Gacetilla Taurina

Nº 057 - Un banderillero de lujo

Siendo todavía muy joven, pues apenas tenía dieciséis años de edad en 1876, el sevillano Manuel Blanco (Blanquito) -ya había trabajado como ayudante de carpintero a las órdenes del padre del matador Enrique Vargas (Minuto) y después dos años en un taller de fundición-, su afición por el toreo - su carácter inquieto le llevó a la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería como mozo de cuadra- le inclinó a dedicarse a la pica, y como tal se presentó por primera vez ante los toros, pero pronto desistió y en 1880, año inaugural de la Plaza Real de El Puerto de Santa María, trabajó ya como banderillero, vistiendo por primera vez el traje de luces en la Plaza de Toros de Olivenza (Badajoz), toreando a las órdenes del novillero cordobés Paco el de los Peros. Cuentan sus biógrafos, y ello muestra el tono de broma y jarana que le fue peculiar toda su vida, que en aquella corrida guardó cuantos sombreros le arrojaron los portugueses, inmensa mayoría de los espectadores de aquella tarde, alegando que cuanto se arrojaba al ruedo era propiedad de los toreros, sombreros que vendió luego en su Sevilla a nueve reales la pieza.

Siguió toreando como rehiletero, haciéndose notar por sus extraordinarias aptitudes, prontitud, dominio de los terrenos y prestancia en la suerte, y en 1884, agregado a la cuadrilla del Enrique Santos (Tortero), se fue a América, toreando principalmente en el Uruguay, en cuyas plazas actuó en 30 corridas. Dos años después sucedieron dos acontecimientos en su vida taurina: se presentación en Madrid en la cuadrilla de Juan Jiménez (el Ecijano) y una intentona de cambiar los palos por el estoque, que tuvo asimismo por escenario la plaza madrileña, el (08-08-1886), y en la que, a pesar de su valor, no consiguió un resultado satisfactorio. Al final de temporada se trasladó a México con Cuatro-dedos y Zocato. Después, vuelto a España, con Ángel Pastor, Chicorro y el Cúchares de Córdoba, fueron los primeros matadores de alternativa con los que trabajó. Desde entonces, puede decirse que trabajó con todos los matadores de primera fila: Frascuelo, Lagartijo, Espartero, Guerrita y Lagartijillo utilizaron sus servicios. De plantilla figuró en la cuadrilla de Fernando Gómez (Gallo), con cuya hija mayor estaba casado; Cara-Ancha, Cúchares, Cuatro-dedos, Fuentes, Reverte, Arana, Montes y, finalmente, en la de su cuñado Rafael el Gallo, hasta que se retiró Blanquito del toreo.

Tuvo pocos accidentes graves. De ellos, los más serios, una cogida en la plaza vieja de Barcelona, el (23-11-1893), y en puntazo en el cuello, en la de México, en 1906, toreando en la corrida de beneficio a Bombita. Desde 1912, ya retirado, perdió de vista los asuntos taurinos. Él organizó la cuadrilla juvenil de Hipólito y Pacorro, y posteriormente fue conserje de la plaza de toros monumental de Sevilla. Falleció en esta ciudad, en 1920.

En resumen, Blanquito fue uno de los banderilleros más extraordinarios de su tiempo, y aun de cualquier época, de ahí que tiene su puesto en Las Gacetilla. No conoció la decadencia, y en sus últimos años, ya con cincuenta encima, competía, y ganaba la pelea, con los banderilleros de más facultades, pues reunía todas las condiciones exigibles: poder, ligereza, valor, inteligencia, y arte y alegría derrochados cada tarde. Ni los toros, ni toreros, ni suertes tuvieron secretos para él, y puede considerársele como uno de los banderilleros excepcionales y que más se han aproximado a un ideal de perfección. Como peón no desmerecía de su valía como rehiletero, y sabía ser duro y eficaz, siendo siempre artista y torero. Su cartel fue extraordinario, y en México, la temporada de 1886, llegó a cobrar 750 pesetas por corridas, a más de los gastos de viaje y subsistencia. Ello da idea del mérito que se le reconocía.
 


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