Toros en El Puerto

 

 

Víctor Mendes
Víctor Mendes

Carta abierta a los antitaurinos


En cuanto a las razones de los ecologistas, yo soy torero y soy ecologista y no hallo en esto contrasentido. En ningún momento me imagino gozando por hacer sufrir a un animal, y el toro es uno de los animales más bellos de la creación. Hay un ecologismo ético y un ecologismo estético, de cartón-piedra, que se afana en lo accesorio. El toro bravo nace para morir de forma menos vergonzante que un ser humano en la silla eléctrica. Lo que parece pretender un cierto ecologismo de salón es que acabe electrocutado en un matadero industrial, como los cerdos.


¿Por qué no se lucha por detener masacres tan espantosas como las de esos centenares de miles de seres gratuitamente asesinados en cualquiera de los conflictos armados que nos ilustran cada día a la hora de comer en los telediarios, sin que nadie mueva un dedo?


A diferencia de otros espectáculos, las corridas de toros requieren la participación del público, pues es él quien decide los premios, mientras que en las grandes competiciones, su juicio y opinión colectivamente expresada no sirve para nada; y es esta impotencia de convertirse en meros espectadores la que suele generar evidentes dosis de frustración social, lo que a veces se desata en terribles explosiones de violencia, que en muchas ocasiones suelen cobrarse víctimas humanas en los grandes estadios.

Los toreros somos obedientes a un destino, impulsados por una fuerza misteriosa que nos ha llevado a serlo. La de torero es, fundamentalmente, una profesión porque se profesa en ella, como se profesa en religión e imprime carácter. Se equivocan quienes piensan que el torero lo es por ambición económica, soberbia, vanidad o para sentirse un poco héroe entre el algodón de la admiración popular. Pertenezco a una generación de toreros educada en el respeto a los demás, que defiende la libertad individual y colectiva, los derechos humanos y la democracia.

El próximo 13 de septiembre se cumplen 20 años de mi alternativa; durante este largo periodo de mi vida me he dedicado en cuerpo y alma a la profesión que en su día elegí, y aunque en estos momentos me encuentre retirado, nunca he querido apartarme definitivamente del mundo de los toros.

Esto me ha llevado a dedicarme con gran respeto y autenticidad a la cría de toros bravos y a participar en la organización de espectáculos taurinos en otros países en los que nunca se habían celebrado, en un intento de hacer partícipes a otras culturas de una de nuestras más antiguas tradiciones. La fiesta nacional es un espectáculo que reúne elementos lúdicos y sacrificales que proceden de una relación muy ancestral de los hombres con los toros.

Los próximos días 8 y 9 de septiembre, en colaboración con la Academia Rusa de Espectáculos, está prevista la celebración de dos corridas de toros a la portuguesa, hecho que ha suscitado una viva oposición por parte de la Iglesia Ortodoxa Rusa y algunos grupos de ecologistas, en una especie de cruzada antitaurina. La situación creada por estos colectivos me lleva a manifestar mi opinión al respecto, como parte involucrada en la organización.

Creo obligado abordar por mi parte un aspecto tan importante como actual: el de la crueldad, esgrimida por los antitaurinos, que entraña el derramamiento de sangre. Aunque en mi país, Portugal, no se ejecuta la suerte de matar en el ruedo, sin ella el toreo queda incompleto, puesto que, aunque no en presencia de los espectadores, el toro acaba muriendo siempre. Tampoco se salvan de ella las reses mansas, hecho de carácter utilitario contra el que nadie se subleva, a pesar de que acaban en los mataderos no sólo de una forma prosaica sino premeditadamente cruel y sin posibilidades de defensa, como sucede en el ruedo, donde la condición y el instinto del toro bravo así lo requieren y aceptan.

En cuanto a las razones de los ecologistas, yo soy torero y soy ecologista y no hallo en esto contrasentido. En ningún momento me imagino gozando por hacer sufrir a un animal, y el toro es uno de los animales más bellos de la creación. Hay un ecologismo ético y un ecologismo estético, de cartón-piedra, que se afana en lo accesorio. El toro bravo nace para morir de forma menos vergonzante que un ser humano en la silla eléctrica. Lo que parece pretender un cierto ecologismo de salón es que acabe electrocutado en un matadero industrial, como los cerdos. Ciertos ecologistas urbanos -que no todos, porque los hay consecuentes y admirables que actúan en beneficio de la supervivencia del género humano- parecen haber descubierto de repente el campo, el medio natural en el que la vida se desenvuelve y que todos los toreros hemos amado, desde siempre, más que ellos. La ecología, el amor por los animales, es una mística nueva basada en la unión con la Naturaleza no contaminada con violencia alguna.

