
Toros en El Puerto
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José Antonio Morante de nuevo ha dado
rienda suelta a sus sentimientos, pero no
para esculpir en el ruedo de una plaza de
toros toda una obra llena de inspiración,
sino para decir adiós a una temporada de
triunfos e ilusionante para los públicos.
Desde su resabio melancólico activó su
imaginación, esta vez, para dejar a mucha
gente sumida en la tristeza.
Quizás por esto es difícil de entender
sus extrañas decisiones. Es lo fascinante de
este torero: no poder prever nada, ni en la
plaza ni fuera de ella, hasta que ya lo
tenemos encima. Cualquier cosa podría
esperarse de un Morante que transita por los
caminos más apasionantes del toreo, pero
también por las quebradas rectas de su
compleja personalidad.
Morante encierra en su toreo todo deseo
y toda tristeza. Como en la vida misma. Como
si cada muletazo fuera un quejío inasible.
Como si cada decisión tomada fuese un
ramalazo de tristeza acompañada de un
sentimiento que le ahoga la ilusión.
Su toreo más bien parece la sentida
expresión de un poeta, pero su vida discurre
por unos parajes repletos de sensibilidad y
sentimientos que le hacen tomar decisiones
desconcertantes.
Morante deja la temporada tras lograr
tardes de ensueño. Tras la ruptura con
Paula, demasiado sentida, pero quizás
también necesaria. José Antonio deja de
torear porque ha perdido la ilusión por
vestir el traje de luces. Ni más, ni menos.
Por las extrañas e incomprendidas
circunstancias de un genio. O, con más
precisión, porque así es Morante: sensible,
pasional y fascinante.
Manuel Viera |
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