Gacetilla Taurina

Gacetilla nº 117 - El toro bravo, definitivamente, no es cobarde.

El profesor Sanz Egaña, pionero en el estudio del misterio de la bravura, realizó por primera vez un análisis profundo del trapío del toro bravo, con apoyo en bases científicas. Tuvo, para ello, que arrancar de observa-ciones y experimentos de índole necesa-riamente fisiológicas, que le condujeron a aplicar al toro los conocimientos que en su tiempo se tenían sobre el funcionamiento elemental del sistema nervioso en los mamíferos. Llegó finalmente a posiciones parecidas a la que adoptó el padre Laburu, quién en su interpretación, meramente sicológica de la bravura del toro, entendía que «la acometida era manifestación de la cobardía de la especie.»

Hubiesen pensado muy diferentes si hubiesen asistido a una sola tienta de machos. A los erales o utreros tentados, finalizadas las pruebas, se les abre la puerta, ven el campo y se van para no volver la cara más. Otros, muy pocos, hacen una buena pelea en el caballo, ven la puerta abierta y se quedan unos instantes mirando el campo, pero no se van y vuelven al caballo... y cuando se les provoca desde fuera de la plaza se salen, pero vuelven la cara, ven al caballo y se meten en la plaza para estrellarse en el peto. Los que estas cosas hacen, salen dos años después a una Plaza de Toros y resultan admira-blemente bravos. ¿Acaso esas conductas diametralmente diferentes son signos de cobardía?

A luz de los conocimientos científicos actuales disponibles, pocos toman ya en serioque, en el sencillo sentido lógico de la frase queda explicado que el toro es bravo, porque es cobarde. No es, me apresuro aclararlo, una simpleza, sino una peculiar viisión de la cuestión; pues, a partir de la racción primaria de defensa como mani-festación de la cobardía, lo que se propone es, justamente, invertir los términos: un animal es valiente cuando, para defenderse ataca, tal y como lo vemos en la imagen de la portada.
Nada importa, sin embargo, que posteriormente la fisiología experimental haya encontrado la localización contigua de los centros nerviosos que rigen las reacciones de huída y de defensa (cf. Castejón Calderón: Bases fisiológicas de la acometividad del toro de lidia. España.1965; y que el lector tendrá amplia información en el Capítulo III: Los toros teledirigidos), es decir, de la balanza bioquímica-hormonal-eléctrica, en uno de cuyos platillos está la huída y en el otro las órdenes de la acometida, como fenómenos componentes defensivos, real planteamiento biológico, síquico y fisiológico, demostrativo de los toros, los de «a de veras», jamás son cobardes. (cf. Zaldívar Ortega. Rotativo A B C, de Sevilla (18-04-1969).

Así que, arcaicos conceptos y creen-cias sostenidas secularmente y defendidas calurosamente han quedado en desuso al poderse en años pasados -desde 1964- soluciones biológicas. El mito de la bravura inasequible, ese enigma que ha martirizado la mente de tantos ganaderos de reses bravas, ha sido sustituido por la realidad de las investigaciones encefálicas llevadas a cabo por el equipo de profesores de la Facultad de Veterinaria de Córdoba, ya multi-citados, del cual mientras viva me honraré haber formado parte, no por el modesto papel que dseempeñé -tranquilizar a distancia a los animales sujetos de investigación- si no por haber disfrutado de las sabias decisiones científicas y experimentales que los maestros cordobeses tuvieron el valor de desarrollar, en aquellas jornadas implatando electrodos intracerebrales. En el Capítulo VI el lector encontrará amplia información del sistema de inyecciones a distancia.

La Ciencia vino a demostrar, pues, que en esos toros no había actos cobardes; y de lo contrario, son mansos. Juan Belmonte dijo en cierta ocasión: «El toro de lidia, especialmente el de Miura, puede ser más o menos bonito, pero siempre sostiene una pelea fuerte. Por lo que al «sentío» se refiere, tengo la seguridad absoluta de que ningún otro toro ha medido jamás con más exactitud su capacidad ofensiva y defensiva ante el torero. Es, además, el que más pronto reacciona fieramente contra la tiranía del lidador. Todos los demás toros que yo he toreado llegaban a un punto en el que se consideraban definitivamente derrotados; el de Miura, no.»


 


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