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Desde
que Diodoro Canorea pergeñara la creación de un abono de verano para
la plaza de toros de El Puerto, el serial de corridas en la Plaza Real
se ha convertido en uno de los polos de atracción de público de más
éxito de la Bahía, abriéndose un nuevo horizonte para un
establecimiento que contaba ya con más de un centenar de años
El
ritmo ha sido creciente cada año y en la actualidad, con la empresa
Justo Ojeda S.L. se va consolidando una iniciativa que hace que las
primeras figuras del toreo cuenten con El Puerto como fecha
imprescindible y con una gran respuesta de aficionados de toda la
provincia y veraneantes
.
¿Pero
es la misma fiesta la que se ofrece en las tardes de verano en El
Puerto que en el resto del planeta del toro?. El Puerto es diferente,
en primer lugar por el escenario: la primera plaza monumental de la
historia, verdadero antecedente de las que se erigirían en el siglo
XX en ciudades como Madrid, Barcelona o Granada
.
El viejo coso, aunque ha perdido su fisonomía interior original,
conserva intacta su imagen externa. Dentro el aficionado se encuentra
con un espacio luminoso, lleno de luz y sobre todo con solera.
Pero
hay más ingredientes, además de la luz, en el guiso taurino
portuense se cuecen pequeñas dosis de solera particular. El primero
entra por el oído: los clarines, rompiendo la tarde en un solemne y
largo toque. Los clarineros, de librea, bordan los avisos durante la
lidia, únicos en el mundo.
La
música la pone la banda del Maestro Dueñas herederas de la tradición
de Rocafull y el maestro que le dio nombre al conjunto, que cada tarde
programa siete pasodobles, siete.
Se
mire por donde se mire, en una tarde de toros en El Puerto, todo está
rematado: los alguacilillos con su novedoso y discutido atavío, el
vistoso desfile de cuadrillas, la cuidada uniformidad de los servicios:
de rojo los monosabios, de azul los servidores de callejón de verde
los areneros...
Hasta
las banderillas y las divisas son pequeñas obras de arte que trabaja
con mimo el conserje de la plaza, Carlos Sánchez guardián del
vetusto edificio.
Los
grímpolones en la cornisa, las banderas en el cuerpo de los palcos de
respeto, la simpar bóveda de cañón de la puerta grande, auténtica
calle mayor del taurinismo en agosto. Allí en esa bóveda desde un
azulejo José Gómez Ortega "Gallito" se tuvo que poner
chaqueta y corbata para decir a todos los que por allí pasan:
"Quien no ha visto toros en El Puerto...".
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