Toros en El Puerto

 



Dr.D. Juan José Zaldivar

EL INDULTO DE TOROS
(Segunda y última parte)

  ...la concurrencia no suele observar el cruce de miradas entre el diestro, el empresario y hasta el ganadero –la opinión del señor Presidente poco  les importa- para concertar un verdadero preindulto.

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 Pero hay que observar su agilidad y prontitud para ir donde se le llame, sin titubeos y sin distraer la mirada en ningún momento, porque un toro verdaderamente bravo nunca se distrae y menos desparrama la vista por toda la plaza, cuando no a los tendidos. La misma manera de salir al ruedo nos dice ya cómo será su comportamiento.

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 se está perdiendo en los aficionados la idea de lo que debe ser un toro bravo, de esos a los que temía Juan  Belmonte. Animales perfectos de cuerpo y espíritu, cargados de bravura, nobleza e irradiando emotividad, y no que a fuerza de que se nos ofrezcan continuamente toros descastados, con una deficiente capacidad muscular del tercio anterior, que son una de las causas del frecuentes volteretas, con extremidades endebles...

 .         Ya citamos en la primera, poco más o menos, sobre un fenómeno que consideramos realmente complejo: la inercia actual de numerosos supuestos aficionados por apresurarse a solicitar masivamente el indulto de un toro. El asunto es complejo, pero solito deja al descubierto que tal fenómeno es una  respuesta normal en Plazas en que sólo se dan unas cuantas corridas de toros y cómo que se siente una inclinación a provocar hechos sobresalientes en los que todos participen del  protagonismo fervoroso de pedir un indulto. Esto lo saben los toreros y especialistas hay en que aprovechan una embestida suave para estimular tal inclinación. Y la concurrencia no suele observar el cruce de miradas entre el diestro, el empresario y hasta el ganadero –la opinión del señor Presidente poco  les importa- para concertar un verdadero preindulto. Y casi siempre lo logran, porque la función teatral se convierte en una pieza magistral, que interesa al ganadero, al empresario, al torero y le da categoría a la plaza, aunque el astado debió ir al desolladero.

  Cuando un toro sale al ruedo ya debe el buen aficionado por  en marcha su mayor atención. Para ese inicio  no hace falta saber de toros, ya que un animal de bella estampa, es decir, con una conformación corporal equilibrada, con mayor desarrollo del tercio anterior sobre el posterior –algunos indultados parecen gruesos tubos- con un tronco  largo, dorso recto, cuello musculoso y, lógicamente, potente,  y bien  amorrillado, es decir, un  hermoso toro, es cosa que todos saben apreciar de inmediato, y, sobre todo  una encornadura bien implantada y armónicamente desarrollada. Pero hay que observar su agilidad y prontitud para ir donde se le llame, sin titubeos y sin distraer la mirada en ningún momento, porque un toro verdaderamente bravo nunca se distrae y menos desparrama la vista por toda la plaza, cuando no a los tendidos. La misma manera de salir al ruedo nos dice ya cómo será su comportamiento. Esos que salen husmeando los bordes de  madera de la puerta de toriles, que caminan con pasos inciertos y se detienen, son los peores presagios. O esos otros  que salen como endemoniados, impulsados como Catetón por no soportar  el tremendo dolor que le producía tener un ojo con un fuerte traumatismo, también es algo que los aficionados descubren como algo extraño…acobardando a todos los diestros.

 ¡Oh  los toros que parecen trotar alegres como los caballos!, fijos en sus recorridos como los huracanes y no erráticos que a todos confunden. Son los que pasan a buen son el capote y después la muleta. Los que en el caballo se quedan clavados sin tirar derrotes en todas direcciones y no se salen fácilmente. No doblan las manos porque están bien  aplomados en sus extremidades y tienen el peso justo… ni gigantes ni enanos. Y los diestros, sin en  verdad se   ajustan a la pureza del  primer tercio, no deben  buscar que sólo  reciban un prolongada puya, sino que hay que sacarlo y ponerlo una o dos veces más en suerte. Lo que ocurres es que la efectividad de ese hermoso primer tercio se diluye y pierde toda su original belleza. La mayoría de  las veces el toro no se entrega con bravura y desiste en su  empeño. Toros deficientes en el caballo jamás deberían indultarse, por muchos pases de rutina que le de el matador de turno, todos carentes de emoción, por mucha belleza vacía con la que quieran embaucarnos.

 Finalmente nos encontramos con el peor problema: se está perdiendo en los aficionados la idea de lo que debe ser un toro bravo, de esos a los que temía Juan  Belmonte. Animales perfectos de cuerpo y espíritu, cargados de bravura, nobleza e irradiando emotividad, y no que a fuerza de que se nos ofrezcan continuamente toros descastados, con una deficiente capacidad muscular del tercio anterior, que son una de las causas del frecuentes volteretas, con extremidades endebles,     sin la capacidad respiratoria para moverse con agilidad, muchos de ellos con demasiado peso, cuando  no cebados, se hacen torpes para la lidia y no aguantan los quince minutos, es por  lo que ya no  sabemos a veces ni lo que estamos viendo. Es decir, debilidades por todas  partes, internas y  externas, pero una y otra vez se siguen indultando. Sólo la sabia  Providencia hace que, en la mayoría de los casos, los toros indebidamente indultados, por sus mismas debilidades biológicas    no soporten las curas y se mueran. Pasa como en  los penalties futboleros injustamente pitados,   que  casi siempre se echa el balón fuera.


        

 Juan José Zaldivar Ortega
28 Octubre 2005
 

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