...la concurrencia no suele observar el cruce de miradas entre el
diestro, el empresario y hasta el ganadero –la opinión del señor
Presidente poco les importa- para concertar un verdadero preindulto.
-o-
Pero hay que observar su agilidad
y prontitud para ir donde se le llame, sin titubeos y sin distraer la
mirada en ningún momento, porque un toro verdaderamente bravo nunca se
distrae y menos desparrama la vista por toda la plaza, cuando no a los
tendidos. La misma manera de salir al ruedo nos dice ya cómo será su
comportamiento.
-o-
se está perdiendo en los
aficionados la idea de lo que debe ser un toro bravo, de esos a los que
temía Juan Belmonte. Animales perfectos de cuerpo y espíritu, cargados
de bravura, nobleza e irradiando emotividad, y no que a fuerza de que se
nos ofrezcan continuamente toros descastados, con una deficiente
capacidad muscular del tercio anterior, que son una de las causas del
frecuentes volteretas, con extremidades endebles... |
. Ya
citamos en la primera, poco más o menos, sobre un fenómeno que
consideramos realmente complejo: la inercia actual de numerosos
supuestos aficionados por apresurarse a solicitar masivamente el indulto
de un toro. El asunto es complejo, pero solito deja al descubierto que
tal fenómeno es una respuesta normal en Plazas en que sólo se dan unas
cuantas corridas de toros y cómo que se siente una inclinación a
provocar hechos sobresalientes en los que todos participen del
protagonismo fervoroso de pedir un indulto. Esto lo saben los toreros y
especialistas hay en que aprovechan una embestida suave para estimular
tal inclinación. Y la concurrencia no suele observar el cruce de miradas
entre el diestro, el empresario y hasta el ganadero –la opinión del
señor Presidente poco les importa- para concertar un verdadero
preindulto. Y casi siempre lo logran, porque la función teatral se
convierte en una pieza magistral, que interesa al ganadero, al
empresario, al torero y le da categoría a la plaza, aunque el astado
debió ir al desolladero.
Cuando un toro sale al ruedo ya debe el
buen aficionado por en marcha su mayor atención. Para ese inicio no
hace falta saber de toros, ya que un animal de bella estampa, es decir,
con una conformación corporal equilibrada, con mayor desarrollo del
tercio anterior sobre el posterior –algunos indultados parecen gruesos
tubos- con un tronco largo, dorso recto, cuello musculoso y,
lógicamente, potente, y bien amorrillado, es decir, un hermoso toro,
es cosa que todos saben apreciar de inmediato, y, sobre todo una
encornadura bien implantada y armónicamente desarrollada. Pero hay que
observar su agilidad y prontitud para ir donde se le llame, sin titubeos
y sin distraer la mirada en ningún momento, porque un toro
verdaderamente bravo nunca se distrae y menos desparrama la vista por
toda la plaza, cuando no a los tendidos. La misma manera de salir al
ruedo nos dice ya cómo será su comportamiento. Esos que salen husmeando
los bordes de madera de la puerta de toriles, que caminan con pasos
inciertos y se detienen, son los peores presagios. O esos otros que
salen como endemoniados, impulsados como Catetón por no soportar
el tremendo dolor que le producía tener un ojo con un fuerte
traumatismo, también es algo que los aficionados descubren como algo
extraño…acobardando a todos los diestros.
¡Oh los toros que parecen trotar alegres
como los caballos!, fijos en sus recorridos como los huracanes y no
erráticos que a todos confunden. Son los que pasan a buen son el capote
y después la muleta. Los que en el caballo se quedan clavados sin tirar
derrotes en todas direcciones y no se salen fácilmente. No doblan las
manos porque están bien aplomados en sus extremidades y tienen el peso
justo… ni gigantes ni enanos. Y los diestros, sin en verdad se
ajustan a la pureza del primer tercio, no deben buscar que sólo
reciban un prolongada puya, sino que hay que sacarlo y ponerlo una o dos
veces más en suerte. Lo que ocurres es que la efectividad de ese hermoso
primer tercio se diluye y pierde toda su original belleza. La mayoría
de las veces el toro no se entrega con bravura y desiste en su empeño.
Toros deficientes en el caballo jamás deberían indultarse, por muchos
pases de rutina que le de el matador de turno, todos carentes de
emoción, por mucha belleza vacía con la que quieran embaucarnos.
Finalmente nos encontramos con el peor
problema: se está perdiendo en los aficionados la idea de lo que debe
ser un toro bravo, de esos a los que temía Juan Belmonte. Animales
perfectos de cuerpo y espíritu, cargados de bravura, nobleza e
irradiando emotividad, y no que a fuerza de que se nos ofrezcan
continuamente toros descastados, con una deficiente capacidad muscular
del tercio anterior, que son una de las causas del frecuentes
volteretas, con extremidades endebles, sin la capacidad respiratoria
para moverse con agilidad, muchos de ellos con demasiado peso, cuando
no cebados, se hacen torpes para la lidia y no aguantan los quince
minutos, es por lo que ya no sabemos a veces ni lo que estamos viendo.
Es decir, debilidades por todas partes, internas y externas, pero una
y otra vez se siguen indultando. Sólo la sabia Providencia hace que, en
la mayoría de los casos, los toros indebidamente indultados, por sus
mismas debilidades biológicas no soporten las curas y se mueran. Pasa
como en los penalties futboleros injustamente pitados, que casi
siempre se echa el balón fuera.
Juan
José Zaldivar Ortega
28 Octubre 2005
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