Francisco Mateos

Francisco Mateos

Periodista

01 Mayo 2009

La empresa de la Maestranza, en su peor momento de credibilidad y popularidad

La empresa Pagés, que regenta el coso de la Real Maestranza desde hace 75 años, vive un momento especialmente delicado en cuanto a imagen pública, reconocimiento y popularidad. Atrincherada en un abono que se vende por sí solo gracias a que ir a los toros en la Feria de Abril se ha convertido en un acto social, y con un abono que amarra no sólo la Feria de Abril, sino la programación de mayo y junio, así como el ciclo de San Miguel de septiembre, las críticas se intensifican desde varios frentes. Con un escaso, corto y casi nulo diálogo con los interlocutores taurinos sevillanos, la empresa parece vivir al margen de esta visión del momento taurino local.

Las siete suspensiones del pasado año, los malos resultados también de la pasada campaña, unido a los malos resultados ganaderos de la actual Feria de Abril, junto con repeticiones obcecadas de algunas ganaderías y algunos toreros que, año tras año, fracasan con estrépito en Sevilla, así como las continuas ausencias cada año de toreros muy destacados, están provocando que la paciencia de varios sectores taurinos de la ciudad, incluyendo los aficionados, esté llegando a su límite; y eso que el límite de esa paciencia sevilana parece casi infinito... A ello hay que sumarle actitudes poco comprensibles e impropias de una plaza de la categoría de Sevilla, como un creciente malestar de la prensa (vetos a periodistas, periodistas que no asisten a las ruedas de prensa o se marchan de las mismas ante respuestas abruptas de los empresarios, retirada de credenciales, reubicaciones de sitios,..), una palpable tensión con equipos gubernativos, la nula comunicación con la Unión Taurina de Abonados e incluso algunos actos puntuales pero llamativos de empleados de la plaza. Por cierto, que la rigidez de las normas de la nueva empresa de seguridad está provocando más de una voz disconforme en los tendidos.

Las dos corridas consecutivas vividas (Juan Pedro Domecq -un año más- y Puerto de San Lorenzo), con el descastamiento, la mansedumbre y, sobre todo, la mala presentación -con el beneplácito de unos equipos presidenciales cada vez más cuestionados- parecen que han sido la gota que ha provocado rebosar el vaso de la paciencia. Según explica Álvaro Pastor en su artículo de opinión de El Mundo-Andalucía:
"...Pero ya en el quinto, vista la sucesión de despropósitos, estalló la plaza. Unos cantaban “vámonos, vámonos”, al compás de las palmas, otros directamente se fueron, colapsando los pasillos de tanta gente como huía. En medio del esperpento surgió otra vez la voz de la grada preguntando dónde se habían comprado las reses ¿acaso en el Ikea? Los gritos, ora irónicos ora directos, fueron la tónica (con o sin ginebra) de la tarde; a Canorea, que no se deja ver mucho por el burladero de la empresa, lo vistieron de limpio, golfo fue lo más leve que le dijeron. Y cuando Daniel Luque quiso ofrendar al respetable el que cerraba plaza, le sugirieron que se lo brindara al ganadero; el presidente –que ayer lo tenía justo al lado, pues le fui infiel a mi grada 4- tuvo que taparse la boca para que no se le escapara una carcajada..."

También en el mismo diario El Mundo-Andalucía se puede leer la columna de opinión de Manolo Grosso, titulada 'La Maestranza toca fondo', donde reseña que:
"Tres horas de corrida, ocho toros, tres espadas ilusionados, la plaza prácticamente llena, una oreja, y sin embargo, lo único que se me ocurre decir es que todo, absolutamente todo, fue un horror. La gente empezó a abandonar la plaza al quinto toro y el resto lo deberíamos haberlo hecho antes. Una catástrofe sin paliativos. Como bien decía ayer el maestro Amorós en este periódico, lo que verdaderamente sufrimos es una “gripe taurina”, cuyo efecto mas evidente es la ausencia total de casta en nuestra ganadería brava. Empieza a ser preocupante que a estas alturas de la feria no haya salido ni un toro solo que haya derrochado bravura en los tres tercios. No hablo ya de la escasa presentación del ganado, sino de su condición que se le supone de bravo".

El periodista taurino titular de la Agencia EFE, Juan Miguel Núñez, relata en su crónica de la corrida de ayer miércoles de Puerto de San Lorenzo el hastío de los aficionados:
"A lo largo de la función, aprovechando los silencios, varios gritos muy ocurrentes ironizaron la situación, con un blanco concreto: el empresario. El primero, y único fuera de tono, le tachó de "golfo, Canorea", mientras otro le advertía que "esta plaza merece un respeto", recordándole un tercero que "este año te las han dado por todos lados". Hubo también una pregunta interesándose "¿dónde has comprado los toros...? (citando el nombre de un conocido hipermercado de mobiliario de bricolaje)". Y finalmente una sentencia: "Canorea, te vas a quedar solo". No faltó tampoco la alegría de un cante colectivo, al ser devuelto el quinto y antes de que saliera el segundo sobrero, con el tendido palmoteando a compás un "vá-monos-vámonos". Una pena, que lo taurino se tome a broma en La Maestranza. Es lo que hay. El empresario meditará si vale la pena ahorrarse unos pocos miles de euros con una corrida tan barata".

