Gacetilla Taurina

Nº 060 - También nació en Puerto Real

Se trata de Francisco Briones – y ya está en la lista de los personajes que la Tertulia Taurina “Cambio de Tercio” va a rescatar del olvido, con el apoyo del alcalde de la Ciudad-, nacido en Puerto Real (Cádiz), el último de los picadores famosos nacidos en el siglo XVIII (1799), y uno de los que más años trabajó en la profesión en la historia del toreo, pues estuvo cuarenta años esperando, pica en mano, la arremetida de aquellos toros a los que nadie se enfrentaría hoy , a los que contuvo con poder y bravura siempre -y lo que no lograron las temibles y descomunales fieras-, sucumbió por las microscópicas bacterias de unas anginas el (09-12-1861), en la casa de la ganadera doña Gala Ortiz, viuda de Ginés. Esta señora tenía en su dehesa al honrado picador para que concluyera sus días, más bien como amigo que como criado.

Este paisano de Bernardo Gaviño, nacido trece años después, perteneció a la cuadrilla de Francisco Montes Reina (Paquiro). Se presentó en Madrid el (11-07-1836), pero ya picaba desde 1831, y desde este mismo año toreó con Paquiro. Aparece en cartelas de Madrid los años durante una decena de años y de no haber tenido aquel carácter suyo seco y aquella basta figura hubiera sido un picador de los más célebres. Bernardo Gaviño le ganó en la bondad y simpatía de su carácter y ambos dejaron muy buen recuerdo entre los aficionados que ahora se resucita para orgullo de los puertorrealeños.

Se cuenta de él algunos encuentros con aquellos cornúpetas formidables. Para muestra un botón, refiriéndonos a la agresividad y mansedumbre peligrosísima de aquellos primitivos toros que se lidiaban como se pudiera, pero que formaban parte de los “toros del público”: tal fue el caso del que llevó el nombre de Pajarito, lidiado en Málaga, el (16-08-1840); era de pelo negro mulato, corpulento y alto, perteneciente a la ganadería española de don José Arias de Saavedra, que de salida mató el caballo a Poquito-pan, arrojándole al callejón. Arrancó nuevamente y mató el caballo al picador José Trigo, arremetió a Francisco Briones, matándole el caballo del primer hachazo, e hiriéndole en la cabeza. Siguió de amo en el redondel hasta matar seis caballos.

En vista de la imposibilidad de picarle, el presidente ordenó se le pusiesen banderillas, cosa también casi imposible, no consiguiendo ponerle José Redondo (Chiclanero) más que una y esto con grandes apuros y traicioneramente. Se tocó a muerte y la verificó Francisco Montes (Paquiro) en los medios de la plaza de un golletazo a la media vuelta, sin precederlo de ningún pase de muleta. El diestro de Chiclana, que calificó a Pajarito de excepcionalmente peligroso y difícil, lo mató de un golletazo, sin darle ni un solo pase, y encariñado el público son Pajarito, indignados en una tremenda bronca, causaron bastantes destrozos, rompieron los tablones de los tendidos y arrojaron las sillas al redondel de la plaza para desahogo de su cólera.

Ni que decir tiene, que todas las ganaderías que derivaron de la famosa vacada fundada por el primer conde de Vista-Hermosa y seguida por sus sucesores, disfrutaron de la inercia que le inyectaron su fundador e impulsaron sus descendientes por más de medio siglo, mientras que los propietarios de las ganaderías de ella derivaron se limitaron a refinar detalles, adaptando sus toros a los tiempos cambiantes que les tocó vivir. Sin embargo, era tal la riqueza de aquella ganadería original, que en las que le precedieron, salieron a veces toros incalificables, tal fue el caso del astado que nos ocupa.

En realidad, se trató de un verdadero pajarraco, pues a sus ocho años unía un tamaño descomunal y una fuerza y ligereza pavorosas. No se dejó pegar de los picadores, y si el lidiador, en este caso José Redondo (El Chiclanero), cambió de tercio debió ser por miedo a que se vaciase la caballeriza, ya que en unos minutos despenó a seis jamelgos. Como se ve, el astado, ni por la fachanda, ni por la pelea, recordaba a los condesos, cuyas buenas cualidades en nada se parecían a los de otras ganaderías, aunque siempre llevaban la fiereza por delante y muy pocas veces la mansedumbre y el sentido excepcionales de Pajarito; mientras que en los de Vista-Hermosa, la nobleza era en ellos un complemento.

En la Feria de Abril de Sevilla de 1848, según puede leerse en la biografía de Juan Martín, escrita por Velázquez y Sánchez, de la que transcribimos una parte: «Después de torear Juan Martín con Francisco Montes (Paquiro) en la primera temporada de 1848, alternó el mismo mes de abril en el mismo circo de Sevilla con Juan Lucas Blanco; siendo memorable la corrida con seis toros de Concha y Sierra, de tan extraordinario tamaño y volumen como bravura y fiereza de condición. Entre ellos salió uno de pelo jabonero -al que bautizamos con el nombre de Barroso, recordando gratamente al alcalde de Puerto Real -, que pesó en la romana del desolladero 528 libras carniceras, y que arrancándose de extremo a extremo del palenque, tomó un puyazo de Joaquín Coito (Charpa), matándole el caballo y enviando el jinete a la enfermería, y destrozó a nueve caballos más, no dándole tiempo a los picadores de ofenderle en la rapidez y vehemencia de sus ataques en cuanto los divisaba.

Inutilizados los varilargueros y aterrados los de reserva, el público pedía picadores, y Juan Martín, por encargo de la autoridad, llegó a ofrecer tres mil reales a cada uno de los tres que estaban presenciando aquella tragedia: Hormigo, Francisco Briones y Álvarez; pero aprovechando la ocasión exigieron diez mil reales por tomar parte en la lid, y Martín, entonces, desplegó el capote ante el bruto, con ánimo de pararle los pies, ya que la falta de castigo de los jinetes le mantenían entero y acosando a los peones que osaban salir de los burladeros y las vallas. El encono de un sector del público en los tendidos de sol contra los espadas chiclaneros alcanzaba a Juan Martín, como segundo de Paquiro, y apenas, con grande riesgo de su persona, había lanceado al natural por dos veces al temible barroso, le lanzaron una piedra que le lastimó bastante las espaldas, en el preciso momento de disponerse para torearlo por detrás en la suerte inventada José Delgado (Pepe-Hillo)...»
 


Subir