Gacetilla Taurina

Nº 069 - Un pasado memorable

Las fiestas de toros, en su larga y fascinante evolución, son como abundantes fuentes, que con el paso de los siglos, se convierten en caudalosos ríos, cuyas aguas traen a nuestra memoria un rico y variopinto pasado memorable, cuyo interés sobrepasa los límites de nuestra imaginación y su riqueza cultural y humana desbordan las capacidades de nuestros sentidos. La evolución del toreo registra a lo largo del siglo XVIII la existencia de personajes, de diestros verdaderamente singulares, cuando no únicos e irrepetibles, lo mismo en España que en cualquiera de las Repúblicas Iberoamericanas, cuyas habilidades les permitieron hacer las más extrañas, difíciles y arriesgadas suertes, lo mismo a pie que a caballo, porque esa centuria fue de transición. A mediados de ese siglo nació el célebre diestro que protagoniza esta Gacetilla.

Una parte importante de ese diestro sin par, curiosamente, se la debemos a un viajero –tenemos referencias de un centenar de ellos, que fueron testigos de un pasado memorable-, en este caso francés, el barón Charles Deviller, quien en su pintoresco Viaje por España, dice de él, al verlo torear el año 1779:

“Se cuenta de un negro de Buenos Aires que desde su infancia había estado acostumbrado a perseguir en los desiertos rebaños de bestias salvajes y que mostraba en los combates de esta clase una fuerza y una habilidad extraordinarias. Cogía una larga cuerda, el lazo de su país, y después de haberla pasado por los cuernos le conducía cerca de un poste fuertemente fijado en el centro de la plaza. Atado el toro al poste, le lanzaba una silla al lomo y se montaba en él como si fuera un caballo. Entonces se cortaban las cuerdas y el animal se ponía a correr por todas partes haciendo los mayores esfuerzos para desembarazarse de su improvisado caballero. Cuando el fatigante ejercicio empezaba a disminuir las fuerzas del toro, el negro dirigía como podía su cabalgadura hacia otro toro, que no tardaba en matar, después de lo cual mataba igualmente al que le servía de montura. Se asegura que el negro tenía un fuerte vómito de sangre siempre que se entregaba a este violento ejercicio.” Goya le inmortalizó cinco veces en su famosa Tauromaquia y ya, casi al final de su vida, Francisco, el de los toros, dibujó sobre piedra litográfica una serie de cuatro litografías que son conocidas como Los toros de Burdeos. Una de ellas representa a Mariano Ceballos toreando con su peculiar manera americana. Y se da como probable que durante las fiestas de Tudela (Navarra) encontró la muerte, el año siguiente, el arrojado lidiador argentino, como quedó antes citado.

Mariano Ceballos alias "el indio" , mata al toro desde el caballo.La Tauromaquia de GoyaPues, bien, el personajes no es otro que Mariano Ceballos (el Indio), célebre matador de toros, nacido en Argentina hacia el año 1750, de a pie y de a caballo, al que se conoció en España por tal apodo y personaje importante por el papel que representó en la evolución del toreo. En las corridas de los días (20 al 24-02-1772), celebradas en la ciudad de Buenos Aires, toreaba y estoqueaba, cobrando por cuatro corridas la elevada suma de cien pesos fuertes –así le llamaban a los de oro-, pero no puede deducirse con certeza si mató o no desde el caballo en alguna de esas corridas, pues lo reproduce matando desde un caballo uno de los más famosos aguafuertes de Goya, como se practicaba ya en España. En cada uno de los cuatro días de corridas se hizo salir a la plaza un toro encohetado, y en el primero se engalanó otro que causó muy buen efecto. En el último día un chulo salió, jineteando sobre un toro bravo, manejando con las manos ruedas de fuego y cohetes. Toreando en España los años de 1773, 1774 y el (08-07-1775) aparece en la Plaza de Toros de Pamplona, según consta en el Archivo Municipal de la capital de Navarra, “…capeó a caballo bien, ensogó y montó un toro ensillado, y desde él picó otro y mató los dos bien: toreó y estoqueó a pie, pero en esto es poco papel.”

Se deduce de cuanto hemos citado que sus habilidades correspondían exactamente con el tipo de toreo arbitrario que persistía paralelamente a la evolución del toreo actual, que empezaba entonces a establecerse, tanto allí como en España. Volvió a torear en Pamplona los años 1778, 79 y 80. En 1779, después de repetir el variado repertorio de sus habilidades acostumbradas, prestó el humanitario servicio de salir tras un toro que saltó la barrera y escapó de la plaza, consiguiendo alcanzarle desde el caballo en La Taconera. Un cuadro atribuido a Goya, titulado: “El toro huido”, propiedad de los duques de Veragua, representa esta escena, u otra semejante, en la que Ceballos se dispone a enlazar un toro –estas habilidades las aprendió a la perfección, en tierras mexicanas, nuestro diestro gaditano Bernardo Gaviño Rueda- y otra en la que Ceballos está tratando de clavarle la puntilla a otro astado. De la habilidad que nos cuenta el comentarista navarro hizo Goya no menos de dos versiones. Vargas Ponces nos asegura en su inédita “Disertación” sobre las fiestas de toros, que en la Plaza de Toros de Tudela (Navarra) murió –tal vez en 1780-“el Indio que montaba los toros, a pesar de su conocimiento y valer.”
 


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