Noticias |
![]() ![]() ![]() |

¿Que los toros son caros?
01 Agosto 2026Aerículo de opinión de Juan M Quiros
Os pido que leáis mi artículo de esta semana y, cuando terminéis, me decís si de verdad los toros son caros... o si hay cosas que no tienen precio.
Me levanto nervioso. Hoy es el gran día. Torea Morante de la Puebla.
Preparo la ropa con un esmero que ni para una boda real. Hay que ir de punta en blanco; la ocasión lo merece. Mi ritual está más estudiado que el de un matador antes del paseíllo. Si un día cambio el orden de las cosas, igual hasta suspenden la corrida.
Desayuno temprano y, antes de que el sol empiece a derretir hasta las farolas, allí está el nota merodeando por los alrededores de la Plaza Real. Nunca se sabe cuándo puede aparecer algún alma caritativa con una invitación para el desencajonamiento. Y, si no aparece, tampoco pasa nada. Para eso existe Sal y Oro... y la primera cerveza. Porque una jornada de toros sin la primera tertulia es como una corrida sin clarines.
Empiezan las conversaciones. El primero dice que el cartel es flojo. El segundo asegura que el toro bueno saldrá el quinto. El tercero ya sabe cómo va a embestir cada uno sin que el camión haya terminado de aparcar. Y tú piensas: "Qué vas a saber tú, criatura...", si de toros no entienden ni las vacas. Entre un cigarro, una charla y cuatro sentencias dictadas por la Real Academia del Cuñadismo Taurino, nos hemos bebido tres o cuatro cervezas sin despeinarnos.
Es hora de volver a casa. Una comida fresquita y una buena siesta... aunque antes toca hacer otra estación obligatoria del vía crucis taurino: el Obregón. Sería pecado mortal no saludar a mi amigo Álvaro y dejar que me torture con alguno de los vinos de su bodega. Hay martirios mucho peores.
Después de la siesta vuelven los nervios. Ya queda menos. Ducha, pantalón chino, camisa remangada, náuticos —o castellanos, según el día—, un buen perfume y la ramita de romero en la solapa. Que a los toros no solo se va vestido; también se va con el alma planchada.
Empiezas a caminar hacia la plaza y el ambiente ya huele a toros. Te cruzas con aficionados, con la Banda Maestro Dueñas, con los gorrillas haciendo el agosto y con los vendedores de agua pregonando como si llevaran tres días cruzando el Sáhara. Tampoco faltan los del pescuezo buscando desesperadamente una entrada del tendido 9, como si fuera el último décimo premiado de Navidad.
Entonces aparece el gracioso oficial de todos los años:
—A ver qué hace hoy Mangante de la Puebla...
Ni me molesto en responder. Hay miradas que insultan con mucha más educación que algunas palabras.
Empiezan a llegar los aficionados. Los que saben. Los que creen que saben. Y los "enteraíllos", que esos sí lo saben todo... menos de toros. También hacen acto de presencia los reventas.
—Tengo dos del cuatro, muy baratitas, compadre.
Ni los miro. Si les das cinco minutos más, te venden entradas hasta para la salida de la Macarena.
En Sal y Oro me reencuentro con los de siempre. Aquello parece la Pasarela Cibeles. Niñas guapísimas, caballeros impecables y más gomina por metro cuadrado que en toda la feria de Jerez. Se acerca el típico gañotero buscando una convidá. El pobre ha pinchado en hueso. Le pego un pase de pecho y desaparece más rápido que un político después de unas elecciones.
La madre de Mer, como cada año, ejerce de relaciones públicas de cinco estrellas y hace una campaña de promoción de su hija que ya la quisiera cualquier agencia de publicidad.
Llega mi amigo Manuel y toca la foto de rigor. Hay que rendir homenaje al torero más grande que han visto mis ojos. Saludo también a mi amigo Carambo. La sede empieza a llenarse y el fresquito del bodegón ya es un bonito recuerdo.
¡Madre mía, qué hora es! Y todavía no me he hecho ni una foto. Este año, además, toca presumir de acompañante. Porque, seamos sinceros, no todos los días puede uno ir a los toros acompañado de una mujer tan guapa y elegante como iré este año.
—Échame otro Barceló con Coca-Cola Zero... y no seas tan generoso con el hielo, hijo, que el ron no está para verlo desde el fondo del vaso.
Vuelvo a salir a la calle y siguen apareciendo amigos. Antonio, el veterinario, tampoco falla nunca.
La hora se echa encima. Qué rápido pasa una tarde cuando uno es feliz. Me tomo "la última"... que, como todas las últimas, siempre viene acompañada de otras dos o tres.
Entro por fin al tendido del cuatro. Bueno... entro y vuelvo a salir porque se me ha olvidado la almohadilla. Un ejemplo de organización digno de estudio. Última visita al baño —por consideración hacia mis vecinos de localidad— y, ahora sí, busco mi asiento. La cola es eterna. Tendría que haber venido antes. Lo mismo que llevo diciéndome los últimos veinte años.
Ya estoy en mi sitio. Y nunca mejor dicho. Muy bien acompañado.
Y entonces lo pienso. Antes incluso de que suenen los clarines, la entrada ya está amortizada. Si luego la corrida sale mala, mala suerte. Si los toros no sirven, mala suerte. Si el presidente se pone creativo con los pañuelos, también.
Pero... ¿quién me quita todo lo vivido desde que me levanté por la mañana?
Porque ir a los toros en El Puerto nunca ha sido solo ver una corrida. Es abrazar amigos, reencontrarte con los tuyos, repetir rituales que forman parte de tu vida, reír, compartir una cerveza, hacerte fotos, emocionarte y sentir que, por unas horas, todo está exactamente donde debe estar.
Así que la próxima vez que alguien me diga que los toros son caros... le preguntaré cuánto cuesta un día inolvidable.
Y entonces entenderá —o quizá no— que hay entradas cuyo precio se paga con dinero... pero cuyo valor no hay tarjeta de crédito que lo pueda calcular.
Juan M Quiros
Noticias


Tuenti
Enviar a un amigo




Subir