Gacetilla Taurina

Nº 067 - La Fiesta brava en México al finalizar el Siglo XVIII

En cualquier biblioteca mexicana –la Biblioteca Nacional es tema aparte-, pueden encontrarse referencias taurinas y en la mayoría de los casos, numerosos bandos oficiales relacionados con la fiesta brava. Uno de ellos, aparecido el (23-01-1790) se hizo fijar en todo el país, anunciando a sus habitantes la proclamación de Carlos IV… qué tiempos aquellos en que la mayoría de los políticos se aprestaba a celebrar festejos con motivo, fausto para la Monarquía, que solían ser brillantísimos y embargaron la atención de los mexicanos por largo tiempo. Las corridas (*) que sin impropiedad podrían calificarse de reales, fueron anunciadas y celebradas con toda pompa y en ellas tomaron parte nobles y plebeyos. No sólo en la capital del Virreinato se celebró la noticia, sino hasta en los puntos más distantes de los dominios de la Nueva España, especialmente en la Muy Noble Ciudad de Zacatecas.

Se dieron fiestas de toros, y en correrlos participaron indígenas –éstos se adaptaron desde el primer año de la conquista a la fiesta de toros- y españoles, en Durango, Papantla, Veracruz, Pátcuaro, Guanajuato, Tehuantepec, Aguascalientes, Zacatecas, Tabasco, Valladolid, Real de Catorce, Chilapa, Zamora y San Luis de la Paz. La villa de San Sebastián de León, hoy ciudad de León de los Aldamas, intentó celebrar corridas a pesar de la penuria de fondos de su Cabildo, interviniendo las autoridades del virreinato para impedirlo, informando el fiscal “que semejantes diversiones acabarían de arruinar la villa, además de atraer el desarreglo, la ociosidad, los hurtos y las distracciones de los trabajos y labores del campo, con otro inconvenientes de consideración y gravedad.” De las corridas celebradas en las localidades citadas existen relaciones o testimonios, y todas compitieron en esplendidez. Entre las fiesta por el cumpleaños del príncipe de Asturias merecen citarse las de Guanajuato –la tierra del presidente Vicente Fox-, en las que unas cuadrillas de maromeros y arlequines lidiaron y mataron una corrida de toros entre volantines y suertes propias de circos.

Los productos de las corridas de toros disminuían y al par aumentaban la necesidad de su recaudación para el erario público. Ha sido el gran dilema de siempre… se quieren prohibir las corridas, pero peores son las necesidades económicas… Para las corridas de 1790 ya se encontraron dificultades para que un asentista o empresario se hiciera cargo de la contrata, hallándose por fin tras prolongar el plazo del concurso, celebrándose las corridas en la plazuela de San Lucas… mientras aquí, en algunas ciudades, las plazas de toros se conceden a “dedazo” es decir, sin salir a concurso. Los dos años siguientes (1791 y 92) ni aun aumentando las franquicias compareció postor, por lo que se pensó en la administración directa de este arbitrio. Los espectadores querían ver buenos toros, no los desechos de las ganaderías, como corren en algunas plazas ubicadas en el corazón de las mejores ganaderías bravas de España.

Un inconveniente indudable era el carácter temporal y transeúnte de los cosos mexicanos y se pensó en la construcción de uno o más permanentes, con una duración mínima de diez años, o definitivos. Los arquitectos don José del Mazo y el valenciano don Manuel Tolsá -un siglo antes de levantarse nuestra Plaza Real en El Puerto de Santa María-, presentaron los respectivos proyectos, inclinándose todos hacia el de este último, de mayor belleza y hecho a imitación de los españoles, aunque con el ruedo más pequeño “a causa que los toros de ésta no son de la braveza y resistencia de los de España.” En 1793, el matador español Tomás Benegas (el Gachupín toreador) –aun faltaban 42 años para que llegara a la ciudad de México el matador de Puerto Real, el insigne Bernardo Gaviño Rueda-, hizo un cálculo de los gastos de las corridas, y otro se hizo de los demás inherentes al espectáculo. Pese a ello, el coso no llegó a construirse ¡y el de El Puerto, SÍ-, quedando como recuerdo el voluminoso expediente, testimonio del primer intento de dotar a la ciudad de México de una plaza de toros permanente.

(*) En la ciudad de México se celebraron ocho corridas de toros para la diversión del público, que se celebraron los lunes, martes, miércoles y jueves de dos semanas consecutivas y el bando del virrey éste invitaba a todos para que le acompañasen a verlas desde los tendidos que había mandado levantar, y después a tomar un refresco en Palacio.
 


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