Origen y Evolución del Toreo

Num. 27 Origen de la Fiesta de los Toros - Cronología Historica en España (Siglo XVI (1578)

1578:

Prólogo


Desde los comienzos de este siglo XVI, si como dice don Manuel Martínez Alonso (*), nos atendemos a los datos que nos suministra D. Hipólito Sancho, notable historiador portuense, ya desde entonces se corrían toros en El Puerto de Santa María. El escenario era por entonces la amplia explanada de la Plaza de la Iglesia Mayor, cerrados sus accesos con vallas o carromatos y repletos sus balcones hasta rebosar, de un público entusiasmado y vocinglero. No se puede hablar aún, pues, con propiedad, de Plaza de Toros…, pero sí de plazas mayores, siempre ubicadas en el centro de las ciudades, donde durante siglos se celebraron las corridas de toros.

El nombre de “plaza” otorgado a los circos taurinos actuales ha sido consecuencia heredado de que las fiestas de toros comenzaron celebrándose en las referidas plazas mayores, que cambiaron su apellido por el de “toros”, después de haber seguido una interesantísima evolución. El indudable carácter callejero y supuestamente improvisado de los ancestrales espectáculos taurinos, que fueron convirtiéndose “en el plato fuerte” de las fiestas patronales, lo mismo en México que en España, pasaron de meras concentraciones locales a regionales y, por último a nacionales, enmarcadas durante las celebraciones de las ferias más importantes, una vez concluidas las de carácter religioso.

Las plazas de toros, que hoy adornan arquitectónicamente muchas ciudades, es la culminación de un curioso proceso evolutivo. De aquellas plazas cercadas con carros, con las bocacalles taponadas con maderos y andamios formando graderíos, se fue pasando a espacios cerrados más o menos permanentes, con gradas desmontables y siempre de madera clavadas, cada vez con mayor aforo y mejores servicios en las ciudades de cierto rango, porque en las pequeñas poblaciones la sencillez de las instalaciones han permanecido casi sin variación, a no ser que en lugar de carromatos el redondel queda formado por tractores y remolques.

Y al fin, comenzaron a construirse circos de fábrica, sorprendentes edificios con carácter permanente y duradero, “en cuyas construcciones se da entrada a los más resistentes y nobles materiales.” Esta última etapa ha sido un fenómeno relativamente reciente. En México, concretamente en la ciudad colonial de Zacatecas, se inauguró un hermoso coso el (16-09-1866), catorce años antes que la plaza de toros levantada en El Puerto de Santa María. La primera de piedra y ésta de ladrillos.

Tendremos que seguir dejando correr el tiempo, hasta llegar al año 1578, para toparnos con los valiosos documentos que nos relatan la famosa corrida real ofrecida al rey don Sebastián de Portugal, cuando recaló en la ciudad de Cádiz camino de sus conquistas africanas donde perdería su vida. El Rey lusitano manifestó su deseo de conocer los juegos de cañas “rostro a rostro” típicos de Jerez de la Frontera y famosos en Europa, prohibidos en aquellos días por la rivalidad creada entre dos familias jerezanas, los Dávilas y los Villavicencios, enemistad que se saldó con la muerte de un contendiente. Al historiador Hipólito Sancho debemos el conocer las diferencia entre los Juegos de Cañas de Jerez y los del resto de España.

El duque de Medina Sidonia aceptó montar el citado espectáculo al monarca portugués en la Plaza de la Corredera de Cádiz y don Sebastián supo valorar la diferencia de estos peligrosos juegos jerezanos distintos a los de “a grupas vueltas” que se practicaban en toda España, incluida la propia ciudad de Cádiz. La Plaza de la Corredera estaba situada delante de la ciudad medieval amurallada, actualmente el barrio del Pópulo, que muy pronto se extendió hacia dos ermitas, la de Santa María y Santiago, a los que se accedía por la Puerta de Tierra, o Arco de los Blancos y por la Puerta de Poniente o Arco de la Rosa.

Era, sin duda, la plaza más grande de Cádiz, y su frente principal lo formaban las Casas del Cabildo, apoyadas en la muralla de la trimilenaria ciudad, delante de la Torre de la Pólvora, y junto a ellas, el Hospital de la Misericordia hacia un lado y la Alhóndiga, Pósito del trigo, la Casa de los Gobernadores, el almacén de las armas, la Cárcel y la Puerta de la Villa, o del Mar, con su capilla de la Virgen del Pópulo, hacia el otro, según descripción de la evolución urbanística de la ciudad de Cádiz (2 y 3). Dicha plaza sólo tiene tres lados, el cuarto es la playa de dorada arena y el mar, convertida hoy en el puerto de la ciudad. El nombre de “corredera”, le vino de la costumbre de correr en ella los toros desde los tiempos de la reconquista, si bien tenemos noticia de que en la ciudad de Córdoba se construyó otra plaza con el mismo nombre en 1683, en el barrio de la Anarquía, según el modelo de la plaza mayor castellana, especialmente diseñada para espectáculos taurinos. En Jerez también hay una calle con el mismo nombre. Según el conde de las Navas, la propia conquista de Cádiz, el año 1260 (Véase este año), fue celebrada, por el rey Alfonso X el Sabio, con Fiestas de Cañas y Toros.

