Gacetilla Taurina

Nº 062 - El duro oficio de ser ganadero

Don Faustino Udaeta debutó como ganadero de reses bravas en la nueva plaza de Madrid el (06-04-1890), en la corrida de inauguración de la temporada. El resultado ciertamente no pasó de regular, a pesar de que la lectura de los periódicos inducía a otra conclusión, por el excesivo rigor con que juzgaron la pelea de los toros, por causas no bien conocidas. El lote de astados llegados de Manzanares tuvo el grave defecto de la falta de igualdad, en cuanto a su presentación. Se componía de un chorreado en verdugo, dos negros y tres cárdenos; es decir, que las capas eran diversas, como casi siempre habría de suceder en la vacada. Abrió plaza, ante la general expectación, uno de los negros, que era bragado y listón y bastante corniabierto, marcado con el número 52 y se llamó Borriquero. Tomó ocho varas de Manuel Calderón Díaz y Pegote y solamente logró derribar una vez. Después de banderillearlo Juan Molina y Manuel Antolín, Rafael Molina (Lagartijo) le hizo una faena vulgar y le envió al desolladero de dos pinchazos y una estocada, entrando a matar regularmente. Entre los seis toros tomaron 52 varas, a cambio de once caídas y cinco caballos muertos. El balance parece muy satisfactorio y, en efecto, como quedó señalado, la corrida no fue buena, pero tampoco mala del todo. Sin embargo, la crítica, con aquella severidad que tan saludable resultaría hoy, llegó a decir la nuevo criador que «llevase al matadero su ganadería», nada menos que por la autorizada voz del revistero de El Toreo.»

Toro de Daniel Ruiz procedente de Faustino UdaetaManuel Calderón Díaz –nacido en Alcalá de Guadaira (Sevilla) el (02-10-1840), hermano más joven de Antonio, Francisco y José Calderón, los famosos picadores-, hizo su presentación como picador, en la Plaza de Toros de Madrid el (11-09-1870), tomando en ella la alternativa, donde continuó actuando de 1873 a 1891, pero comenzó a trabajar como tal de antes de 1865; y en los años en que interrumpía su labor en Madrid, salía por provincias. Al retirase sus hermanos Antonio y Francisco, José y Manuel Calderón ocuparon las vacantes que aquellos dejaron en la cuadrilla de Rafael Molina (Lagartijo), a quien siempre les unió una profunda amistad. Coincidió su labor en la cuadrilla de Rafael Molina con los mejores tiempos de éste, al que acompañó a París, sufriendo una herida de pulgada y media de extensión en el antebrazo derecho que le produjo el toro, llamado Farolero, del marqués del Saltillo.

En aquella corrida inaugural sucedió una anécdota poco conocida, referida al «Califa», que por entonces ya había iniciado el declive de su carrera artística. Esa tarde Lagartijo anduvo bastante aperreado con Borriquero, y ante una faena muy larga, vio cómo el alguacilillo le avisaba, por orden del presidente, que era un joven concejal madrileño, de 27 años, llamado Álvaro de Figueroa y Torres (hijo del marqués de Villamejor, el cual fue por esa decisión, muy aplaudido por los tendidos del 1 al 10, en donde acampaban los frascuelistas. Fue el primer aviso que dio un político liberal, el cual todavía no era nombrado conde de Romanones, siendo éste el que dijo después al famosísimo cordobés: «Desengañate, Rafael. Sólo ha habido tres grandes cordobeses en la historia: Séneca, Gonzalo de Córdoba y tú.» A lo cual contestó el diestro: ¿Pero onde me deja usté al Gran Capitán?»..., dejando al descubierto la ignorancia del matador, que no sabía quer el Gran Capitán era Gonzalo de Córdoba.

A los pocos días, don Faustino Udaeta, lidió otra corrida, nada menos que en la Real Maestranza de Sevilla, considerable honor para un ganadero madrileño, pues entonces –y muchos años más- imperaban el Maestranza el clásico lema de «América para los americanos.» El resultado fue mejor que en su debut en Madrid. La corrida, también falta de igualdad, la componía tres astados negros, dos sardos y un cárdeno, todos ellos admirablemente criados. El balance del primer tercio fue de 49 varas, por 13 caídas y 11 jacos difuntos.

