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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis toros de Borja
Domecq. Todos, con el hierro de Jandilla, salvo el
tercero, que llevaba el de Vegahermosa. Corrida de
variado remate, bien armada y de buen juego general.
De buena nota y completo el sexto. Con son el
tercero y el quinto. Encastado el primero, manejable
el cuarto. Sin fuerzas, protestó el segundo.
ESPADAS:
El Fandi,
de nazareno y oro, oreja tras un aviso y saludos.
Matías Tejela,
de azul prusia y oro, palmas y saludos.
Rubén Pinar, de salmón y oro, una oreja y una
oreja.
INCIDENCIAS
Prólogo de
incontenible emoción en homenaje al corredor muerto
en el encierro. El Fandi rompe el fuego. Buena
corrida de Jandilla. Firme y entregado el joven
Pinar. Homenaje de duelo por el corredor muerto en
el encierro por la mañana. 6ª de San Fermín. Lleno.
Soleado, templado.
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Rubén Pinar - pisando fuerte
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El toro que
en el
encierro
había herido
de muerte a
un joven
corredor de
Alcalá de
Henares fue
el primero
en soltarse.
El más
terciado de
la corrida
de Jandilla
y el único
colorado de
los seis. Se
llamaba
Capuchino,
número 106,
pálidos los
pitones que
tanto
estrago
trajeron. El
paseo y la
entrada de
las peñas se
hizo con las
pancartas
plegadas y
sin música
ni cánticos.
Sentimiento
de profunda
consternación.
El paseíllo
se hizo sin
música, las
cuadrillas
se
destocaron
al llegar a
la
presidencia,
se puso en
pie todo el
mundo como a
resorte y en
un tendido
de sol una
trompeta
atacó, sobre
un fondo
sintonizado,
los
melancólicos
acordes de
“El
silencio”,
de Roy Etzel.
No un minuto
de silencio,
sino más de
dos. Y, en
rigor, no de
silencio.
Todavía más
emocionante
que el
silencio
mismo fue
ese triste y
melodioso
son de
trompeta,
que iba por
el
infortunado
corredor y
era, de
paso, un
épico canto
a cuantos
corren el
encierro de
Pamplona.
Las
lágrimas, el
corazón, la
sensibilidad
de unas
fiestas que
tienen al
toro de
protagonista
y tientan,
por tanto, a
la muerte,
que no tiene
por
costumbre
avisar. Pero
merodea por
estos pagos
todas las
mañanas de
fiestas. Y
algunas
tardes
también.
De romper el
cerco de
dolor que
tenía
embargada la
corrida se
encargó El
Fandi en el
momento
preciso. Al
toro
Capuchino le
prendió tres
pares de
banderillas
de su largo
repertorio:
uno primero
al cuarteo,
con salto de
barrera tras
apretada
carrera de
salida; otro
reunido en
el balcón
tras carrera
de paso
atrás y
fijando al
toro en
suerte a
cada
zancada; y
un tercero
al violín
con
embroques en
hilo por
delante
después de
clavar. Fue
como terapia
de grupo: en
pie, rugió
la gente.
“¡Oé, oé, oé,
oé...!”.
Casi
olvidadas
las penas,
hasta que El
Fandi se fue
hasta los
medios y
brindó al
cielo. Y
entonces se
vino abajo
la plaza:
por la
emoción. Al
toro se le
había
recibido en
zona de sol
con una
monda
bronca, que
vino a
amortiguarse
y a
esfumarse en
cuanto El
Fandi tomó
el timón.
Por la mano
derecha, el
toro se
acostó y
apretó
bastante;
por la
izquierda,
en cambio,
fue y vino
con relativa
dulzura.
Descolgado
en el
encierro,
rodeado por
dos o tres
docenas de
corredores y
pastores
para impedir
que se
volviera a
mitad de
carrera, el
toro no
acusó para
nada en la
lidia los
resabios que
se atribuyen
en esos
casos. Al
toro, que
trabajó
mucho y
estuvo con
el depósito
vacío a los
veinte
muletazos,
le pegó El
Fandi no
veinte sino
cuarenta o
más.
Los cinco
primeros,
rodillas en
tierra,
fueron como
un seísmo.
Los últimos,
molinetes de
rodillas
cosidos con
naturales,
casi igual.
El
intermedio,
entre
farragoso y
previsible,
de torero
poderoso.
Soltando el
engaño, una
estocada
atravesada,
y un
descabello.
Una oreja.
Para premiar
que El Fandi
pusiera
tanto de su
parte a la
hora de
olvidar y
volver a
empezar.
Pitaron en
el arrastre
al toro.
Inmerecidamente.
La corrida
de Jandilla,
aunque
desigual de
presencia y
fondo, salió
buena.
Excelente y
mollar el
sexto, alto
y largo
mozo, que
descolgó,
humilló,
repitió,
metió los
riñones y no
se cansó
nunca. Con
ese toro se
entregó y
templó Rubén
Pinar en
faena limpia
de mano
baja, seria,
más seca que
expresiva,
ligada con
la ventaja
de descargar
la suerte en
el muletazo
ligado pero
la verdad de
hacerlo con
muy firme
encaje y
buenos
brazos. Muy
empapado el
toro en el
engaño, bien
mecido.
El ambiente
ensordecedor
del sexto
toro de
Pamplona se
tomó una
casi tregua
para jalear
el arrojo y
la
inteligencia
de Rubén.
Parecía
deseo común
de los
presentes
que alguien
saliera a
hombros en
tarde tan
singular.
Para
espantar la
bicha. Y le
tocó al
joven torero
de Tobarra,
que de
novillero
había
saboreado ya
dos veces
las mieles
del triunfo
en
sanfermines.
El primero
de lote, del
segundo de
los hierros
de Borja
Domecq, el
de
Vegahermosa,
fue también
buen toro,
pero no
tanto.
Playero y,
por tanto,
difícil de
encajar en
los engaños.
La faena de
Rubén fue
porfiona, de
someter.
Firme el
torero. Más
resuelto que
brillante,
más capaz
que
imaginativo.
Y una
notable
estocada. Al
cumplirse la
mitad de las
corridas de
San Fermín,
los dos
grandes
nombres son
los de dos
toreros de
Albacete,
recién
llegados, la
hierba en la
boca,
capaces,
titánicos y,
por cierto,
bien
distintos:
Tendero y
Pinar.
De ancha
cuna,
engatillado,
el segundo
jandilla
salió
codicioso
pero sin
fuerza, y
por eso se
revolvía,
rebrincaba y
quedaba
cortísimo.
Tejela
cumplió con
él y esperó
a mejor
baza, que
fue la del
quinto de
corrida.
Bravo en el
caballo, al
ataque
enseguida,
pero toro de
los que no
duran más
que veinte
muletazos.
Tejela le
pegó algunos
francamente
buenos, pero
no llegó a
romper la
cosa con
truenos. Un
prometedor
arranque en
cite de
largo, una
tanda
mandona y
embraguetada,
exceso de
enganches
por fuera,
encimismo
por el pitón
izquierdo.
Una buena
estocada. Se
enrocó el
palco y no
hubo oreja.
Se pidió. El
Fandi hizo
tirabuzones
en
banderillas
con el
cuarto. El
trasteo de
muleta, más
convencional,
fue de no
complicarse
la vida ni
siquiera al
salirse a
los medios
en un gesto
amagado. A
los dos
toros los
mató El
Fandi sin
mayor rigor
ni apuntar
arriba.
(COLPISA,
Barquerito).
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