El periodista taurino sevillano Antonio Lorca, en la crónica insertada en el diario El Pais sobre la corrida de Juan Pedro Domecq, titulada con un llamativo 'Una lágrima por la Maestranza', comenta lo siguiente:
"...Permitan que una lágrima simbólica se deslice hoy por esta página como expresión lastimosa de un dolor profundo ante la enfermedad irreversible que padece la otrora grande plaza de la Real Maestranza de Sevilla. La que fuera madre y maestra de la Tauromaquia es hoy la imagen de la tristeza y de la decadencia de la Fiesta de toros. Qué pena más grande...

Hace tiempo que la abandonaron los aficionados, aquellos que a lo largo de muchos años le dieron lustre y esplendor a su mágica historia. Y cada temporada la ocupa gente diversa, un público triunfalista y frívolo, turistas y espectadores de ocasión que confunden el toreo con un ballet cursi ante un animalucho enfermizo. Un público sin conocimiento, veleidoso y caprichoso, impropio de la categoría que siempre ostentó este templo. Así, imperan el conformismo y la desidia, síntomas de una muerte anunciada. Los taurinos hacen lo que quieren porque el público no hace lo que debe. Y con su inhibición permite la estafa y la manipulación. Porque esta Fiesta sin un mínimo de exigencia no tiene sentido.

Quizá por ello, el toreo auténtico está moribundo. Ya no hay toros, sino borreguitos, gatitos, ratitas y cerdos con andares cansinos. No hay toreros, sino señoritos que le han cogido el aire a estos clientes de aluvión. No hay empresas que velen por la calidad de su producto, satisfechas con el beneficio rápido. Ni hay autoridad que vele por la pureza de la fiesta, a la que soporta con estoicismo y acomplejada vergüenza.
La corrida de ayer fue la expresión de que ha muerto la grandeza de la plaza sevillana. Se ha perdido la sapiencia y se ha impuesto la frivolidad. Se ha perdido la majestad y manda la ordinariez".

En el portal de información taurina detorosenlibertad.com se puede leer la crónica del veterano
y contrastado periodista taurino José Antonio del Moral -al que la empresa le ha rechazado este año la credencial de prensa tras 20 años pagándose un abono de barrera-, donde comenta a modo de resumen:
"Bajo mínimos –ni cuajo, ni apenas trapío, ni fuerza, ni casta, ni por supuesto bravura y con sólo un toro posible por muy claro aunque remiso, el tercero– la corrida de Juan Pedro Domecq dio al traste con las expectativas de otro festejo que, si no acabó en escándalo, fue porque la plaza de la Real Maestranza, con sus propietarios a la cabeza, tragan todo lo que les echen. ¿Culpables? Salvo el alternativado Antonio Nazaré, que tendrá que volver a doctorarse en otro escenario más exigente y serio, todos los demás implicados: la empresa, a sabiendas de que aquí seguirán haciendo lo que les venga en gana cada año hasta que mueran los últimos herederos usufructuarios del señor Pagés; el ganadero por fiarse de sus insignificantes productos; las dos figuras actuantes y sus representantes por la responsabilidad que les incumbe como principales protagonistas; la autoridad y los veterinarios por consentirlo; y el público en general por admitirlo sin rechistar lo más mínimo".

Como última muestra, lo que escribe el compañero Fernando Carrasco en la edición de hoy de ABC-Sevilla sobre la corrida de ayer de El Puerto de San Lorenzo:
"Sin lugar a dudas, y a pesar de que todavía quedan toros hasta el domingo, sí podemos escribir que esta Feria de Abril el fracaso ganadero es una realidad. Ayer la corrida del Puerto de San Lorenzo fue la gota que colmó el vaso. La mansedumbre a raudales campeó por el ruedo sevillano en todo momento y la oreja cortada, a ley, por Daniel Luque, no sirve ni para maquillar el estrepitoso juego de los de San Lorenzo. Pero es que el día anterior pasó cuasi de puntillas el nulo juego de los de Juan Pedro Domecq gracias a Morante de la Puebla. ¿Qué hubiese pasado si José Antonio no se inventa la faena a ese quinto «juampedro»? Lo mismo le meten fuego a la plaza. Y no dejamos atrás otro de los grandes petardos de este año: la corrida de Victorino Martín, que además del mal juego ofrecido tuvo una presentación propia de una plaza de pueblo.

Pero aquí somos santos -y tontos, y perdón por la expresión-. Tres gritos durante la corrida y ya está. En otras plazas se hubiese formado la mundial cada tarde. No se puede consentir que ganaderos que cobran como si tuviesen la gallina de los huevos de oro, traigan lo que están trayendo -siempre con honrosas excepciones-.Mas una gran parte de culpa también hay que apuntársela a quienes aprueban estos toros. Ya escribíamos a principios de Feria que era necesario unificar criterios. Parece que la cosa no es así. Lo malo de todo es que entramos en la recta final. Puede que salga la corrida de la Feria, pero desde luego, flaco favor nos han hecho los ganaderos este año.

Así que, ¡puerta, que está vista la vaca!"

Todas estas críticas se suman a comunicados que vienen a reprochar algunas actitudes de la empresa, como los de la Unión Taurina de Abonados y Aficionados de Sevilla, o la Asociación de la Prensa de Sevilla. Mientras, a la empresa y a la Maestranza parece importarles poco toda esta realidad. Mucho y bien deberá trabajar la empresa para poder enderezar la complicada situación de quebranto de la credibilidad y la confianza de los aficionados y la prensa. Se hace necesaria una reflexión entre todas las partes implicadas.

Francisco Mateos
1 Mayo 2009
 




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