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Padre
nuestro Alfonso Navalón que estas en los cielos a pesar de los fachas de
este país, santificado sea tu nombre por el miedo que transmitió a quien pudiera
dolerle cuando a sus oídos llegó. Venga a nosotros tu obra porque de ella
aprenderán las ceporras y adornadas cabezas en las que no entra el toreo. Hágase
tu certera voluntad aquí en la tierra; porque el arte que significaste y
defendiste con vehemencia volvería a su sitio que fue siempre el de parar,
templar y mandar; como en el cielo donde seguro convencerás a Dios con el que yo
sé que te llevabas en la intimidad para que este valle de lágrimas sea
socialmente más justo. Gracias por el pan nuestro de cada día que recibimos de
tu obra llena en lo taurino de verdad y picante como los toros bravos; y en lo
literario llena de adornada cultura, verbo ágil y redacción exacta, como alarde
y elevación de la lengua española que tan bien dominaste. Perdona las deudas con
la tauromaquia a los que nunca supieron aceptar que la verdad duele y que la
esencia de ser torero pasa por la faja, la entrepierna y la magia de un buen
natural. Perdónanos así como nosotros perdamos a nuestros deudores que son los
malos empresarios, los ganaderos ganaduros y los toreros milongos. No nos dejes
caer en la tentación del afeitado, del alivio y del destoreo, mas líbranos del
mal de encontrarnos con un toro bravo que nos descubra. Amen.
Yo sé porque te conocí a mi lado trabajando, que en realidad era lo que te
gustaba aunque tu presumieras de que no por aquello de parecerte a los señoritos
y amos que criticabas, que tenias un alma buena, cuando los demás sólo decían
que veían tus tripas negras. Yo sé porque a tu lado me emborraché, que tus
noches de bohemia no fueron más que protestas contra el tiempo que te tocó vivir
imbuido de la esencia de un tal marqués de Bradomín y sé porque miré tus acuosos
ojos y leí tus labios de pana que tu cercenero látigo no era más que una agria
respuesta al fin de los días que machacases entre la luz de la gloria cuando en
vilo tenías a la torería, la tranquilidad del Berrocal donde siempre te
encontrabas contigo mismo y el añorado recuerdo de las cosas que siempre
quisimos que fueran y nunca llegaron a ser.
Una noche soñé que me encerraba contigo en el paraíso declamado de tu finca y
que escribía orgulloso tu dictado de la vida a la que ahora le has dado "un
sereno adiós". Ahora que no te alcancé, ahora le has dado "un sereno adiós".
Ahora que no te alcancé, envidio a tus más próximos porque a mi no me dio
tiempo a disfrutar "del vino y del amigo" como sí lo han hecho ellos. Sé que
llegué tarde a ti y aún así me quedé con lo mejor de tu alma, lugar donde muy
pocos pudieron entrar.
Soñé que soñaba lo que ya no puedo soñar al irte de soslayo y sin avisar,
paladín de tauros, corregidor de toreadores, sibarita de yantares, degustador de
caldos, conocedor del arte que Castilla da. Y para final, amante de tus amantes,
déjame el honor de ponerte en los ojos las monedas que el barquero cobrará.
Por Agustín Hervás en la
muerte de Alfonso Navalón
28 agosto 2005.
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