Toros en El Puerto

 


Manuel J. Sotelino

SOLUCIONES DE CALIDAD

El toreo fundamental a la verónica campa por su ausencia y los tercios de quites han desaparecido del espectáculo porque se pica mal y sin dosificar y porque “mojarle la oreja” a un compañero suena a mala educación y a no ser políticamente correcto. 
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Si al menos pudiéramos disfrutar del toro… Lo más sangrante es que el toro, en estas plazas denominadas como del arte y del pellizco, también capa por su ausencia. Como si el elemento arte fuera diametralmente opuesto al elemento toro ¡Qué ingenuidad!
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Así las cosas, el toro no ha salido en la Plaza Real. Más bien ha sido un amago o una caricatura del mismo en algunas ocasiones. La empresa Justo Ojeda se empeña en querer saber los gustos de una plaza cosmopolita, donde todo el mundo cabe y donde todo el mundo necesita ser respetado porque todo el mundo paga por igual en la taquilla.

 
La temporada del verano en El Puerto ha sido fiel reflejo del momento endémico por el que pasa la Fiesta de los Toros. A la pobre aportación de los protagonistas –toro y torero, por este orden- en el ocre albero portuense, se unen las circunstancias de indignidad en el espectáculo, indignidad que se ve reflejada más concretamente en esta zona del sur. Las estadísticas mandan, y de nueve festejos de a pié, dos han sido los toreros con los suficientes argumentos como para reventar la Puerta Grande de la Plaza Real. La podredumbre demostrada por los matadores de toros, para, precisamente, lanzarse como una vela al morrillo del toro y colocar una estocada por todo lo alto, ha sido sólo un aspecto de la temporada. Aparte, habría que añadir la poca disposición para cruzarse al pitón contrario, cargar la suerte y rematar en la cadera los muletazos. Tampoco parece ser el capote un fuerte en la torería actual. El toreo fundamental a la verónica campa por su ausencia y los tercios de quites han desaparecido del espectáculo porque se pica mal y sin dosificar y porque “mojarle la oreja” a un compañero suena a mala educación y a no ser políticamente correcto. Los quites propios, una vergüenza. Todos torean igual, a saber: la chicuelina descolorida de tantos lavados, el delantal para no cargar la suerte y, más en desuso, la gaonera o la tafallera. Se acabó lo que se daba. Así está la torería del presente, y con una clara voluntad de llegar a ser Antonio Ordóñez, sin su pureza y majestad o, en su defecto, José Tomás, sin su valor frío y su sentido dramático de la puesta en escena. A mar revuelto, ganancias de pescadores; y por ello Jesuli de Torrecera o Padilla son los claros triunfadores de la temporada.

 Pero ahí no quedan las cosas. Uno puede poner todas las condiciones para que se dé el espectáculo y que después no funcionan las cosas. Sin embargo, probablemente el bajón de asistencia de público, aparte de los pocos referentes que tenemos, se puede deber a las exiguas garantías que existen. Si al menos pudiéramos disfrutar del toro… Lo más sangrante es que el toro, en estas plazas denominadas como del arte y del pellizco, también capa por su ausencia. Como si el elemento arte fuera diametralmente opuesto al elemento toro ¡Qué ingenuidad!

 

Así las cosas, el toro no ha salido en la Plaza Real. Más bien ha sido un amago o una caricatura del mismo en algunas ocasiones. La empresa Justo Ojeda se empeña en querer saber los gustos de una plaza cosmopolita, donde todo el mundo cabe y donde todo el mundo necesita ser respetado porque todo el mundo paga por igual en la taquilla. El toro toro para Bilbao, pero también para El Puerto, con corridas parejas, bonitas y con trapío en sus defensas y en sus culatas. Sin la poca disposición de una gran cantidad de toreros que están muy vistos y sin la importancia y el fuste que siempre imprime el toro íntegro, el espectáculo taurino se nos va por el desagüe de la desesperanza. Ahora toca tiempo de reflexión. Probablemente la empresa tendrá que subir al monte y guarecerse para relamer sus heridas. Y lo más necesario es que, de esta temporada que es para olvidar, se haga un examen de conciencia por parte de todos, y un propósito de enmienda. La empresa empleando toda su capacidad –que estamos seguro que tiene- para comprar corridas de toros con presencia e importancia, los toreros con un cambio de chip que les impulse a dar más de lo que tienen en una plaza de esta categoría, y a la autoridad a prestar más atención a los aficionados y apostar de una vez por todas por la defensa y la integridad del espectáculo y no por echar por tierra los informes de los técnicos veterinarios a favor del taurinismo cutre imperante que sólo busca mínimo esfuerzo y la máxima rentabilidad.

 
La prensa, le guste a quien le guste, ha cumplido con su deber, y por supuesto somos los menos afectados de todo este desaguisado. En el norte, los espectáculos taurinos están en alza por la calidad que se ofrece. Plazas como Santander, La Coruña , Pontevedra, Bilbao, Pamplona, Vitoria, Zaragoza o Madrid (sin contar con la amplia zona francesa) son mercados rentables y apetecibles que se han ido forjando basándose en la calidad al espectador que paga. Es decir por una trayectoria de seriedad. En el sur seguimos igual. Si quitamos la diversidad de un espectáculo perfectamente diseñado, simplificándolo todo en la muleta y en los dos kikirikies del arte, si la emoción casi dramática que es el desenlace de una lucha entre un hombre y un animal son destruidas por un sucedáneo de toro y por toreros delante sin ideas, las corridas de toros se quedarán en una caricatura bochornosa de lo que verdaderamente deberían ser. Todo lo demás, es marear la perdiz.

                  

 

                   Manuel J. Sotelino  -  Cadena COPE  -  7 septiembre 2004

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