A los tres meses justos, el lidió don Faustino Udaeta otra corrida en Santander, con buenos resultados, y no quedó mal con una corrida canicular en Madrid. La temporada de 1890 no fue mala para el ganadero, ya que fue de menos a más y fue, en la de 1891, en ascenso, cosechando algunos triunfos este caballeroso ganadero madrileño. En Madrid, el 31 de mayo de 1891, logró un gran éxito por la presentación y bravura de sus animales... ¡Cómo sería el sexto, que llevó el nombre de Escribano, negro girón, calcetero y de buna cabeza, para que presencia, ya al final de la corrida, arrancase de los espectadores una gran ovación, a la cual correspondió don Faustino saludando, desde su asiento, muy emocionado! Dicho toro, después de romperse el cuerno por la mitad, de salida, al derrotar en tablas persiguiendo a Miguel Almendro, continuó peleando como si tal cosa; y en conclusión, tomó ocho varas, por seis caídas y cuatro caballos para el arrastre. Por cierto que Rafael Guerra (Guerrita) logró con él un éxito resonante, por su magnífica labor con la muleta y el estoque... ¡Un toro bravo! A pesar de los terribles dolores que sufriría, el animal siguió bravo y noble hasta el momento de su muerte. La corrida, como antes decíamos, estuvo admirablemente presentada, ya que el segundo toro, Campuzano, negro, fue superior. Para botón de muestra diremos que un berrendo en cárdeno -¡bonito pelo!- lidiado en cuarto lugar, pesó la friolera de 34 arrobas. De los siete toros lidiados (el último lo mató un desconocido que se llamaba Antonio Fuentes) tomaron 49 varas, por 19 caídas y 12 caballos para el arrastre. La siguiente corrida, en Santander, de la misma temporada, fue muy buena y, en cambio, aflojó otra, jugada en Valladolid, de la don Faustino esperaba mucho. «El que cuece y amasa, de todo pasa.»

En la temporada de 1892, el revistero de El Toreo, con una nobleza muy de entonces, rectificaba su duro juicio de la anterior, diciendo: «La corrida de ayer ha colocado la vacada del señor Udaeta entre las mejores, y de ahora en adelante serán adquiridos sus toros con preferencia a las muchas ganaderías andaluzas.» Efectivamente, aquélla séptima corrida de abono madrileña, que mataron Lagartijo, Espartero y Jarana, ofreció un resultado magnífico, pues todo el lote manifestaba una presentación extraordinaria, fue muy bueno, sobresaliendo Aldeano, Miranda y Pardito (negro, berrendo en cárdeno y castaño, respectivamente) lidiados en primero, tercero y cuarto lugar. Tomaron los seis 44 varas, derribaron 21 veces y se vengaron con la muerte de 17 jamelgos, convirtiéndose en la mejor corrida de la temporada madrileña

Otros éxitos en provincia redondearon, para el nuevo ganadero, una lucida campaña, preludio de los grandes acontecimientos que, para la divisa morada y blanca reservaba el año 1893, en el cual alcanzó Udaeta en la Corte dos grandes éxitos, con pocos días de intervalo. El 7 de mayo de 1893, en primer lugar, un toro que cumplió; tres superiores seguidos, que tomaron entre los tres 27 varas, por 20 caídas y 10 caballos para el arrastre, y dos, en los últimos lugares, muy buenos. Según uno de los críticos más famosos de la época –nada menos que El bachiller González de Ribera-, los seis toros constituyeron una corrida «de las de perdurable recuerdo», no sólo por la bravura y el empuje de los animales, sino por sus condiciones de lidia, su hermosísima lámina y su inmejorable presentación. Una gran corrida. El cartel de Udaeta se puso aquel día por las nubes. ¡Bien considerable sería el triunfo cuando, habiendo gran expectación, principalmente por el ganado, en aquella séptima corrida de abono, con los diestros Rafael Guerra Guerrita), Jarana y Reverte en el cartel, el público no quedó defraudado por la pelea de los toros! Antes, muy al contrario, salió complacidísimo, lamentando únicamente que al berrendo en negro que abrió plaza, el picador Ramón Sánchez Postigo le abriera un boquete en las costillas, a consecuencia del cual, el toro empezó a tomar la huída, cosa que antes no intentara...
 


Subir