Gacetilla Taurina

Nº 114 - La etología del toro bravo(Los sementales son presumidos (2)

En la Gacetilla anterior señalaba que “estaba escudriñando con los prismáticos el potrero nº IV del citado rancho, pues en él había un semental que, curiosamente, llegaba siempre antes que los demás, de los otros potreros, al área de los bebederos y, en seguida, se dedicaba a escarbar…”, pero aquella tarde, la del (12-05-1985) –ya señalamos que eran las 15:45 horas-, las tierras de “El Coloradito” estaban sedientas y, en muchas áreas, agrietadas, por lo que era todavía más extraño que ya habían bebido varias vacas, cuando éstas siempre llegaban una o dos horas después de hacerlo los sementales, y el nº 81 no lo había hecho acto de presencia; situación que prácticamente ningún día se había presentado. ¡Qué raro!, me decía.

A la hora señalada, logré verlo con los anteojos, a unos 700 metros del pie de la torreta, como corneando un matorral, una y otra vez. Pensé que se estaría afilando la puntas de sus cuernos, algo así como embelleciendo sus “diamantes.” Un par de minutos después dejé de verlo y a los 15 apareció en el camino viniendo hacia el bebedero, a paso lento, pero con algo muy extraño sobre la cabeza, que le asemejaba a un venado macho grande, de desproporcionada armadura ¿Cómo? ¿Tan grande como un toro? Y esperé unos minutos para saber qué era aquel extraño animal, descubriendo que era el semental del potrero, el nº 81, y que traía efectivamente entre los cuernos, el matorral que casi media hora antes estaba sacando del suelo con todo y raíces, perfectamente encajado entre sus cuernos. ¿Cómo es posible?

Sí, ¿cómo es posible?, que lo portara con todo cuidado y sin mover la cabeza para que no se le cayera. No parecía real. Pasó la puerta hacia el bebedero, siempre con la cabeza ligeramente en alto, pero, eso sí, con pasos “altivos”, como gustándole tan original adorno. ¿Tendrán los toros recuerdo genético de cuando sus ancestros tuvieron cuernos caducos y pertenecieron al tronco común de los cérvidos? ¡Qué espectáculo! Había que verlo enseñoreado con sus ramificaciones córneas artificiales. Hizo los mismos gestos de presunción que un venado con cuerna de medalla de oro.

Fue al bebedero –éste tenía tubos separadores para que pudieran beber son molestarse seis vacunos a la vez- y al ver que con su orgullosa armadura no podía meter la cabeza entre los tubos, pues se le caería lo que con tanto cuidado llevaba, no bebió y ¡ahí está otra sorpresa!, todavía más increíble, se quedó mirándose en el espejo del agua. Por ¡diez veces!, se retiraba un metro del bebedero y volvía a verse como el galán que se mira en el espejo antes de irse a la calle. Le encantaba verse su “corona”, haciendo gestos curiosísimos, moviendo con sumo cuidado su cabeza de un lado a otro, mirando a las vacas que ya habían bebido y que cuando pasó al área de los bebederos lo miraron medio alarmadas, procurando estar distantes de él.

Aquella tarde no bajó la cabeza para nada, ni mugió, ni escarbó, ni se acercó a las alambradas; pero sí paseó por los alrededores del bebedero, sin importarle la presencia de las vacas, que no dejaban de mirarlo. Todas los días aprovechada la llegada al bebedero para una vez estuvieran sus vacas estar pendiente de si alguna estaba en celo. Le importó un bledo el sexo, si bien se acercó ligeramente a una de ellas y como se le movió ligeramente el ramaje de la cabeza, inmediatamente dejó de insistirle a la vaca, alejándose de ella.

Sin embargo, los verdaderamente sorprendente fue cuando se acercó a los sementales de los potreros contiguos, especialmente el del potrero nº V. El 81 se puso frente a él moviendo muy pausadamente la cabeza, de un lado a otro, sin duda para que le viera bien lo que llevaba en su cabeza, pero sin acercarse a la alambrada. Acto seguido, se volvía lentamente para que le viesen las vacas, que seguían pendientes de él, y cuando consideró que le había visto bien, se volvió nuevamente para su colega le mirase. Así estuvo hasta el ocaso y se marchó coronado a su potrero. La tarde siguiente fue más temprano de lo habitual a beber, ya sin su adorno en la testa, y tras beber un largo rato, en el que pudo beberse 50 litros de agua.

¿Quién puede poner en duda que los sementales no son presumidos? Lo reseñado, un calco de la realidad nos ofrece la posibilidad de reflexionar: ¿Para qué se colocaban los hombres primitivos ¡y los nórdicos de hoy!, esos adornos en la cabeza? Escandalosas caretas y otros elementos de llamativos. Los animales emplean esos mismos recursos para apantallar, para encumbrarse o, simplemente porque son presumidos. Tal como lo vi y lo viví lo he narrado. Que cada cual saque sus consecuencias.
 


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