José Reyes Torrejón

José Reyes Torrejón

Crítico taurino de La Voz de Cádiz

12 Septiembre 2014

Así vi la temporada en El Puerto

El pasado 17 de agosto se ponía fin a la temporada taurina en El Puerto de Santa María, con la que se estrenaba en la Plaza Real la empresa de Tomás Entero. Circunstancia que ofrecía un añadido interés en el análisis del desarrollo de los acontecimientos. El inicial capítulo, concerniente a la confección de los carteles, arrojó ya aspectos que llamaban la atención, como las sorprendentes ausencias de toreros gaditanos, que de manera reiterada habían triunfado en este ruedo, como Alejandro Morilla, David Galván y Pérez Mota, o como la propia relación de ganaderías a lidiar, donde pocos alicientes existían con la cansina redundancia de la monótona uniformidad en su ascendencia Juan Pedro Domecq. Extremo éste que viene subrayado por la inexplicable incomparecencia de la vacada de Ana Romero, que tan notable espectáculo brindara en El Puerto la campaña anterior.

También en el apartado novilleril resultaba de difícil comprensión, que de dos espectáculos programados, no aparecieran en ellos ni el gaditano Fran Gómez ni el portuense Daniel Crespo, cuyos bagajes de éxitos y méritos contraídos así obligarían.

En las cuatro corridas de toros celebradas se ha ofrecido una presentación muy dispar del ganado. Con notable trapío y aceptable cuajo aparecieron los encierros de Torrealta y Fuente Ymbro, y muy pobres de presencia y hasta con algunos ejemplares anovillados, los de Zalduendo y Núñez del Cuvillo. Precisamente estos últimos inauguraron el capítulo de festejos mayores el domingo 27 de julio y cuya falta de fuerzas y de raza tiñeron de grisáceo tono todo lo en él acontecido. Sin embargo, la benévola y festiva actitud del público, junto al dadivoso proceder presidencial, propiciaron que la terna actuante, compuesta por Padilla, El Fandi y Fandiño, saldara su intrascendente actuación con una oreja por coleta.

No mejoró el nivel ganadero con la descastada corrida de Torrealta, en una tarde en la que la noticia más positiva la constituyó el casi lleno registrado en los tendidos. Castella obtuvo un apéndice de cada uno de sus oponentes, tras sendas faenas carentes de excesivo relieve, que le sirvieron de salvoconducto para flanquear a hombros la Puerta Grande de manera muy generosa. En este festejo, Enrique Ponce ofreció el enésimo testimonio del particular temple y maestría que atesora para domeñar embestidas tan insulsas como distraídas, mientras que Alejandro Talavante sólo pudo lucir en un arrimón sincero ante un astado con un complicado pitón derecho.

El festejo más esperado por la afición, y en el que se rozó el lleno del aforo, fue el fijado para el domingo, 3 de agosto, en el que volvían a anunciarse juntos Morante de La Puebla y Manzanares, con la compañía, en esta ocasión, de Finito de Córdoba abriendo cartel. Pero como ha ocurrido en tantas ocasiones, el toro, con su flagrante ausencia de casta, de fuerzas y de poder, acabó por descomponer lo que el hombre había propuesto. Los toros pertenecían a la vacada de Zalduendo, esa que por imperativos de su casa apoderante está estoqueando, casi en su totalidad, este año, el artista de La Puebla, y que tan elevado grado de responsabilidad hay que achacarle en la mediocre temporada que éste viene realizando. Pero en El Puerto, además, la nutrida feligresía que sigue en irrenunciable advocación al duende de Morante, fue testigo del episodio inédito, bochornoso y desconcertante, consistente en la la fractura por la cepa de los pitones de tres reses que correspondían a su torero. ¿Coincidencia?, ¿casualidad?, ¿mala suerte?, ¿será un atisbo del sutil albor del fraude ganadero del nuevo siglo? No lo sabremos nunca, sobre todo porque las astas no se mandaron a analizar.

Lo que sí sabemos, porque así lo dicta la experiencia, es que en los toros, como en política, las casualidades no existen. Y si alguna vez existen, es porque han estado muy bien preparadas. Ante tal cúmulo de despropósitos, a Morante tan sólo se le pudo contemplar en el dibujo aterciopelado de varias verónicas y en la relajada exquisitez de una media. Tampoco pudo armar faenas Finito, ante la escasez de pujanza y recorrido de sus antagonistas, aunque el primero de ellos sí le permitió, al menos, esbozar un goteo excelso de apuntes desbordados de empaque y añeja elegancia. El triunfador de esta corrida sería, de manera rotunda, José María Manzanares, quien aprovechó la mayor boyantía de sus enemigos para plasmar dos trasteos sólidos y pulcros, a los que les sobraron demasiados tiempos muertos y a los que les faltaron algo más de ceñimiento y reunión. Cortó tres orejas tras usar con solvencia la espada.

