Sergio Pérez Aragón

Sergio Pérez Aragón

Cronista taurino

06 Julio 2020

¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín! (I)

 En el 272 nació Fermín, hijo de un senador romano de nombre Firmo, Firmus en latín, Gobernador de Pamplona. Por entonces, el presbítero Honesto de Nimes llevaba a cabo las primeras conversiones al cristianismo en la ciudad, entre ellas la de Firmo y familia. Honesto, pidió a su maestro y obispo de Toulouse, Saturnino, se trasladara a la entonces Pompaelo para continuar su evangelización, llevando a cabo el bautismo de Firmo, su esposa y su hijo Fermín, quien empieza a recibir una educación basada en la religión cristina a través del presbítero. El joven se ordenó sacerdote en Toulouse, con apenas 24 años es nombrado arzobispo y enviado a Pamplona, donde se le considera su primer obispo, para continuar la obra. Un lustro después marcha por varias ciudades del norte de Francia hasta llegar a Amiens, allí, el gobierno contrario a la cristianización del pueblo ordena su decapitación, la que tuvo lugar el 25 de septiembre del 303 cuando contaba el Santo 31 años.

 

Siendo obispo de Pamplona Pedro de Artajona, en 1186, consigue trasladar para su culto una reliquia de la cabeza del Santo, dando comienzo una masiva  devoción y un gran arraigo sobre todo en la capital, estableciéndose la fecha del 10 de octubre, su entrada en Amiens, fiestas en su honor.

 

Por otra parte en Iruña, nombre de esta ciudad en vascuence, a partir del siglo XIII también se conmemoran con ferias comerciales y taurinas por San Juan, San Pedro y Santiago entre los meses de junio y julio. Para unificar las fiestas, y a su vez mejorar en lo climatológico la de mayor repercusión, en honor a San Fermín, en 1591 la ciudad pidió al entonces obispo Bernardo de Rojas y Sandoval que la fiesta por el Santo se uniera a la ganadera, estableciéndose a partir del séptimo día del séptimo mes. Así, la festividad de San Fermín se traslada y se celebra el día 7 de julio, dando comienzo con su tradicional “txupinazo” desde el balcón de la Casa Consistorial por un concejal, una costumbre que se instituye en 1940 aunque desde años antes se venía haciendo de manera menos solemne.

 

Los días festivos fueron al principio tres, que pronto se fueron incrementando a medida que el jolgorio y la juerga se manifestaban con más fuerza. Además del pregón al Santo, había música, teatro, encierros y corridas de toros, todo dentro de un gran libertinaje y con el vino muy presente. En el siglo XVII, al acto religioso se le imponen otros que poco o nada gustan al clero, lo que lleva consigo que los jesuitas para hacer olvidar aquellas fiestas nombren a San Francisco Javier Patrono de Navarra, con escaso tirón popular a nivel regional, a celebrar el 3 de diciembre. El intento de hacer olvidar a San Fermín no cuajó, llegando incluso a provocar gran polémica. Al objeto de zanjarla, desde el 14 de abril de 1657 por decreto del Papa Alejandro VII ambos Santos ostentan juntamente el patronazgo del Reino de Navarra, hoy Comunidad Foral.

 

 

En el siglo XI son muchos los franceses que se asientan en Pamplona, mostrando gran advocación por San Saturnino de Toulouse o San Cernin en leguaje occitano. De él, cuenta la leyenda fue lanzado al vacío en el Templo dedicado al dios Jupiter, luego atado y arrastrado por el toro al que antes se había negado a sacrificar para culto a la deidad. San Saturnino fue nombrado Patrón de la ciudad de Pamplona cuya festividad tiene lugar el 29 de noviembre.

 

La procesión de San Fermín sale de la Iglesia de San Lorenzo, capilla del Santo, en la mañana del 7 de julio donde le recogen el cabildo y la corporación municipal. Tras un recorrido de hora y media aproximadamente, acompañado por clarineteros, txistularis, maceros, timbaleros, gaiteros, gigantes, cabezudos y banda Municipal La Pamplonesa, por el casco viejo de Pamplona, regresa a su templo con el momentico especial que tiene lugar en el atrio de la Catedral.

 

El  máximo protagonismo de esta fiesta es sin duda el encierro, que hasta 1856 se le denominó la entrada. Su historia proviene de cuando los toros permanecían en las afueras de la ciudad hasta el día del festejo que tenía lugar en Plaza del Castillo hasta la construcción del primer coso permanente en 1843. A principios del siglo XVIII ya se empiezan a emitir bandos municipales para prohibir dicha práctica que en absoluto eran acatados. Al amanecer, antes de que la ciudad despertara, el ganado era trasladado hasta un lugar próximo a la plaza tirados por cabestros y a caballo por los carniceros, quienes habían comprado sus carnes, y un grupo de pastores detrás azuzándoles y recuperando a los rezagados. Durante el trayecto, grupos de valientes jóvenes a la carrera acompañaban a la manada, lo que empiezan haciendo por detrás hasta pasar a hacerlo por delante.  

 

A mediados del XIX el desarrollo industrial de la ciudad se encuentra en pleno crecimiento, y con la llegada del tren los toros dejan de hacerlo por campos y bosques aprovechando un medio más rápido y seguro. Esta circunstancia casi hace  desaparecer el encierro, que por otra parte había arraigado en la juventud de gran parte del pueblo. Dicha tradición pudo con algún que otro intento de prohibirlos, hasta que finalmente consigue su regularización a través de un bando en 1867.

 

A lo largo de los años el recorrido fue cambiando hasta el actual, 1922 fecha en la que se inaugura la Monumental. Los toros desde 1897 pasan la noche previa al encierro en los corrales de Santo Domingo. Se compone de los siguientes tramos: Corrales y Cuesta de Santo Domingo (271,57 m), Plaza Consistorial y Curva de Mercaderes (133,92 m), calle Estafeta (295,90 m), Telefónica y a través del callejón a la plaza (113,84 m) hasta corrales. La distancia total es de 815,23 metros.

 

El número de corredores puede variar desde los 2500 de diario a los 4000 en fin de semana, de los cuales no más de 1000 llegan hasta el ruedo de la plaza en muchos casos a cientos de metros de los toros. No más de 500 soportan carreras próximas a los astados que apenas duran unos segundos. La edad de los corredores pueden oscilar mayoritariamente entre 20/40 años, navarros en un tercio, igual resto de España y otros tantos de extranjeros.

 

En un principio las calles se cerraban con carros y mantas, hasta que en 1776 se estrena el vallado, y en 1941 uno doble, de 2 metros de distancia entre ellos, que hoy día se componen de 2044 tablones horizontales, 388 postes, 40 puertas, 200 empalizadas, 2400 cuñas de madera y unos 10000 tornillos del que una parte se monta y desmonta diariamente.

 

A lo largo del recorrido del encierro con camiseta verde están los pastores que vara en mano, entre ocho y diez, se relevan cada 100 metros con la misión de que la manada (compuesta de seis toros y seis cabestros) no se deshaga, reconducir a los toros vueltos y que los corredores respeten al toro. Una vez en el ruedo aparece la figura del doblador quien de blanco y desde los años 30, en un número de cuatro, capote en mano retiran del ruedo aquellos toros que segregados de la manada deambulan por él hasta toriles.

 

Sergio Pérez Aragón

 

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