Necesitamos los espacios abiertos tanto como el aire; al campo nos replegamos, en él intentamos vivir lo más posible como factor esencial de nuestra formación y una parte muy importante de nuestra supervivencia se basa en el conocimiento de los instintos naturales. Amamos la Naturaleza porque en ella hemos aprendido lo esencial y no lo adjetivo. No hemos sido los toreros quienes hemos fabricado los guetos de hormigón de las ciudades, ni hemos levantado esas chimeneas pestilentes, ni ahogado la fauna de los ríos ni inventado la dinamita o el plutonio... Estos ecologistas se niegan a admitir la entidad de un sacrificio ritual con el que nadie se alegra en la plaza como ellos cuando nos adjetivan de torturadores. Sin embargo admiten, implícitamente, la dramática y natural ley de la selva, donde unas especies son victimas de otras en una cadena interminable. Lo que no deja de ser violencia auténtica. En el ruedo la diferencia es tan sólo de escenario y protagonistas. ¿Por qué no se lucha por detener masacres tan espantosas como las de esos centenares de miles de seres gratuitamente asesinados en cualquiera de los conflictos armados que nos ilustran cada día a la hora de comer en los telediarios, sin que nadie mueva un dedo?

Aquellos ciudadanos que rechazan las corridas de toros utilizan argumentos apasionados, que según ellos creen fundamentados en el sentido común, en la inteligencia y en el desarrollo de la sensibilidad, pero lo que urge no es acabar con las corridas, es defender al hombre y desterrar del planeta todas las violencias provocadas por el hombre que lo acecha o habremos perdido la conciencia de nuestra humana condición.

La fiesta nacional no es hoy un espectáculo de masas sin sentido, que embrutece al pueblo, lleno de crueldad, de señoritismo y flamenquería, espejo de miseria social y gloria de almanaque, en la que todo lo que no es muerte es tedio, como argumenta algún famoso antitaurino.

El público que asiste a las corridas de toros en España, Francia, Portugal, América... sea cual sea su condición social, se caracteriza por ser un conjunto social apasionado con una actitud absolutamente cívica. A diferencia de otros espectáculos, las corridas de toros requieren la participación del público, pues es él quien decide los premios, mientras que en las grandes competiciones, su juicio y opinión colectivamente expresada no sirve para nada; y es esta impotencia de convertirse en meros espectadores la que suele generar evidentes dosis de frustración social, lo que a veces se desata en terribles explosiones de violencia, que en muchas ocasiones suelen cobrarse víctimas humanas en los grandes estadios. Esto no ocurre en las corridas de toros pues el espíritu que normalmente se respira durante la lidia, es el de absoluto respeto por el toro y el torero, ensimismamiento y un silencio solamente roto al final de cada tramo de la faena.

La corrida a la portuguesa no termina con la muerte pública del toro, sino que finaliza con la intervención vibrante de los forcados, en un cuerpo a cuerpo con él, la inmovilización momentánea de éste y su devolución a los corrales.

Por tanto, quiero precisar, en contra de la opinión estos días vertida por el patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, los grupos ecologistas y otras instituciones, que las corridas de toros -y especialmente en la forma en que se van a desarrollar en el estadio de Moscú los próximos días 8 y 9 de septiembre- no son elementos generadores de violencia y muchísimo menos una actividad que satisface las necesidades pecaminosas del cuerpo y el espíritu (la Iglesia siempre proveyendo la salud de las almas); posiblemente este pope vea en nuestra fiesta un símbolo de decadencia moral, en lugar de considerarla una forma de cultura. Hay quien pensaba que estaba mal sacrificar a los toros en las plazas, y que el sacrificio de los herejes en hogueras de la Inquisición era algo justo y necesario. Cada pueblo tiene sus tradiciones.

Sánchez Mejías dijo que cuando la Humanidad alcance un grado de civismo en que no exista ninguna barbarie, entonces será el momento de preocuparse por la supresión de los toros.

Víctor Mendes
Matador de toros

Vila Franca de Xira, agosto de 2001
Burladero.com

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