CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Pamplona  - 6ª de feria - 10 julio 2009 -

A hombros Rubén Pinar, generosa y merecidamente

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de Borja Domecq. Todos, con el hierro de Jandilla, salvo el tercero, que llevaba el de Vegahermosa. Corrida de variado remate, bien armada y de buen juego general. De buena nota y completo el sexto. Con son el tercero y el quinto. Encastado el primero, manejable el cuarto. Sin fuerzas, protestó el segundo.


ESPADAS:

El Fandi, de nazareno y oro, oreja tras un aviso y saludos.

Matías Tejela, de azul prusia y oro, palmas y saludos.

Rubén Pinar, de salmón y oro, una oreja y una oreja.


INCIDENCIAS

Prólogo de incontenible emoción en homenaje al corredor muerto en el encierro. El Fandi rompe el fuego. Buena corrida de Jandilla. Firme y entregado el joven Pinar. Homenaje de duelo por el corredor muerto en el encierro por la mañana. 6ª de San Fermín. Lleno. Soleado, templado.

 


Rubén Pinar - pisando fuerte

El toro que en el encierro había herido de muerte a un joven corredor de Alcalá de Henares fue el primero en soltarse. El más terciado de la corrida de Jandilla y el único colorado de los seis. Se llamaba Capuchino, número 106, pálidos los pitones que tanto estrago trajeron. El paseo y la entrada de las peñas se hizo con las pancartas plegadas y sin música ni cánticos. Sentimiento de profunda consternación. El paseíllo se hizo sin música, las cuadrillas se destocaron al llegar a la presidencia, se puso en pie todo el mundo como a resorte y en un tendido de sol una trompeta atacó, sobre un fondo sintonizado, los melancólicos acordes de “El silencio”, de Roy Etzel.
No un minuto de silencio, sino más de dos. Y, en rigor, no de silencio. Todavía más emocionante que el silencio mismo fue ese triste y melodioso son de trompeta, que iba por el infortunado corredor y era, de paso, un épico canto a cuantos corren el encierro de Pamplona. Las lágrimas, el corazón, la sensibilidad de unas fiestas que tienen al toro de protagonista y tientan, por tanto, a la muerte, que no tiene por costumbre avisar. Pero merodea por estos pagos todas las mañanas de fiestas. Y algunas tardes también.
De romper el cerco de dolor que tenía embargada la corrida se encargó El Fandi en el momento preciso. Al toro Capuchino le prendió tres pares de banderillas de su largo repertorio: uno primero al cuarteo, con salto de barrera tras apretada carrera de salida; otro reunido en el balcón tras carrera de paso atrás y fijando al toro en suerte a cada zancada; y un tercero al violín con embroques en hilo por delante después de clavar. Fue como terapia de grupo: en pie, rugió la gente. “¡Oé, oé, oé, oé...!”.
Casi olvidadas las penas, hasta que El Fandi se fue hasta los medios y brindó al cielo. Y entonces se vino abajo la plaza: por la emoción. Al toro se le había recibido en zona de sol con una monda bronca, que vino a amortiguarse y a esfumarse en cuanto El Fandi tomó el timón. Por la mano derecha, el toro se acostó y apretó bastante; por la izquierda, en cambio, fue y vino con relativa dulzura. Descolgado en el encierro, rodeado por dos o tres docenas de corredores y pastores para impedir que se volviera a mitad de carrera, el toro no acusó para nada en la lidia los resabios que se atribuyen en esos casos. Al toro, que trabajó mucho y estuvo con el depósito vacío a los veinte muletazos, le pegó El Fandi no veinte sino cuarenta o más.
Los cinco primeros, rodillas en tierra, fueron como un seísmo. Los últimos, molinetes de rodillas cosidos con naturales, casi igual. El intermedio, entre farragoso y previsible, de torero poderoso. Soltando el engaño, una estocada atravesada, y un descabello. Una oreja. Para premiar que El Fandi pusiera tanto de su parte a la hora de olvidar y volver a empezar. Pitaron en el arrastre al toro. Inmerecidamente.
La corrida de Jandilla, aunque desigual de presencia y fondo, salió buena. Excelente y mollar el sexto, alto y largo mozo, que descolgó, humilló, repitió, metió los riñones y no se cansó nunca. Con ese toro se entregó y templó Rubén Pinar en faena limpia de mano baja, seria, más seca que expresiva, ligada con la ventaja de descargar la suerte en el muletazo ligado pero la verdad de hacerlo con muy firme encaje y buenos brazos. Muy empapado el toro en el engaño, bien mecido.
El ambiente ensordecedor del sexto toro de Pamplona se tomó una casi tregua para jalear el arrojo y la inteligencia de Rubén. Parecía deseo común de los presentes que alguien saliera a hombros en tarde tan singular. Para espantar la bicha. Y le tocó al joven torero de Tobarra, que de novillero había saboreado ya dos veces las mieles del triunfo en sanfermines. El primero de lote, del segundo de los hierros de Borja Domecq, el de Vegahermosa, fue también buen toro, pero no tanto. Playero y, por tanto, difícil de encajar en los engaños. La faena de Rubén fue porfiona, de someter. Firme el torero. Más resuelto que brillante, más capaz que imaginativo. Y una notable estocada. Al cumplirse la mitad de las corridas de San Fermín, los dos grandes nombres son los de dos toreros de Albacete, recién llegados, la hierba en la boca, capaces, titánicos y, por cierto, bien distintos: Tendero y Pinar.
De ancha cuna, engatillado, el segundo jandilla salió codicioso pero sin fuerza, y por eso se revolvía, rebrincaba y quedaba cortísimo. Tejela cumplió con él y esperó a mejor baza, que fue la del quinto de corrida. Bravo en el caballo, al ataque enseguida, pero toro de los que no duran más que veinte muletazos. Tejela le pegó algunos francamente buenos, pero no llegó a romper la cosa con truenos. Un prometedor arranque en cite de largo, una tanda mandona y embraguetada, exceso de enganches por fuera, encimismo por el pitón izquierdo. Una buena estocada. Se enrocó el palco y no hubo oreja. Se pidió. El Fandi hizo tirabuzones en banderillas con el cuarto. El trasteo de muleta, más convencional, fue de no complicarse la vida ni siquiera al salirse a los medios en un gesto amagado. A los dos toros los mató El Fandi sin mayor rigor ni apuntar arriba.

 

(COLPISA, Barquerito).

 

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