Carlos V. Serrano

Carlos V. Serrano

Informador taurino -

11 Junio 2008

La quietud en estado puro. Hazañas míticas de José Tomás

La quietud en estado puro

Hazañas míticas de José Tomás

Si Juan Belmonte fue el creador del “toreo estático” - al no tomar en consideración los conceptos de la lidia antigua, cuyo último intérprete fue Joselito-, realizando un nuevo tipo de toreo hasta entonces desconocido, lo que hace hoy José Tomás alcanza una dimensión indescriptible, al ejecutar faenas que son verdaderas hazañas míticas de sobrecogedora quietud, que penetran todas las estructuras del mosaico nervioso emocional de los espectadores. Por lo que venimos observando, a este diestro sin par, le importa un bledo los principios básicos del toreo, deducidos de la manera de acometer los toros, ni las clases de toros y menos las transformaciones que algunos experimentan durante la lidia; ni las querencias, ni los terrenos del toreo. No llega a importarle ni siquiera lo que es esencial para los toreros: la destreza, porque él, como Belmonte, aunque físicamente más entero que el de Triana, que toreaba sin enmendarse, metido en los terrenos del toro, aunque fuesen miuras. Pero José Tomás ha dado un paso más, tal vez el último en la evolución del toreo: entrar y salir de los terrenos del toro sin inmutarse, pletórico de verdad y valor. Ha alcanzado tal dimensión, producido tal fenómeno en el ánimo de los espectadores, que logra donde torea tensar las cuerdas de la guitarra de la emoción colectiva, hasta el punto de que ya no saben quién es el que torea: si José Tomás o el toro, y ello siembra un nuevo tipo de desconcierto anímico.

Del largo período de vigencia de la lidia antigua se pasó a una segunda época, separadas por la revolución del “Pasmo de Triana”, apareciendo para asombro de todos los aficionados “el toreo estático”, frente al anterior toreo dinámico y defensivo, tanto para los toreros como por parte de los toros. Durante siglos, los diestros tenían que ajustarse al terreno de los toros que dictatorialmente marcaban sus modelos de ancestrales querencias y ello exigía a los lidiadores una constante movilidad, ajustándose las faenas a las exigencias y características de unas reses siempre en movimiento y desarrollando sentido, porque la selección no había logrado todavía la bravura y nobleza que tienen muchos toros de hoy. Y, como por arte de magia, llega Belmonte y demuestra a todos que es posible entrar en el terreno del toro y en él realizar las faenas, con la quietud que comenzó a lucir en la lidia moderna. Y, en nuestros días, el fenómeno José Tomás, abre una tercera época en el toreo, tal vez la última y por ello la más insospechada, que nada tiene que ver con el tremendismo de El Cordobés: repartirse torero y toro el éxito luminoso de faenas que enloquecen a los aficionados o no, porque nadie entiende este modernísimo e impensable toreo, interpretado como si los toros no llevaran armaduras; pero no nos referimos al arte puro, pues su figura más representativa es Morante.

Lejos quedó el tremendismo que caracterizó el toreo durante los siglos anteriores a la aparición del fenómeno belmontista. Aquellos primitivos lidiadores, para poder vencer la fiereza incontenible de los toros tuvieron necesidad de ahorrar esfuerzos físicos y al mismo tiempo derrochar valor, en una “embarullada lucha casi cuerpo a cuerpo con los toros, sabiendo que para quitárselos de encima les bastaba ligar un descocido natural, seguido de obligado de pecho, para darle la salida y, sin necesidad de perder un segundo, herirle donde fuera, por aquello de que “todo era toro.” De aquel pasado, no muy remoto, que ya nadie vive para recordarlo, pasamos a Belmonte, que hizo posible la faena que realizó poco tiempo después Chicuelo en Madrid, con la que se consagraba el entonces “nuevo concepto de la lidia estática: una larga serie de naturales sin solución de continuidad.”

Después, Manolete, Mondeño, Paco Ojeda…, cada uno con su peculiar toreo de quietud. Pero llegó el último y definitivo revolucionario del toreo, para el que ni siquiera hay “división de opiniones.” Joselito –que dicho sea de paso soliviantaba con su recio toreo a sus enemigos- que mantuvo una brillantísima rivalidad artística con Belmonte entre 1914 y 1920, no necesitaba realmente la presencia de su competidor en el paseíllo, pues su gran amor propio y dignidad profesional le hacía todas las tardes intentar el lucimiento en el ruedo. Un día, en la Plaza de Toros de Madrid, derramó lágrimas –éstas, con José Tomás, les chorrean de emoción a los espectadores-, por estimar que el público no le había aplaudido como merecía. Al terminar la corrida le dijeron unos amigos íntimos:

José, no te preocupes, te han aplaudido los buenos aficionados, los imparciales, los que no se apasionan.”
Joselito contestó con vehemencia y orgullo de artista: -Es que yo aspiro a que me aplaudan todos los espectadores.

A José Tomás sí le aplauden todos, y sus amigos íntimos debe decirle después de cada “acto revolucionario”: “Has enloquecido a moros y cristianos, que aplauden con tal fuerza que las palmas echan humo y un perfumado incienso de gloria lo invade todo, y la emoción empuja a la salida a los aficionados a tomarse una taza de tila.” En ese sentido recordemos la tarde del (29-06-1907), hace ahora un siglo, en la que el toro de nombre Carita de Rosa, de la ganadería de don Eduardo I Miura, cogió a los tres espadas del cartel, mandándolos a la lona, y se señoreaba por la Plaza como único vencedor, mientras que con José Tomás son tres los vencedores: el toro, el diestro y el público. Una nota reveladora del humor de los aficionados de la capital de la Bética decía: Durante casi toda la lidia de este toro, un vendedor ambulante de vino pregonaba la mercancía de esta manera: ­A perra gorda el vaso de tila...!

Con José Tomás –más un plantel formado por el Juli, Morante, Ponce, el Cid, Pereda, Talavante, y tantos otros- no hay necesidad de ir a defender las corridas de toros a Bruselas, porque la Fiesta Brava tiene tan inconmensurable riqueza de valor humano, tal luminosidad artística y tal raigambre cultural en el alma de los españoles, que basta ver a José Tomás en una de sus gloriosas tardes para comprender que el Parlamento de la Cultura Universal está donde él toree y que él solo puede enmudecer y ridiculizar a ese puñado de antitaurinos que sin dudan están sufriendo ahora mucho más que los toros que supuestamente quieren defender. Lo incomprensible de los detractores es que no quieren abolirla porque los toros sufren, es porque la Fiesta Brava destila el carácter auténtico de la raza española y define la única España que se conoce en todo el mundo… y eso es lo que no nos perdonan, sufriendo amargamente el fracaso reiterado e inútil de sus intentos.


Carlos V. Serrano
El Puerto, 11 junio 2008


 




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