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"No
te han invitado pero tampoco han dicho que no vayas"
pensé, así que sin darme tiempo de dudar, me veo embarcado en un vuelo para
Shanghai. Una buena guía de China comprada a prisa y corriendo en la FNAC y mi
inglés de andar por casa, me bastan para llegar a tiempo y ser un testigo más
de este acontecimiento.
Faltaría espacio para reflejar todas las impresiones vividas, y como al lector
lo que le interesan son los hechos, pues vamos a ello. Una vez en el Yangpou
Stadium, cámara al hombro, me las apaño para comprar una
"andanada" (lo digo porque fue la entrada más barata, más no por la
ubicación), seguro de que una vez dentro del recinto sería más fácil ponerme
cerca de la acción como así fue. Avisé a Guillermo Albán de mi
llegada por correo, pero seguramente por el jaleo que tenían allí no podría
contestar para orientarme.
Antes de saludar a nadie doy una vuelta viendo el gran ambiente y la plaza de
toros, la cual mereció perfectamente ese calificativo, se había hecho con una
gran funcionalidad, solidez y con tal exceso de laboriosidad china que no se
pudo utilizar el callejón.
Enseguida me acerco a Anderson Murillo, que calienta uno de los caballos
de picar con gesto preocupado; obviamente esos animales no se parecían ni por
asomo a los que él mismo, Rafael Telera y José Luis Urdiales los otros
varilargueros, estaban acostumbrados a utilizar. Agrado y sorpresa en casi todo
el mundo al verme por allí.
El hecho de haber yo organizado toros en Armenia, antigua URSS, en 2001, habrá
despertado alguna suspicacia sobre mis intenciones al ir, pero el que me conoce
bien sabe que me movió el puro interés de aficionado. Gestos de emoción también
en todos los que como intervinientes o como espectadores nos habíamos
desplazado hasta China, Don Pablo Salazar empresario de Quito, el
ganadero quiteño Renato Terán y Nestor Quispe, que fuera empresario de
Lima entre otros.
Llegan los toreros con antelación, tendrían que aguantar el miedo bastante
rato ya que grupos de música clásica, española y baile flamenco hacen una
presentación antes del festejo. Sale el primer toro, expresiones de asombro en
los tendidos y algunos gritos cuando el animal, muy serio y con complicaciones,
provoca los primeros apuros en los toreros.
No voy a ser minucioso en desgranar las labores de José Ignacio Ramos,
Guillermo Albán e Iván García, toreros importantes los tres, ya que mi
intención es más describir los detalles generales que ejercer de crítico
taurino, si bien cabe decir que demostraron de sobra su solvencia y buen toreo
las dos tardes. Así mismo cumplieron meritoriamente todos y cada uno de los que
intervinieron en la lidia, Vicente Yesteras, Jesús Montes, Javier Elejalde,
Juan Carlos Ramos y en especial los picadores, que estuvieron valentísimos.
Sangra el toro en los puyazos que recibe sin ningún abuso y enseguida se
despejan los temores que tendríamos todos, no hay ni una sola protesta en la
"afición china" al ver brotar la sangre del morrillo, más bien se
emocionan de verdad en cada entrada al caballo, y claramente se aprecia que un
caballo ligero iguala más las fuerzas que el percherón al picar, aflorando
entonces la belleza y el riesgo de este tercio.
Un prolongado ¡Oh! general se escucha en cada trance brillante y no decae ese
entusiasmo hasta la lidia del último toro. Ni una sola protesta, ni un solo
gesto de desaprobación en el público, contento general y gran expectativa de
cara al segundo festejo. Me piden una foto del tercio de varas para la portada
de ABC Rosario Pérez y el organizador Gabriel de la Casa.
Les digo que encantado, aun a sabiendas del trabajo que eso me iba a dar. Salgo
corriendo del estadio, reventado pero sabedor de la importancia de esa foto para
escogerla con cuidado y mandarla, total que, al cabo de horas consigo enviarla a
tiempo por email, aunque luego me entero de que no la publicaron, una pena.
Cojo la cama "sin puntilla" y no me levanto hasta las doce del día
siguiente, llevaba casi 40 horas sin dormir. De nuevo me pongo en marcha, hay
que entregar las fotos esa misma noche a los toreros para ayudarme a pagar el
viaje. Me pilla casi la hora de inicio del segundo festejo en el hotel, pegado
al portátil trabajando las fotos conseguidas, así que llego con el primer toro
ya en la plaza, después de comprar otra "andanada" que me sirve para
entrar al ruedo.
Deseoso de no perder ni un momento fotográfico, me pongo en la puerta de
picadores a disparar a Ramos que recibe al toro, estando yo pendiente y
listo para quitarme de en medio en cuanto remate el torero para dejar el paso
libre al picador, pero me mueve un fuerte grito de Anderson Murillo: "¡Quítate
hombre de la puerta!". "Tranquilo hombre, tranquilo",
le contesto, La flaqueza del caballo en que Anderson iba montado a cubrir
la suerte en ese torazo era el motivo de sus comprensibles nervios.
