanzar la cifra de diez mil horas, aprendí a conocerlos y saber por anticipado lo que en el campo querrían hacer. Todos los niveles de conducta estudiados, todas sus costumbres, el rico lenguaje de sus miradas cuyo conocimiento en la plaza es esencial para los toreros; cómo agradecen que se les trate con suavidad, sus amores, formas de pelear, de mugir en el herradero, hasta descubrir las razones por las que siempre se colocan en los mismos puntos de los bebederos, de los potreros y la forma de llegar a ellos, etcétera, terminaron por configurar unos patrones de comportamiento, de reacciones, que tienen gran validez para saber qué harán en el ruedo.

No hay ningún animal que se parezca tanto al hombre como el toro. Ambos nacieron para el sacrificio. De ahí que en ambas especies haya un altísimo tanto por ciento a los que se les conoce pronto; pero otro tanto, en marcada menor proporción, que nadie puede llegar a conocerlo, a saber cuál es su verdadero carácter. En el sexo femenino, es a la inversa, ya que a la mayoría de las mujeres nadie llega a conocerlas... y menos cuando hay un varón de por medio.

Primero lo hicieron con un respeto general hacia todos los aficionados y luego lo fueron limitando sólo a las plaza más importantes, pero cada vez con mayor consideración hasta llegar a la época actual en la que la ley del mínimo esfuerzo, basada en el menor riesgo posible y disfrazada de «humanización» amenaza con derrumbar los cimientos estructurales de la Gran Fiesta. Con buena lógica muchas ganaderías del siglo XIX tenían que desaparecer, por mansas o por ilidiables, pero al amparo de éstas también dejaron de existir otras muchas que aún hoy podrían aportar valores estimables y servir de contrapunto a la monotonía imperante.

En cualquier caso ya no es posible la vuelta atrás y la extinción de algunas Castas Fundacionales, como la Jijona, es una realidad sin remedio. Con la Casta de Cabrera y la de Gallardo sucede prácticamente lo mismo. De aquella sólo subsisten ejemplares en la ganadería de Miura, mientras que la Casta de Gallardo es más que nada ya un referente histórico en la amalgama de sangres que conforman el encaste de Pablo Romero. Ninguna de las restantes ganaderías formadas a partir de la Casta Cabrera o posteriormente con reproductores de la de Miura han logrado sobrevivir y llegar hasta nuestros tiempos. Miura es hoy una ganadería histórica y única, que ha cimentado prestigio y asegurado su supervivencia durante más de siglo y medio (1842-2002), y aceptación por parte de los aficionados en todas las plazas ha permitido a sus propietarios mantenerse por encima de los vaivenes de la moda y conservar en la actualidad los últimos representantes de la Casta de Cabrera.

Pero como refiere el doctor Adolfo Rodríguez Montesinos, «... la llegada de Juan Belmonte y su concepción revolucionaria de la lidia modificaron radicalmente los patrones selectivos de los ganaderos y marcaron la llegada de una nueva época, basada en un prototipo más moderno de toro, progresivamente adecuado en morfología y comportamiento al nuevo modelo de toreo y de Fiesta que se imponía.

Y así, siguiendo los gustos de los que a Ella asisten, ya se logró el toro con medio metro menos de altura a los rubios, con ciento diez centímetros menos de longitud corporal; el toro ideal que cuando trompica al lidiador y le hace rodar por la arena se queda quieto como extrañado del suceso; al que se le pueden dar, a cambio de veinte o treinta varas, un solo piquete y cien muletazos; el toro que ya no tiene más que fina bravura y encomiable nobleza, sustentado en la mínima expresión de sus virtudes biológicas, detrás del cual ya sólo le resta extinguirse.
 




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