Gacetilla Taurina

Gacetilla nª 116 - ) La plástica corporal de la bravura

Alberto Vera, en su interesante libro titulado «Orígenes e historia de la ganadería brava», nos describe los caracteres plásticos del Bos taurus rimigenius, uro o toro silvestre, del que proviene el actual toro de lidia: «Gigantesco toro de dos metros de altura, desde la pezuña a la cruz, pelo negro listón, con cuernos largos, doblados primero hacia delante y después hacia atrás, fiero e irascible, y veloz en su carrera.»

Esos toros de gran tamaño se desarrollaron en las orillas del Jarama y en las del Guadalquivir. En la primera era en su mayoría colorados o bermejos y en la Baja Andalucía existieron y existen dos pelajes carácterísticos: la raza Andaluza Negra y la Retinta o colorada. En la primera se han dado animales grandísimos, por ejemplo, en el cortijo San Felipe del término muncipal de El Puerto. Lo que no concuerda mucho es el gran tamaño con lo de ser «veloces en su carrera», pues ésta característica es propia de los toros de casta Navarra, de reducido tamaño, de pelaje bermejo.

Desde los toros pintados en la paredes de la cueva de Altamira hasta el toro de Antonio I Miura, llamado Jocinero -el que hirió mortalmente en la antigua Plaza de Toros de Madrid al primer «Pepete», José Rodríguez y Rodríguez, el (20-04-1862), habían pasado entre 25 y 15 mil años y, sin embargo, el astado de la famosa ganadería sevillana, aún conservaba muchas características simi-lares; mientras que si comparamos la plástica corporal de Jocinero -como se puede ver en las páginas siguientes- con la de los toros bravos de la misma ganadería medio siglo después y con los de hoy, el cambio que han experimentado en tan corto espacio de tiempo es verdaderamente espectacular, refirién-donos a la ganadería de Miura. Así que, desde entonces hasta nuestros días, los toros de lidia han sufrido un cambio espectacular en su exterior y hasta en su interior síquico. Por ello, en el Tomo II de esta Enciclopedia señalaremos que «los toros de lidia también han cambiado.»

Abad Boyra, refiriéndose al prototipo bravo de la raza bovina dice lo siguiente: Peso, 600 o 700 kilos de peso, en los machos adultos, y 300 a 400 en las hembras; cuello corto y potente; tronco cilíndrico, de costillares arqueados y de gran profundidad; línea dorso-lumbar recta y con ligera tendencia al combado; nalgas redondeadas; aplomos perfectos, con gran finura de huesos -es por ello que con éstas últimas características genéticas no pueden sostener excesivo peso los toros actuales, con excepción de los miuras-; pelaje negro zaino, con igual terminación de cuernos y pezuñas; mucosas también negras o del color de la capa.»


En la Feria de Abril de Sevilla, de la temporada de 1912, se lidiaron los días 19 y 20 de abril dos corridas de los Hermanos Miura, hijos de don Eduardo I. Estoquearon la primera: Rodolfo Gaona, Bienvenida y «el Gallo» (Véase página siguiente) , pesando los toros un promedio de 345 kilos en canal y, a segunda, 330 kilos; es por ello que el prototipo propuesto por Abad Boyra, mucho nos tememos, sólo existió teóri-camente, pues, en la actualidad, la estampa de los toros actuales, de los más variados pelajes -y hasta se puede decir que cada ganadero ha logrado «su tipo de toro»- que son los que dan las características plásticas de cada ganadería

Y decimos que los toros actuales han cambiado su exterior, porque la primitiva finura de sus extremidades, propias de todos los rumiantes silvestres, así como la marcada ampulosidad del tercio anterior sobre el posterior, que se ha generado por su ancestral condición de animales que sostienen prolon-gadas y, a veces, mortíferas peleas, ha desaparecido: los toros de hoy presentan todas las características de los animales cebados artificialmente, de perfectos cilindros cárnicos. Los primitivos no podían permitirse el lujo, en aquellos entornos silvestres, some-tidos a las implacables leyes de la selección, de tener cuerpos cilindricos.

            Con todo, la ganadería que ha sufrido mayor transformación biomorfológica ha sido  la de Miura, la de los llamados «toros de la muerte», o «terroríficos miuras», criados en la evocadora dehesa de Zahariche. Antes el pelo típico de la vacada era preferentemente negro -nos señaló personalmente en cierta ocasión su propietario don Eduardo II Miura Fernández -toros que fueron la causa de mis mayores miedos vitales cuando tenía que curarlos-, aunque salían con frecuencia los «coloraos ojo de perdiz» y bastantes «ojinegros»; pero desde hace más de medio siglo -1950-, la muy célebre ganadería viene prodigando un toro de pelaje cárdeno, más o menos entrepelado y que al parecer es el prototipo del supuesto «toro boyante», el más cómodo y fácil de torear. Es el genuino «toro de carril» de la ganadería, que se vio  obligada a ir sustituyendo, aunque sólo en parte, pero inexorablemente, al toro recio y de sentido, del que nos habló Juan Belmonte, si querían vender una parte importante de las camadas.

            La plástica de los toros bravos actua-les, tras tres siglos de selección, proceso en que los ganaderos han buscado exclusiva-mente la bravura y nobleza de sus toros, éstos han ido perdiendo su «armonía natural anatómica» y hasta fisiológica que, si es hoy más inestable que nunca, lo  peor es que están afectando seriamente los mecanismos bioquímicos a niveles de la placa neuro-motriz, por falta de ejercicio muscular, apegada toda su economía vital al  medio silvestre, hasta el punto de que, cada vez es más difícil ver en una corrida dos toros cuyo «exterior» sea ni siquiera similar. Todo ello es consecuencia de que han variado los múlti-ples aspetos, algunos fundamentales, que concurrían en los años iniciales de nuestra Fiesta Brava.

 


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