El toreo fundamental
a la verónica campa por su ausencia y los tercios de quites han
desaparecido del espectáculo porque se pica mal y sin dosificar y
porque “mojarle la oreja” a un compañero suena a mala educación y
a no ser políticamente correcto.
---
Si al menos pudiéramos disfrutar del toro… Lo más sangrante es que
el toro, en estas plazas denominadas como del arte y del pellizco, también
capa por su ausencia. Como si el elemento arte fuera diametralmente
opuesto al elemento toro ¡Qué ingenuidad!
---
Así las cosas, el toro no ha salido en
la Plaza
Real.
Más bien ha sido un amago o una caricatura del mismo en algunas
ocasiones. La empresa Justo Ojeda se empeña en querer saber los gustos
de una plaza cosmopolita, donde todo el mundo cabe y donde todo el mundo
necesita ser respetado porque todo el mundo paga por igual en la
taquilla.
|
La temporada del verano en El
Puerto ha sido fiel reflejo del momento endémico por el que pasa
la Fiesta
de los Toros. A la pobre aportación de los protagonistas –toro y
torero, por este orden- en el ocre albero portuense, se unen las
circunstancias de indignidad en el espectáculo, indignidad que se ve
reflejada más concretamente en esta zona del sur. Las estadísticas
mandan, y de nueve festejos de a pié, dos han sido los toreros con los
suficientes argumentos como para reventar
la Puerta
Grande
de
la Plaza
Real.
La podredumbre demostrada por los matadores de toros, para,
precisamente, lanzarse como una vela al morrillo del toro y colocar una
estocada por todo lo alto, ha sido sólo un aspecto de la temporada.
Aparte, habría que añadir la poca disposición para cruzarse al pitón
contrario, cargar la suerte y rematar en la cadera los muletazos.
Tampoco parece ser el capote un fuerte en la torería actual. El toreo
fundamental a la verónica campa por su ausencia y los tercios de quites
han desaparecido del espectáculo porque se pica mal y sin dosificar y
porque “mojarle la oreja” a un compañero suena a mala educación y
a no ser políticamente correcto. Los quites propios, una vergüenza.
Todos torean igual, a saber: la chicuelina descolorida de tantos
lavados, el delantal para no cargar la suerte y, más en desuso, la
gaonera o la tafallera. Se acabó lo que se daba. Así está la torería
del presente, y con una clara voluntad de llegar a ser Antonio Ordóñez,
sin su pureza y majestad o, en su defecto, José Tomás, sin su valor frío
y su sentido dramático de la puesta en escena. A mar revuelto,
ganancias de pescadores; y por ello Jesuli de Torrecera o Padilla son
los claros triunfadores de la temporada.
Pero ahí no quedan las cosas. Uno puede poner todas las
condiciones para que se dé el espectáculo y que después no funcionan
las cosas. Sin embargo, probablemente el bajón de asistencia de público,
aparte de los pocos referentes que tenemos, se puede deber a las exiguas
garantías que existen. Si al menos pudiéramos disfrutar del toro… Lo
más sangrante es que el toro, en estas plazas denominadas como del arte
y del pellizco, también capa por su ausencia. Como si el elemento arte
fuera diametralmente opuesto al elemento toro ¡Qué ingenuidad!
Así
las cosas, el toro no ha salido en
la Plaza
Real.
Más bien ha sido un amago o una caricatura del mismo en algunas
ocasiones. La empresa Justo Ojeda se empeña en querer saber los gustos
de una plaza cosmopolita, donde todo el mundo cabe y donde todo el mundo
necesita ser respetado porque todo el mundo paga por igual en la
taquilla. El toro toro para Bilbao, pero también para El Puerto, con
corridas parejas, bonitas y con trapío en sus defensas y en sus
culatas. Sin la poca disposición de una gran cantidad de toreros que
están muy vistos y sin la importancia y el fuste que siempre imprime el
toro íntegro, el espectáculo taurino se nos va por el desagüe de la
desesperanza. Ahora toca tiempo de reflexión. Probablemente la empresa
tendrá que subir al monte y guarecerse para relamer sus heridas. Y lo más
necesario es que, de esta temporada que es para olvidar, se haga un
examen de conciencia por parte de todos, y un propósito de enmienda. La
empresa empleando toda su capacidad –que estamos seguro que tiene-
para comprar corridas de toros con presencia e importancia, los toreros
con un cambio de chip que les impulse a dar más de lo que tienen en una
plaza de esta categoría, y a la autoridad a prestar más atención a
los aficionados y apostar de una vez por todas por la defensa y la
integridad del espectáculo y no por echar por tierra los informes de
los técnicos veterinarios a favor del taurinismo cutre imperante que sólo
busca mínimo esfuerzo y la máxima rentabilidad.
La
prensa, le guste a quien le guste, ha cumplido con su deber, y por
supuesto somos los menos afectados de todo este desaguisado. En el
norte, los espectáculos taurinos están en alza por la calidad que se
ofrece. Plazas como Santander,
La Coruña
, Pontevedra, Bilbao, Pamplona, Vitoria, Zaragoza o Madrid (sin contar
con la amplia zona francesa) son mercados rentables y apetecibles que se
han ido forjando basándose en la calidad al espectador que paga. Es
decir por una trayectoria de seriedad. En el sur seguimos igual. Si
quitamos la diversidad de un espectáculo perfectamente diseñado,
simplificándolo todo en la muleta y en los dos kikirikies del arte, si
la emoción casi dramática que es el desenlace de una lucha entre un
hombre y un animal son destruidas por un sucedáneo de toro y por
toreros delante sin ideas, las corridas de toros se quedarán en una
caricatura bochornosa de lo que verdaderamente deberían ser. Todo lo
demás, es marear la perdiz.
Manuel J. Sotelino - Cadena
COPE - 7 septiembre 2004
|