Origen y Evolución del Toreo

Num. 31 Origen de la Fiesta de los Toros - Cronología Historica en España (Siglo XVII (1600)

Siglo XVII:

Otro de esos antiguos diestros fue Diego de Latorre, vecino de Logroño, que toreó en a pie en el siglo XVII, y concurrió a Pamplona el año 1611, a torear en las fiestas celebradas allí en honor del virrey de Navarra.

Diego de Latorre fue invitado a las fiestas en honor del virrey por Miguel Sánchez, también toreador y compañero del famoso Joan Díez Íñiguez de Baldosera y, como él, riojano. Su fama debió ser grande, pues con ocasión de dichas fiestas se dirigió al virrey y a Juan Díez el secretario de la ciudad de Pamplona con una carta cuyo tenor nos dio a conocer sus habilidades:

«A Joan Díez Iñiguez de Baldosera, o su compañero Miguel Sánchez, toreadores, salud. Esto señores del Reximiento han determinado que se corran toros el lunes que primero viene, y así me han dado orden vengan cuatro compañeros ese día para torear, y que si es posible, importa traigan los zancos y personas que sepan andar en ellos, porque quisiaeran regocijar mucho esta fiesta, por amor del Señor Virrey, y lo que se les suplica es que no falten de venir para este día, que en lo de la paga no habrá desconcierto. Guárdele Dios. Pamplona, 3 de agosto de 1611.»

Cumplieron los toreadores el deseo de la ciudad, y llevaron consigo a Francisco de Mogastón y a Diego de Latorre. Acabada los cuatro toreadores nombrados para fiesta de toros dirigieron a los habitantes de Pamplona el siguiente oficio: «Los residentes en la ciudad de Logroño dicen que, en virtud de una carta que el sábado último pasado recibieron de Vuestra Señoría, vinieron ayer lunes, por la mañana, a torear los toros que se han corrido dicho día, con una danza de cuatro zancos, y por ser el tiempo tan breve han tendio mucha costa, por haber venido cada uno en cada cabalgadura, por la afición y voluntad que tienen enn servir a esta ciudad, y suelen venir todos los años a regocijar la fiestas del glorioso San Fermín y otras que se le ofrecen, y han toreado conforme Vuestra Señoría ha visto, y danzado.» «La ciudad -dice Don Ignacio Babestena, de quien estos datos proceden- premió sus méritos dándoles 200 reales, y por ciero, en el libramiento firmaron todos ellos con mano propia y no por ajena, como en aquel entonfces acostumbraba hacerlo el 90 por 100 de los mortales.» *Don Francisco Laso, caballero que rejoneó en la plaza del Retiro, de Madrid, acompañado del duque de Abrante y otros, en el año 1665

¿Y quién fue don Juan Díez Íñiguez de Baldosera?.

Un lidiador de toros, más conocido por Candil, nacido en el último tercio del siglo XVI en Rincón de Soto, en la Rioja. Desde 1602 tomó parte en las fiestas de San Fermín de Pamplona, siguiendo sin interrupción hasta 1629. En 1607 consta que «sacó una invención de zancos nunca vistos», y toreó y anduvo con ellos tres días. En las cuentas que se conservan en el Archivo municipal de Pamplona consta que cobró 50 reales. Danzaba y lidiada sobre ellos con rara habilidad, y asimismo ejecutaba todas las suertes, incluso la de matar. Entre él y sus cuatro compañeros de cuadrilla cobraban por función 100 reales. Estas habilidades de orden casi gimnnástico, parece bien encontrarlas en el arranque histórico del toreo navarro, pues ellas terminaron formando su carácter. En este sentido las notivias de Candil, torero casu quinientista, tienen excepcional interés.

1600:

Acerca de los toros en la antigüedad de España, Moratín nos cuenta: “La ferocidad de los toros que cría España en sus abundantes dehesas y salitrosos pastos, tanto como el valor de los españoles, son dos cosas tan notorias desde la más remota antigüedad, que el que las quisiera negar acredita su envidia o su ignorancia, y yo no me cansaré de satisfacerle; sólo pasaré a decir que habiendo en este terreno la previa disposición en hombres y brutos para semejantes contiendas, es muy natural que desde tiempos antiquísimos se haya ejercitado esta destreza, ya para evitar el peligro, ya para ostentar el valor, o ya para buscar el sustento con la sabrosa carne de tan grandes reses, a las cuales perseguirían en los primeros siglos a pie y a caballo en batidas y cacerías.”

