En
cuanto a las razones de los ecologistas, yo soy torero y soy ecologista
y no hallo en esto contrasentido. En ningún momento me imagino gozando
por hacer sufrir a un animal, y el toro es uno de los animales más
bellos de la creación. Hay un ecologismo ético y un ecologismo estético,
de cartón-piedra, que se afana en lo accesorio. El toro bravo nace para
morir de forma menos vergonzante que un ser humano en la silla eléctrica.
Lo que parece pretender un cierto ecologismo de salón es que acabe
electrocutado en un matadero industrial, como los cerdos.
¿Por
qué no se lucha por detener masacres tan espantosas como las de esos
centenares de miles de seres gratuitamente asesinados en cualquiera de
los conflictos armados que nos ilustran cada día a la hora de comer en
los telediarios, sin que nadie mueva un dedo?
A
diferencia de otros espectáculos, las corridas de toros requieren la
participación del público, pues es él quien decide los premios,
mientras que en las grandes competiciones, su juicio y opinión
colectivamente expresada no sirve para nada; y es esta impotencia de
convertirse en meros espectadores la que suele generar evidentes dosis
de frustración social, lo que a veces se desata en terribles
explosiones de violencia, que en muchas ocasiones suelen cobrarse víctimas
humanas en los grandes estadios.
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Los
toreros somos obedientes a un destino, impulsados por una fuerza
misteriosa que nos ha llevado a serlo. La de torero es,
fundamentalmente, una profesión porque se profesa en ella, como se
profesa en religión e imprime carácter. Se equivocan quienes piensan
que el torero lo es por ambición económica, soberbia, vanidad o para
sentirse un poco héroe entre el algodón de la admiración popular.
Pertenezco a una generación de toreros educada en el respeto a los demás,
que defiende la libertad individual y colectiva, los derechos humanos y
la democracia.
El
próximo 13 de septiembre se cumplen 20 años de mi alternativa; durante
este largo periodo de mi vida me he dedicado en cuerpo y alma a la
profesión que en su día elegí, y aunque en estos momentos me
encuentre retirado, nunca he querido apartarme definitivamente del mundo
de los toros.
Esto
me ha llevado a dedicarme con gran respeto y autenticidad a la cría de
toros bravos y a participar en la organización de espectáculos
taurinos en otros países en los que nunca se habían celebrado, en un
intento de hacer partícipes a otras culturas de una de nuestras más
antiguas tradiciones. La fiesta nacional es un espectáculo que reúne
elementos lúdicos y sacrificales que proceden de una relación muy
ancestral de los hombres con los toros.
Los
próximos días 8 y 9 de septiembre, en colaboración con la Academia
Rusa de Espectáculos, está prevista la celebración de dos
corridas de toros a la portuguesa, hecho que ha suscitado una viva
oposición por parte de la Iglesia Ortodoxa Rusa y algunos grupos
de ecologistas, en una especie de cruzada antitaurina. La situación
creada por estos colectivos me lleva a manifestar mi opinión al
respecto, como parte involucrada en la organización.
Creo
obligado abordar por mi parte un aspecto tan importante como actual: el
de la crueldad, esgrimida por los antitaurinos, que entraña el
derramamiento de sangre. Aunque en mi país, Portugal, no se ejecuta la
suerte de matar en el ruedo, sin ella el toreo queda incompleto, puesto
que, aunque no en presencia de los espectadores, el toro acaba muriendo
siempre. Tampoco se salvan de ella las reses mansas, hecho de carácter
utilitario contra el que nadie se subleva, a pesar de que acaban en los
mataderos no sólo de una forma prosaica sino premeditadamente cruel y
sin posibilidades de defensa, como sucede en el ruedo, donde la condición
y el instinto del toro bravo así lo requieren y aceptan.
En
cuanto a las razones de los ecologistas, yo soy torero y soy ecologista
y no hallo en esto contrasentido. En ningún momento me imagino gozando
por hacer sufrir a un animal, y el toro es uno de los animales más
bellos de la creación. Hay un ecologismo ético y un ecologismo estético,
de cartón-piedra, que se afana en lo accesorio. El toro bravo nace para
morir de forma menos vergonzante que un ser humano en la silla eléctrica.