La temporada estival se cerraba con el debut en la Plaza Real de la vacada gaditana de Fuente Ymbro, que corrió un encierro encastado y de juego muy interesante y variado. Unos toros resultaron mansos, otros ofrecieron peligro, otros derrocharon bondad, pero todos poseyeron el denominador común de la la transmisión y la intensidad en sus embestidas. Con ellos, el espectáculo se hace vibrante e imprevisible, por lo que todo cuanto realicen los toreros adquiere una dimensión de gran importancia. De esta manera, obligado es destacar la labor de Antonio Ferrera, quien sólo cortó una oreja por el fallo con los aceros, pero fue el trofeo con mayor valor de todo el abono, obtenido ante un enemigo serio y complicado, con el que derrochó recio valor, pureza y torería. También consiguió esa tarde premio Padilla, que expuso su espectacularidad y entrega habituales, mientras que El Cid, que lidió el lote más áspero y desabrido, anduvo falto de ánimo y se fue de vacío.

La tradicional corrida de rejones, que sólo congregó a la mitad del aforo, -lejos quedan ya los llenos asegurados en este tipo de festejos- vino marcada por la falta de raza de los astados de Fermín Bohórquez. Sólo mostró cierta bravura y codicia en sus acometidas el sexto, con el que Diego Ventura ofreció una nueva exhibición de su maestría ecuestre. Cortó cuatro orejas y fue acompañado en su salida a hombros por un bullidor Andy Cartagena, que obtuvo sendos apéndices de sus enemigos. Peor suerte tuvo Fermín Bohórquez, quien erró de forma reiterada con el rejón de muerte.

La temporada portuense quedó inaugurada, ya el lejano 20 de julio, con una brava y noble novillada de Torrestrella, cuyas boyantes cualidades no fueron del todo aprovechadas por la joven terna. José Garrido cortó las dos orejas del cuarto, mientras que Lama de Góngora, desorientado ante su buen primero, sí supo acoplarse con el noble y repetidor quinto, animal que acabaría indultando. Notable ejemplar, pero al que le faltaron muchos atributos de bravura para erigirse en merecedor de tan superlativo premio. Con lo que quedaba perpetrado así otro episodio inexplicable, que ya se repite con alarmante asiduidad: confundir nobleza con bravura. Parece que los públicos ven embestir a una res con suavidad y repetición y, llegado a un punto postrero de la faena, empiezan a proferir gritos progresivos en decibelios, solicitando el indulto. Ante esta evidencia de ruidosa vehemencia, habría que advertir a los presidentes que un señor que vocifera provoca mucho más estruendo que diez espectadores que permanecen callados. Luego, no es buen método, para sopesar la voluntad general, el mero conducto auditivo. Además, el último y máximo responsable de este tipo de decisiones es el propio usía.

Menor enjundia poseyó lo acontecido en la segunda novillada celebrada, pues los utreros de Juan Pedro Domecq, salvo el cuarto, al que se le dio la vuelta al ruedo, carecieron del mínimo nivel exigible de casta y de poder. Pero ello no constituyó óbice para que David de Miranda paseara un trofeo y para que un entregado Borja Jiménez saliera a hombros tras cortar dos orejas del mejor novillo del encierro.

LO MEJOR:

-El casi lleno registrado en las tardes del 3 y 10 de agosto.
-La correcta presentación de los encierros de Torrealta y Fuente Ymbro.
-La brava y noble novillada de Torrestrella y el interesante y variado juego ofrecido por los toros de Fuente Ymbro.
-La destacada actuación de Antonio Ferrera, que cortó la oreja más meritoria del ciclo.
-El nuevo triunfo de Manzanares, que cuenta sus actuaciones en El Puerto con sucesivas Puertas Grandes..
-La perfecta suerte de varas ejecutada por Aurelio Cruz y, en general, la completa labor de toda la cuadrilla de Manzanares.

LO PEOR:

-La escasa entrada registrada en casi todos los festejos.
-La pésima presentación de las corridas de Núñez del Cuvillo y Zalduendo.
-El general descastamiento del ganado lidiado.
-El lamentable y sorprendente espectáculo de “la tarde de los cuernos rotos”.
-La actitud bullanguera de gran parte del público y la facilidad con que se solicitan y conceden los trofeos.
-La conversión definitiva de la suerte de varas en trasero monopuyazo, cuando no es sustituida por un mero simulacro.

 Pepe Reyes
Sptbre.2014
 




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