Salgo detrás del caballo y me coloco en un burladero, respiro aliviado por
haber llegado a tiempo y, ya más descansado que la víspera, me adentro en los
detalles y las sensaciones. Definitivamente, este público es un buen público
de toros, respetuoso, receptivo, torerista y torista a la vez. No ha recibido
dogma alguno y se deja llevar por la emoción, aquí hay futuro.
Los toreros vuelven a estar muy bien y salen a hombros de nuevo. Corrió el
rumor durante el festejo, de que los sobreros se lidiarían a puerta cerrada
después. Veo mi oportunidad de torear en China, así que merodeo por los
corrales al final, y hay movimiento, pero Carlos del Junco me vuelve a la
realidad: "No podrás torear porque solo podrán hacerlo los que tienen
el seguro de viaje". Razonable, y como mi intención no es molestar, me
marcho a la tienda fotográfica para sacar en papel las fotos y me presento en
el hotel de la expedición por la noche cuando todos estaban listos para irse a
una cena-homenaje.
Menos mal, me entero de que no habían toreado los sobreros, pero fue triste
saber que se apuntillaron sin más. Me comentó Gabriel de la Casa que no
pudieron dejarlos en el zoológico local como hice en Armenia por las severas
condiciones sanitarias. No me parecía oportuno ir a la cena, no estaba
invitado, no iba vestido para la ocasión, llevaba el portátil y de lo único
que tenía ganas era de entregar a tiempo las fotos, de ser posible cobrarlas,
cenar algo ligero e irme a dormir.
Ante la insistencia y amabilidad de uno de los organizadores, Luis, quien
se interesó por un reportaje completo, me uno no muy convencido al grupo en el
autobús que nos lleva al banquete. Alguien se molesta ostensiblemente al verme.
¿Tú has toreado? me dice, le digo quien me ha invitado y que si hay problema
me bajo, él calla y se rompe pronto la tensión.
Llegamos al restaurante español "Gran Bodega" y me aparto de las
fotos de grupo que demandan los anfitriones chinos, que posen los protagonistas.
La comida y acogimiento es excelente pero no lo disfruto, ya que me paso todo el
tiempo con Gabriel de la Casa viendo el material fotográfico obtenido.
Sin tener ningún interés ni participación en la empresa, soy consciente de
que las imágenes a entregar a la prensa deben reflejar las buenas cosas que
hubieron, por el bien del toreo y no de nadie en particular. Los fallos que
pudieron haber, fueron menos que en una plaza de segunda en cualquier país
taurino que tiene todos los ingredientes a la mano, o sea que el balance general
tiene que ser por fuerza tremendamente positivo.
Me levanto muy pronto después de la celebración, sólo lamentablemente, y sin
pensarlo de nuevo me marcho al aeropuerto, hay que aprovechar el viaje para ver
Pekín, la Plaza de Tiananmen, la Ciudad Prohibida (de esta solo pude ver la décima
parte) y La Gran Muralla China. Fue inolvidable y barato por suerte, estando ya
allí claro; lo hago en un viaje relámpago de poco más de 24 horas, con susto
en el avión de ida que pareció apagarse en pleno ascenso, susto que se repitió
más fuerte cuando el avión que me llevó a Madrid, volvió a despegar después
de tocar la pista para aterrizar 15 minutos después sin que sepamos bien porqué,
mejor.
Llego a Shanghai para volver a casa y veo con gusto en facturación que vamos
todos en el mismo avión. Ya en el aire reímos con ganas cuando alguien le
arrebata a la azafata el ambientador que estaba echando a causa del
"aroma" de uno de los viajeros para aplicárselo directamente. Alargué
con antelación la escala de este vuelo en París y a golpe de metro, bocadillo
y mucha prisa -no me podía pillar la noche, dormir en París es un lujo-,
consigo ver en directo el enigma de la "Monalisa" en el Louvre.
Mi detenimiento ante el cuadro provoca impaciencia en una turista española, que
en el tumulto está detrás de mi y le dice a su pareja pensando que no hablo
español: "Este debe querer falsificar el cuadro porque le está
haciendo fotos por partes" y ya por fin a la tarde, vuelvo a los dos años
a la Torre Eiffel y a sentir ese ambiente tan especial de la ciudad.¡Qué pena
que sea tan cara!
Pasada ya la vorágine, reflexiono volando a Madrid, he tenido la suerte de en
tan poco tiempo ver tantas maravillas y un hecho taurino histórico, voy feliz,
pero pienso en la vanalidad y el desatino de nuestros actos, todo pasa, al final
quedarán solo las piedras, las pinturas, la música, los monumentos y de
nosotros, solo el recuerdo en los que vengan detrás o nos sobrevivan, de
nuestras actitudes como personas más que de las grandes cosas que hayamos sido
capaces de hacer o de tener.
Santiago Vidal Smith
Matador de Toros
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