Lo que parece pretender un cierto ecologismo de salón es que acabe
electrocutado en un matadero industrial, como los cerdos. Ciertos
ecologistas urbanos -que no todos, porque los hay consecuentes y
admirables que actúan en beneficio de la supervivencia del género
humano- parecen haber descubierto de repente el campo, el medio natural
en el que la vida se desenvuelve y que todos los toreros hemos amado,
desde siempre, más que ellos. La ecología, el amor por los animales,
es una mística nueva basada en la unión con la Naturaleza no
contaminada con violencia alguna.
Necesitamos
los espacios abiertos tanto como el aire; al campo nos replegamos, en él
intentamos vivir lo más posible como factor esencial de nuestra formación
y una parte muy importante de nuestra supervivencia se basa en el
conocimiento de los instintos naturales. Amamos la Naturaleza porque en
ella hemos aprendido lo esencial y no lo adjetivo. No hemos sido los
toreros quienes hemos fabricado los guetos de hormigón de las ciudades,
ni hemos levantado esas chimeneas pestilentes, ni ahogado la fauna de
los ríos ni inventado la dinamita o el plutonio... Estos ecologistas se
niegan a admitir la entidad de un sacrificio ritual con el que nadie se
alegra en la plaza como ellos cuando nos adjetivan de torturadores. Sin
embargo admiten, implícitamente, la dramática y natural ley de la
selva, donde unas especies son victimas de otras en una cadena
interminable. Lo que no deja de ser violencia auténtica. En el ruedo la
diferencia es tan sólo de escenario y protagonistas. ¿Por qué no se
lucha por detener masacres tan espantosas como las de esos centenares de
miles de seres gratuitamente asesinados en cualquiera de los conflictos
armados que nos ilustran cada día a la hora de comer en los
telediarios, sin que nadie mueva un dedo?
Aquellos
ciudadanos que rechazan las corridas de toros utilizan argumentos
apasionados, que según ellos creen fundamentados en el sentido común,
en la inteligencia y en el desarrollo de la sensibilidad, pero lo que
urge no es acabar con las corridas, es defender al hombre y desterrar
del planeta todas las violencias provocadas por el hombre que lo acecha
o habremos perdido la conciencia de nuestra humana condición.
La
fiesta nacional no es hoy un espectáculo de masas sin sentido, que
embrutece al pueblo, lleno de crueldad, de señoritismo y flamenquería,
espejo de miseria social y gloria de almanaque, en la que todo lo que no
es muerte es tedio, como argumenta algún famoso antitaurino.
El
público que asiste a las corridas de toros en España, Francia,
Portugal, América... sea cual sea su condición social, se caracteriza
por ser un conjunto social apasionado con una actitud absolutamente cívica.
A diferencia de otros espectáculos, las corridas de toros requieren la
participación del público, pues es él quien decide los premios,
mientras que en las grandes competiciones, su juicio y opinión
colectivamente expresada no sirve para nada; y es esta impotencia de
convertirse en meros espectadores la que suele generar evidentes dosis
de frustración social, lo que a veces se desata en terribles
explosiones de violencia, que en muchas ocasiones suelen cobrarse víctimas
humanas en los grandes estadios. Esto no ocurre en las corridas de toros
pues el espíritu que normalmente se respira durante la lidia, es el de
absoluto respeto por el toro y el torero, ensimismamiento y un silencio
solamente roto al final de cada tramo de la faena.
La
corrida a la portuguesa no termina con la muerte pública del toro, sino
que finaliza con la intervención vibrante de los forcados, en un cuerpo
a cuerpo con él, la inmovilización momentánea de éste y su devolución
a los corrales.
Por
tanto, quiero precisar, en contra de la opinión estos días vertida por
el patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, los grupos ecologistas
y otras instituciones, que las corridas de toros -y especialmente en la
forma en que se van a desarrollar en el estadio de Moscú los próximos
días 8 y 9 de septiembre- no son elementos generadores de violencia y
muchísimo menos una actividad que satisface las necesidades pecaminosas
del cuerpo y el espíritu (la Iglesia siempre proveyendo la salud de las
almas); posiblemente este pope vea en nuestra fiesta un símbolo de
decadencia moral, en lugar de considerarla una forma de cultura. Hay
quien pensaba que estaba mal sacrificar a los toros en las plazas, y que
el sacrificio de los herejes en hogueras de la Inquisición era algo
justo y necesario. Cada pueblo tiene sus tradiciones.
Sánchez
Mejías dijo que cuando la Humanidad alcance un grado de civismo en
que no exista ninguna barbarie, entonces será el momento de preocuparse
por la supresión de los toros.
Víctor
Mendes
Matador de toros
Vila Franca de Xira, agosto de 2001
Burladero.com
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