Juan José Zaldivar Ortega

Juan José Zaldivar Ortega

Dr. en Medicina veterinaria y zootecnia

01 Septiembre 2010

Las “alegrías¨ de un Alcalde… (1)

Sí, nuestro Alcalde, el de El Puerto, estaba aquella mañana muy alegre, pues había logrado lo que “otros” compañeros de profesión política no habían conseguido en cuarenta años: un empresario que le firme un contrato al Ayuntamiento por 150 mil euros anuales, como alquiler de la Plaza Real y, por si fuera poco, que le repare todo el deterioro del emblemático coso. En verdad sí es para estar contento. En este sentido me vino a la memoria aquel año de 1769, cuando don Nicolás Lupo construyó la Plaza de Toros del Ejido de San Francisco, que seguidamente arrendó, fue la primera Plaza de Toros propiamente dicha que va a tener el Puerto en su ya largo y brillante historial torero, siendo inaugurada la tarde del (04-06-1769). Ya ha llovido. La primera, decimos, porque las anteriores, a pesar de haber ganado ya para la Ciudad un justo y merecido prestigio, debieron limitarse a una simple agrupación de andamios, sin una unidad de obra completa, aprovechando los espacios libres, y también sin un caráceter de pèrmanencia, como la que, aunque sólo fuera para los siete años de contrata, ya tenía esta a que ahora nos estamos refiriendo.

No ocupaba el nuevo Circo Taurino el lugar exacto en el que hoy se levanta la Plaza Real, sino que estaba desplazado hacia el S. O., es decir, más próximo a las edificaciones. Cercana a él, una rica y umbrosa alameda, mejorada con el tiempo, nos hcía hace años más odiosa y antipática la osca y pelada explanada de ayer, ya completamente cambiada y ocupada por un amplio estacionamiento. En el Ejido de San Francisco, se alzaron, desde entonces, las sucesivas Plazas de Toros que tendrá El Puerto. Es cuando cabe preguntarse: ¿Y cómo fue este primer circo, aquella primitiva Plaza de Toros de madera que construyó el asentista don Nicolás Lupo?

Con todo, el negocio no parecía resultar demasiado boyante. Habiendo fallecido don Nicolás Lupo, a fines de 1774 o a comienzos de 1775, último que correspondía a su contrato de siete años, se hizo cardo de la Empresa como apoderado de su viuda, doña María Cecilia de Malatesta, un tal Melchor Conde, que por aquellos días se dirigió a la Junta de Hospitales exponiendo que “con motivo de las notables pérdidas… que ha experimentado en las corridas pasadas, por razón de los tiempos, ya que por el agua y ya por la falta de gente, y en particular en sexta, que se celebró el día 21…” –corrida que al parecer produjo pérdidas por más de catorce mil reales de vellón- solicita un aplazamiento, quizá una suspensión de las corridas que faltaban por celebrar en dicha temporada. ¿Sería verdad, o truco del empresario? No sabemos. Pero lo cierto es que desde muy temprana edad empezaron en El Puerto toda una serie tristes lamentaciones empresariales, continua cantinela que con insistencia rayana en la monotonía se fue repitiendo machaconamente a lo largo de tantos años de historia. Sí: la Empresa siempre dice que pierde. Y lo pintorescamente gracioso es que en algunas ocasiones suele ser verdad… y, sobre todo, como en nuestros días, que es imposible pagar esa renta de 150 mil euros, arreglar la Plaza y dar buenas y múltiples corridas. En alguna parte debe cubrirse el mal negocio para el Empresario, al que han obligado a comprar no pocas veces toros de saldo y, consecuentemente, venderán muchos menos abonos y los buenos aficionados, disgustados, dejarán de asistir a muchas corridas.

Como en 1775, no sólo por el lado de la economía lloverán en breve los disgustos. Por todas partes y donde menos se piense, surgirán roces, fricciones, motivos de descontento o preocupaciones. Por si fuera poco lo expuesto, el empresario de hace casi dos siglos y medio y el asentista de la Plaza de hoy deberá soportar, también este año, el mal humor y tal vez un largo expediente que incoará los aficionados, tristes de ver tanta superficie de cemento brillando al sol. Pero todo se estrellará ante la vanidad de los ilustre prohombre, semejante a los de una Primma donna. Y es que –¡no hay que olvidarlo!- estábamos entonces aún en la España del honor, del lustre y del blasón. Sólo hacía tres cuartos de siglo que había muerto Calderón de la Barca…, pero ahora vivimos en la España de la mediocridad y del tranfugismo político traicionero, al que sólo le interesa mantener el poder, el abultado sueldo y las prebendas. Así nos va...
 




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