Siguiendo con el siglo XVII, sabemos que tras la muerte de Felipe III, su hijo Felipe IV, fue jurado el (17-01-1608), en San Jerónimo, y tan aficionado o más que su padre, mandó repetir las fiestas de toros, que costeó la villa de Madrid, y todos los jóvenes de la grandeza, y a pie y a caballo, tomaron parte en ellas como lidiadores y, además, poseyó una vacada importante en una finca real del término municipal de Aranjuez (Madrid). Dichas fiestas se efectuaron por bajo del terreno del Alcázar en donde se construyó un palenque y gradería para las damas. Ya tenemos pues, hacia 1610-12, el primer ganadero y ganadería brava documentada.

Desde el inicio del siglo XVII los madrileños aprovechaban cualquier ocasión para correr toros, más bien en principio para que los nobles y caballeros los alancearan y rejonearan, al tiempo que algunos chulos comenzaron a lidiarlos a pie, en la Plaza Mayor. Era ya cuando triunfaba la monta a la jineta y brotaba espléndido el arte del rejoneo, fue precisamente cuando éste quedó enlazado directamente con el toreo de a pie que es típica y genial creación andaluza en contraposición al toreo pirenaico, que si bien se realiza sin caballo, tiene una muy diferente interpretación. El toreo norteño se realizaba a cuerpo limpio; es decir, sin trapos para engañar la reses, y tenía por objeto demostrar que el que lo ejecutaba era valiente y disfrutaba de notable destreza física. En cambio, en la versión andaluza, privaba la astucia del racional que lograba vencer y domeñar la fiera y el poder de los toros a los que se les engañaba con el arte y el ritmo que le imprimía a la capa.

Asimismo en ese siglo XVII se produjo una espontánea participación del pueblo llano en las plazas públicas, pues ya comenzó a gustarle a mucha gente demostrar sin el apoyo de la caballería su arrojo y habilidades. Tanto es así que ya en las postrimerías del siglo dice Valenzuela, el valido de la reina doña María de Austria, que la presencia de los caballeros está justificada por ser los que socorren con gran cuidado a los peones que ya participaban en aquellas fiestas en las que comenzaba a predominar un carácter eminentemente popular, que fue el que se terminó apoderando de estas fiestas táuricas en el siguiente siglo. En dicho apoderamiento influyó la falta de afición que por lo taurino dejaron de sentir los monarcas españoles del Casa de Borbón, que motivó el que los nobles se alejaran paulatinamente de alancear toros.

Taurino sobremanera es el Barroco. Hay años de la vida española en que lo popular se aristocratiza y lo aristocrático se hace plebeyo. En estos años lo popular a alcanzado en más bajo nivel de educación y de valores humanos nuncas antes visto en España y lo aristocrático y la realeza se están haciendo plebeyos, de la mano de enlances, por ejemplo reales, que garanticen la continuidad de la sangre aunque sea bastardeada. Velázquez, en pleno siglo XVII, retrata a hombre con harapos, pero llenos de distinción. Él fue aficionado a las corridas de toros y hasta cronista de ellas cuando estaba a punto de entregar su alma a Dios.

Nuestros clásicos se recrearon con alusiones taurinas. Se hallan en las obras de Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Gracián, Calderón, Quevedo y, sobre todos, en la vida del conde de Villamediana, que además de poeta fue ardoroso torero a caballo y hombre muy enamorado, tanto que le costó la vida. Para el torero a pie en tiempos de lope, retengamos en el episodio de su comedia Peribáñez y el comendador de Ocaña, publicada en 1614. Como en tantas bodas en familias campesinas, se corre el novillo nupcial. Es una res ensogada. La cuerda hace que caiga derribado el Comendador al intentar lucirse ante Casilda, la novia. La joven se apena, inicialmente, de la desgracia del caballero. Una vez el toro encintado y traído al centro del llugar, el novio pretende torear ante su amada., y cuya pasión por ella no disminuyó con la caída que sufrió del caballo y el consiguiente revolcón.

Aumentose, pues, lo verdaderamente espectacular y emotivo de la fiesta brava en el siglo XVII, en el que se dejó sentir la presencia de lidiadores de a pie, especialmente de diestros navarros, pasando los jinetes de alancear a proteger con quites y evitar los riesgos de esa espontánea y anárquica lidia, que realmente nació aquella centuria. Siglo también de solemnes festejos celebrados como todos los de aquellos tiempos en las plazas públicas debidamente ajustadas a los efectos en las que con corridas reales se conmemoraban los fastos más importantes del país.

