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La otra cara del toreo.
18 Agosto 2026Artículo de opinión de Juan M Quiros
El pasado domingo la cita era obligada. La Magallánica de Sanlúcar. Había que estar, sí o sí, en la Plaza del Pino. Y vaya si mereció la pena.
Fue uno de esos días que empiezan al mediodía y terminan cuando la noche ya hace rato que dejó de ser noche. Un día para disfrutar de Sanlúcar, de los amigos y, sobre todo, del toreo.
Desde la comida en Bonanza, con un pescaíto frito de categoría, hasta la previa en El Canal. Después llegó la corrida: una miurada que, afortunadamente, salió buena y unos toreros que estuvieron a la altura de lo que exigía la tarde.
Pero lo mejor estaba todavía por llegar.
Una vez terminada la corrida tuve la inmensa suerte de pasarme por el Hotel Los Helechos y, posteriormente, mi amigo Antonio Ruiz tuvo el detallazo de invitarme a su casa para celebrar el éxito de la tarde junto a los toreros.
Y allí pude compartir un rato con los verdaderos protagonistas de la corrida: Octavio Chacón, Pepe Moral y Daniel Crespo.
Cuando se apagan las luces de la plaza, cuando el público abandona los tendidos y los trajes de luces terminan en la bañera para quitarles las manchas de sangre del toro, sucede algo que pocas veces vemos.
El torero deja de ser torero.
Vuelve a ser persona.
Y allí me encontré con personas tan normales como cualquiera de nosotros. Personas abiertas en canal, sin el escudo que proporciona el traje de luces, sin la distancia que marca la barrera de una plaza.
Y comprendí un poco más la dureza de esta profesión.
Comprendí cuánto tienen que luchar cuando todas las puertas se cierran. Incluso aquellas que, cuando estaban en la cresta de la ola, se abrían sin necesidad de llamar.
Comprendí las lágrimas silenciosas. Los viajes cruzando el Atlántico para torear una corrida en una ciudad perdida en los confines de la tierra. No por gloria, ni por titulares, ni por salir en la foto. Simplemente para que en casa no falte nada en la nevera.
Comprendí también esas ganas de tirar la toalla cuando ya no se ve ni un hilo de luz al final del túnel.
Y sí, aquella noche no vi a un torero.
Vi a Octavio Chacón, persona.
Vi cómo se derrumbaba después de todo lo sufrido durante estos últimos meses. Y entonces entendí que detrás de cada pase, de cada tarde, de cada contrato y de cada corrida hay un ser humano que también tiene miedo, que también sufre, que también llora y que, a pesar de todo, al día siguiente vuelve a ponerse delante del toro.
Y si Dios existe —que no lo dudo—, volverán los contratos para el bueno de Octavio.
Porque toreros como él son necesarios en el escalafón.
Toreros que se juegan la vida a carta cabal. Toreros que no le hacen ascos a ninguna corrida ni a ningún encaste. Toreros que, cuando llegan las vacas flacas, siguen entrenando, siguen viajando y siguen esperando esa llamada que muchas veces parece que nunca va a llegar.
Octavio, te tenía una gran estima como torero. Y sé, por experiencia y por nuestro amigo Dani, lo duro que es entrenar cuando no ves ni un hilo de luz.
Pero te digo una cosa: la persona que conocí aquella noche, en la intimidad, me dejó una huella mucho más profunda que el torero que tantas veces he visto jugarse la vida en una plaza.
Y eso, amigo mío, no lo consigue cualquiera.
Tú, Octavio, has dejado huella en mí.
Y ahora solo deseo que la vida y el toro te devuelvan, con creces, todo lo que tú les has dado.
Porque todavía tienes mucho que decir delante de un toro.
Y nosotros, mucho que agradecerte.
¡Que vuelva a sonar el teléfono, maestro!
Juan M Quiros
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