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HOY TOREA DANIEL CRESPO
08 Agosto 2026Artículo de opinión de Juan M Quiros
Hoy torea Daniel Crespo en El Puerto.
Y hoy, permitidme la licencia, Morante pasa a un segundo plano. O a un tercero. Porque no todos los días hace el paseíllo en la Plaza Real un amigo. Y mucho menos un amigo que, además, es un torero de verdad.
Desde aquella tarde de 2016, en aquella novillada junto a Pablo Aguado y Alfonso Cadaval, algo me dijo que allí había un torero distinto. No sé explicarlo de otra manera. Me enamoró su forma de torear.
Y que nadie piense que lo he seguido por plazas y plazas simplemente porque somos amigos. Ni mucho menos. En esto del toro no valen las amistades cuando se apaga el clarín y sale el animal por chiqueros. Si no le hubiera visto condiciones, si no hubiera percibido en sus muñecas y en su cabeza todo lo que puede llegar a hacer, no lo habría seguido ni a la vuelta de la esquina.
Pero Daniel tiene algo que no se enseña.
Eso que algunos llaman duende, otros pellizco y otros simplemente torería.
Se tiene o no se tiene.
Y Daniel lo tiene.
Lo tiene en la izquierda, donde guarda un par de cortijos. Y cada vez estoy más convencido de que ahí, en esa mano izquierda, hay mucho más de lo que hasta ahora le han permitido enseñar.
Porque su carrera no ha sido precisamente un camino de rosas.
Cuando su nombre empezaba a sonar fuerte, cuando parecía que por fin se abrían las puertas grandes, llegó la maldita pandemia y se llevó por delante corridas, oportunidades y una confirmación en Madrid que podía haber cambiado muchas cosas.
Y Daniel tuvo que volver a empezar.
A ponerse otra vez de yunque.
A tragarse el orgullo.
A esperar.
A aguantar.
A demostrar una y otra vez que seguía siendo torero.
Y eso, en esta profesión, también es torear.
Porque hay tardes en las que el toro no sale por chiqueros. Hay tardes en las que los toros se llaman silencio, indiferencia, puertas cerradas, teléfonos que no suenan e injusticias que uno no termina de comprender.
Y yo he visto a Daniel tragarse las lágrimas.
Lo he visto lamerse las heridas.
Lo he visto aguantar carros y carretas.
Lo he visto sufrir.
Y, sobre todo, lo he visto callar y seguir poniéndose delante.
Eso también tiene mucho mérito.
Porque ser torero no consiste únicamente en ponerse delante de un toro. También consiste en levantarse cada vez que la vida te pega una cornada.
Y hoy vuelve a El Puerto.
A su casa.
A esa Plaza Real en la que, cada vez que ha hecho el paseíllo, ha terminado saliendo por la Puerta Grande.
Cada vez.
Que no es poca cosa.
Es historia.
Pero, por esas cosas que tiene esta profesión, parece que ni siquiera eso ha sido suficiente.
Hoy tiene otra reválida.
Otra más.
Y yo vuelvo a confiar en él como aquella primera tarde de 2016.
Porque no soy hombre de muchos pronósticos, pero aquel día dije que Daniel tenía un par de cortijos en la mano izquierda.
Hoy lo digo todavía más convencido.
Pocos toreros hay en el escalafón con una zurda como la de Daniel Crespo.
Solo le pido a Dios una cosa:
Que hoy le salga por chiqueros un toro que embista por derecho.
Un toro que humille.
Que tenga recorrido.
Que le permita engancharlo adelante, llevarlo hasta atrás y soltarlo detrás de la cadera.
Uno de esos toros que hacen que el tiempo se pare.
Porque si ese toro aparece…
el lío puede ser gordo. Muy gordo.
Y entonces veremos si, de una puñetera vez, una Puerta Grande en El Puerto sirve para abrir alguna puerta más.
Porque Daniel merece Madrid.
Merece una confirmación con todas las letras.
Merece una tarde de esas que ponen un nombre en boca de todos.
Y por qué no, merece también una tarde en la Feria de Abril de Sevilla.
Por mucho menos de lo que este hombre ha hecho, otros han conseguido mucho más.
Así que hoy no voy a pedir milagros.
Solo que le embista uno.
Que el torero ponga lo demás.
Que salga con hambre.
Con rabia.
Con verdad.
Y que después de la última estocada nadie pueda decir que no ha visto a un torero.
Porque hoy torea Daniel Crespo.
Mi amigo.
El torero.
Y su suerte, hoy, será también la nuestra.
La de los suyos.
La de los que llevamos años creyendo.
Suerte, torero.
Y que Dios reparta suerte.
Juan M Quiros
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