Gacetilla Taurina

Nº 111 - Gacetillas de Psicología (La etología del toro bravo)

Un día más, de aquellos inolvidables años vividos a plenitud junto a los toros bravos -procurando disponer del mayor número de horas posibles, asomado a las ventanas abiertas al mundo natural, que había en aquellas altas torres levantadas con gruesos tubos desechados, una de las cuales tenía 24 metros de altura-, recibí como recompensa a tanta dedicación –muchos fines de semana los pasaba allá arriba observando la conducta gregaria de vacas y toros- sucesivas y nuevas experiencias, alguna de dimensiones inimaginables, como el lector tendrá ocasión de leer en las entregas venideras. De muchas de ellas dejaré en estas gacetilla constancia impresa para conocimiento de los aficionados a los toros y como modestas aportaciones a la Etología del toro bravo.

Desde hace muchos años, tantos como 67; es decir, desde 1940 en que por primera vez me incorporé al fascinante mundo del toro bravo, en el cortijo de “La Esparraguera” (*), y en la dehesa de La Algaida, ambos a pie de la villa de Puerto Real (Cádiz), pude siendo aún un niño observar una conducta desigual en las “relaciones amorosas” de los toros bravos y de los mansos, a la hora de cubrir las vacas. Algunos se comportaron con actitudes verdaderamente extrañas. Es de suponer que a todos los niños les debe causar una gran curiosidad observar ese tipo de copulación.

Si la vaca acepta pronto al semental, poco importa que alguna persona se encuentre cerca de ellos; pero si se opone, el toro bravo se da perfectamente cuenta de que está en celo y que más pronto que tarde se dejará cubrir, por lo que es siempre menos obstinado que el semental manso, manifestándose más comprensible y dispuesto a esperar el momento. Pero no desperdicia el tiempo y se dedica a ofrecer caricias con su rasposa lengua a la vaca. El manso, por el contrario, si la vaca le obliga a retrasar el desahogo de sus instintos primarios, se encoleriza y descarga su coraje con cualquiera persona u otro animal que esté cerca, como si fueran los culpables de su poco éxito amoroso. Se cree con no se sabe qué derechos adquiridos para que la vaca tenga que aceptar sin preámbulo alguno la copulación.

La realidad de tales diferencias está en que los sementales bravos son más elegantes y caballerosos con las vacas que tiene a su cargo cubrir en el potrero que tiene asignado cada uno. Disfrutan de la comprensión y la experiencia que les enseñó la naturaleza. Saben perfectamente que cada uno de ellos es el señor del potrero y de que no tendrá que compartir el suculento plato sexual con otro. Así que está tranquilo y observando a la vaca, que con su mirada y sus movimientos le dará el sí. ¿Quién puede pensar en las cosas tan inverosímiles que ocurren en situaciones como éstas? Solamente, no mirándolas, viéndolas. En el medio natural los animales plenamente libres cumplen unas serie de normas, que garantizan su convivencia, y disponen de un lenguaje entre ellos, para comunicarse con miradas y movimientos, que sólo pueden percibirlos y oírlo quienes hayan convivido y observado por muchos años a los animales silvestres.

En el mismo momento en que la mano del hombre interviene –esa que está cambiando el clima y es capaz de destruirlo todo, provocando incendios intencionadamente y cubrir su cuerpo con cargas explosivas-, se trastoca todo. En el medio natural, los animales pierden el sentido de las normas que regulan su convivencia; los grupos de procedencias afines se desintegran, y como se ven obligados a utilizar un lenguaje menos sintonizado que de costumbre, interpretan mal lo que oyen y todo el conjunto de vacas de un potrero se desintegra, y tienen que pasar varios días para que alejado el hombre que las hostiga se restablezca el equilibrio en la comunidad. Puede uno imaginarse el desorden anímico que se producirá en un grupo de toros cuando sean perseguidos y acorralados por uno de esas motos de cuatro ruedas. El beneplácito de los ignorantes acorraladotes contrasta con el stress que hacen padecer a sus animales. ¿Cuándo se les ofrecerá a los toros bravos un manejo más humanizado?

(*) Entonces propiedad de mi abuelo paterno, D. Ramón Zaldívar del Cid.
 


Subir