La relación de los nobles y caballeros rejoneadores que actuaron en festejos taurinos a lo largo del siglo XVII es verdaderamente larga, como veremos seguidamente, con la observación de que casi todos fueron citados por don José Daza, y que seguidamente citamos por orden alfabético de sus nombres, primero, y después de sus apellidos:

Ya citamos cómo nuestros clásicos se recrearon con alusiones taurinas. Se hallan en las obras de Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Gracián, Calderón, Quevedo y, sobre todos, en la vida del conde de Villamediana, que además de poeta fue ardoroso torero a caballo y hombre muy enamorado, tanto que le costó la vida. Para el torero a pie en tiempos de Lope, retengamos en el episodio de su comedia Peribáñez y el comendador de Ocaña, publicada en 1614. Todos esos hechos anteriormente descritos sucedieron en la España de fines del reinado de Felipe II, que bien puede ser la de Felipe III y los comienzos del tiempo de Felipe IIV. Se iniciaron fiestas de toros en toda España para celebrar la canonización de Santa Teresa, en 1622. No hay manera de saber si nuestro talante es en verdad festivo y no tapadera y trasunto de graves pesares colectivos, señala Claramunt.

Sabía Usted que a comienzo del siglo XVII ya se corrían toros en esta ciudad, concretamente en la explanada de la Iglesia Mayor Prioral? A finales de este siglo, concretamente en 1697 y en la explanada de la Plaza del Polvorista (donde hoy está ubicada la Casa Consistorial), se levantaron los primeros tinglados de vigas y tableros que dieron lugar a la creación de los circos taurinos, como entonces se le llamaban a las hoy plaza de toros. En 1746 ya hacia varios años que venían celebrándose estos festejos en la Plaza de la Herrería. Este circo se conocía con el nombre de Plaza de Las Galeras. En 1769 se construye la primera plaza fija de madera en el Ejido de San Francisco, y en este mismo lugar se sucedieron otras durante los años 1775, 1.783, 1.802 y 1.813, siendo esta última devorada por un incendio estimulado por el calor y el fuerte viento de levante, que aún hoy en día es visitante habitual de nuestra ciudad, reduce a cenizas en breves instantes aquella antigua y remendada plaza de madera.

Rejoneadores:

Conde de Cantillana, caballero rejoneador sevillano del siglo XVII y tal vez el más famoso de su tiempo. Tomó parte en las fiestas más importantes que se celebraron durante el reinado de Felipe IV, y son numerosísimas las alusiones literarias que se encuentra a su habilidad. Entre ellas, Vicente Esquivel, en su Vida del escudero Marcos de Obregón, nos informa de «que grandísimo aliento derriba a un toro muerto de un garrochón», y aun más encomiásticamente, Luis Vélez de Guevara, en su Diablo Cojuelo, acrecienta con donaire: «El bizarro conde de Cantillana, gran cortesano, galán y palaciego, airoso caballero de la plaza, crédito de sus aplausos y alegría de sus reyes, que esto confiesan los toros de Tarifa y Jarama cuando cumplen con sus rejones como con la parroquia.» Don Gabriel de Bocángel de dedicó hasta dos romances en celebridad y aplauso de sus habilidades de lidiador de toros a caballo. Lópe de Vega alude en Las bizarrías de Belisa, J. I, Escena II, en estos versos: «Miraba a pie la pendencia, todo tabaco y bigote, como si estuviera el necio, de la plaza en los balcones, y el conde de Cantillana, acuchillando leones.» Finalmente, don Francisco de Rojas, en su deliciosa comedia: Entre bobos anda el juego, se refiere a él en éstos versos: «Juega la espada y a daga, poco menos que el Pacheco, Narváez, que tiene ajustada, la punta con el objeto; si torea es Cantillana, es un Lope si hace versos.»

Matadores:

Juan Díez Íñiguez de Baldosera (Candil), lidiador de toros, nacido en Rincón de Soto, en la Rioja, hacia el año 1575, es probable que viviera hasta 1630, siendo históricamente uno de los primeros estoqueadores conocidos. Desde 1602 tomó parte en las fiestas de San Fermín de Pamplona, siguiendo sin interrupción hasta 1629; pero ello deja abierta la posibilidad de que ya actuara como tal hacia el año 1595. En 1607 consta que «sacó una invención de zancos nunca vistos», y toreó y anduvo con ellos tres días. En las cuentas que se conservan en el Archivo municipal de Pamplona consta que cobró 50 reales. Danzaba y lidiada sobre ellos con rara habilidad, y asimismo ejecutaba todas las suertes, incluso la de matar. Entre él y sus cuatro compañeros de cuadrilla cobraban por función 100 reales. Estas habilidades de orden casi gimnástico, parece bien encontrarlas en el arranque histórico del toreo navarro, pues ellas terminaron formando su carácter. En este sentido las noticias de Candil, torero casi quinientista, tienen excepcional interés.
 


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