Juan Manuel Garcia de Quiros Pérez

Juan Manuel Garcia de Quiros Pérez

Aficionado taurino

06 Agosto 2026

¿Qué es ser morantista?

 
 
No sé cuántas miles de veces me han preguntado: «¿Y tú por qué eres morantista?».
 
Y la respuesta es sencilla, aunque explicarla sea prácticamente imposible.
 
Ser de Morante es como la fe: se tiene o no se tiene.
 
Y lo de Morante, durante muchos años, fue precisamente eso: una cuestión de fe. Una fe ciega que ni los propios morantistas sabríamos explicar con palabras. Porque, vamos a ver, ¡mira que nos hemos llevado decepciones! Una detrás de otra. Día tras día, tarde tras tarde, kilómetros tras kilómetros.
 
Pero todos sabíamos que era cuestión de esperar.
 
Y no, no ha sido fácil.
 
No sé cuántas veces hemos pensado en tirar la toalla. «Hasta aquí hemos llegado». «A la próxima va a ir tu madre, tu primo, el Lili…». Y, sin embargo, llegaba la siguiente tarde y allí estábamos otra vez.
 
«Venga, Maestro, una oportunidad más».
 
Y otra.
 
Y otra.
 
Qué tiempos aquellos de caminar por el desierto, de escuchar aquella célebre frase de «Mangante de La Puebla», de salir de una plaza jurando que no volveríamos jamás… para acabar comprando otra entrada en cuanto salían los carteles.
 
Porque ser morantista es eso.
 
Es vivir permanentemente en el alambre. Pasar del blanco al negro y del negro al blanco en cuestión de segundos.
 
Es dar un respingo en la localidad con una media verónica o un trincherazo.
 
Es sentir cómo se te eriza el vello con un natural eterno.
 
Es que te salga de las entrañas un «¡olé!» sentido, de esos que no se dicen: se arrancan.
 
Es que se te salten las lágrimas en una de esas faenas memorables del genio.
 
Léase la de San Miguel, con aquel traje verde manzana.
 
La del rabo en Sevilla.
 
La del 12 de octubre en Madrid.
 
La del rabo de Jerez.
 
La de Linares.
 
Y, claro que sí, la del cuarto del pasado sábado.
 
Un toro que, visto de salida, parecía hecho para haber salido con la espada de matar… y que el diestro cigarrero, a base de aguantar quina, de creer y de tragar, acabó metiendo en el canasto.
 
Aquello era algo que ni el más morantista del mundo se atrevía a imaginar.
 
Pero con el Dios del Toreo todo es posible.
 
Morante es capaz de coger un mulo de carga y, a base de magia, convertirlo en un toro que embiste.
 
No quiero que me entendáis.
 
Ni siquiera pretendo que me comprendáis.
 
Porque, para ser sincero, ni yo mismo lo entiendo.
 
Pero qué bonito es ser de Morante.
 
Porque Morante, le pese a quien le pese, es el mejor torero de la historia.
 
Y para muestra, un botón: cuatro tardes en El Puerto, cuatro «no hay billetes».
 
Y ahora, el que pueda, que empate.
 
Gracias, «omá», por parirme morantista.
 

 

Por la gracia de Dios
 
Juan M Quiros



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