La pierna no es una muleta


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La pierna no es una muleta
 

 

     Los ganaderos de toros bravos, a lo largo de más de dos siglos, desde el conde de Vistahermosa hasta los de hoy, hicieron casi un milagro al cambiar, tras un proceso admirable de selección, la fiereza silvestre de los uros, en la bravura y nobleza de los toros actuales. Pero lo que nunca han podido ¡ni podrán!, es que los toros se olviden del control de sus terrenos a la hora de acometer y lo que resultará totalmente imposible es que los criadores produzcan toros que desarrollen el carácter caritativo de respetar a un torero hasta el punto de negarse a darle una cornada en una de sus piernas si, como viene haciendo el diestro Cayetano Rivera Ordóñez, cuando la coloca y la mueve por delante de la muleta para recibir un percance tras otros, dejándole en evidencia de que logrado su doctorado -si haber pasado ni siquiera por la ESO"- porque a la vista está que desconoce los terrenos del toro y no tiene ni la menor idea del doble lenguaje de las miradas y de los movimientos de las orejas de los toros, que a los toreros entendidos les avisan los toros de sus intenciones.

    José Tomás, en cambio, aunque también lógicamente no estará, como ningún otro torero, libre de cornadas, éste sí `sabe perfectamente que los terrenos del toro se hacen estrechos cuando el toro acomete con rapidez y se van ampliado cuando embisten con lentitud, alcanzando con la cornamenta el terreno correspondiente a la anchura que le permite la longitud de su cuello, a ambos lados del eje central de su cuerpo. Pero, sobre todo, sabe traducir al pie de la letra el rico lenguaje corporal de los movimientos de los toros, acoplándose con arte a ellos y dándoles la salida sin que ni siquiera rocen la muleta; dándoles a las faenas un esplendor de dominio y arte que el novel Cayetano no acierta a comprender.

   Los dos son toreros, el primero, porque se pone, sin madurez ni suficientes conocimientos, delante de los toros, para desperdiciar su valor, haciéndolo inoperante, lo cornéen y asusta a los espectadores; y, el segundo, porque además de saber lo que hace, aprovecha al máximo su templado valor, realiza faenas que emocionan a todos, ¡hasta los catalanes!, elevada el arte de torear a la máxima expresión, y crea un ambiente de religiosidad mística en el espíritu de los aficionados, otorgándole a la Fiesta Brava la grandeza cultural que conmueve a todos.

                                                                       Carlos V. Serrano
                                                                                          2 octubre 2007

 

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