En la interesantísima obra “Cádiz, Origen del Toreo a Pie (1661-1858)” publicada en Cádiz en el 2002, refiriéndose a las corridas celebrada en su plaza de La Corredera, el historiador Guillermo Boto Arnau, cita que “de una forma general se acepta que fue el cambio de dinastía de los Austrias a los Borbón y, muy especialmente, la “aversión· de Felipe V a las fiestas de toros, la que produjo la retirada de los nobles de esta afición. Muchas corridas a caballo, tanto en Madrid como en provincia, se debían a la celebración de acontecimientos reales, bodas o nacimientos de príncipes. Otras estaban “votadas” por los ayuntamientos para celebrar fiestas locales o ceses de epidemias por la intercesión de algún santo. Algunas por acontecimientos familiares de la nobleza local o victorias de nuestras armas.

Se dice así, que la retirada de los nobles dejó en manos de los “chulos” y pajes que los acompañaban, el cubrir estos festejos. Esta es en síntesis, la “historia oficial” del inicio del toreo a pie. Sin embargo, Boto Arnau asegura que no fue así. En esto estamos completamente de acuerdo, ya que el inicio del toreo de a pie está inmerso en el arranque de una fascinante evolución, teniendo mucho que ver la decadencia progresiva de los enfrentamientos entre los caballeros cristianos, a modo de entrenamiento, para mantenerse en forma a los nobles que nutrían los ejércitos –bajo órdenes “circulares” de la Corte, que llegaban los Cabildos Municipales de toda España, surgiendo así en seis ciudades, en diversos años, la Reales Maestranzas de Caballería, de las que sólo persisten cinco: Sevilla, Granada, Ronda, Valencia y Zaragoza. La de Jerez tuvo una efímera vida (Cfr. Hipólito Sancho)-, una vez terminada la reconquista. Ya no tenían contra quien enfrentarse. Irrumpieron entonces en los juegos de cañas y toros, primeros pasos del rejoneo más primitivo. A ellos acudían especialmente la nobleza y poco sitio había para el populacho.

Y así, de la mano de la adopción de la monta a “la gineta”, aprendida de los árabes, hizo que se manejaran mejor los caballos, dirigidos ahora con las rodillas llevando las piernas flexionadas y las manos más libres, permitiendo la aparición del rejoneo en los albores del siglos XVII. En Cádiz, apenas queda documentación local anterior a 1596, debido a la destrucción provocada ese años por la flota anglo-holandesa; por ello no existen noticias de las fiestas de toros y cañas anteriores a esa fecha. Sin embargo, como hemos citado, en la obra “Historia de Cádiz y su provincia”, de Adolfo de Castro, se relata la corrida celebrada en honor al rey lusitano don Sebastián, diciendo:

“Llegó a Cádiz don Sebastián con su potente armada, y en Cádiz fue muy festejado por la ciudad, asó como por don Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia y Capitán General de Andalucía y costas del océano. El regidor don Luis de Valenzuela Marrufo de Negrón hospedó en su casa al Rey, el cual desde los balcones presenció una fiesta de toros que la ciudad dispuso en su obsequio. Pendían de las ventanas y de los tablados riquísimas colgaduras: las damas y los caballeros de esta ciudad ostentaban joyas de gran valor: todo para engrandecer más dignamente el festejo en honor de tal alto personaje. El regocijo público se turbó por un momento por la braveza de uno de los toros que derribó con muerte de sus caballos a dos de los valerosos y diestros caballeros que salieron al coso. Los lacayos –chulos- no se atrevían a desjarretarlo -es decir, a acercarse lo suficiente para cortar los tendones de las patas traseras el toro con la media luna-, pues todos huían de su ímpetu horrible.

De una parte lo silban, de otra le arrojan en vano la garrocha, de otra le amenazan con lanzas de hierro ancho y cortador, de otra le asestan piedras. Escarba el bruto feroz la arena, huélela y en su mismo hocico la levante, bramando horrendamente. Arranca con impetuosa acometida al que ve más cerca y menos cuidadoso; tiembla a su furia el suelo, espanta y atemoriza su fiereza, desalienta a aquel en cuyo seguimiento corre con la atención puesta en sólo cogerlo, cerrados los ojos, sin reparar en su furor desatinado en cuanto delante se le ponga.

Viendo el desaire en que iban a quedar los caballeros gaditanos en presencia del monarca extranjero y de tantos señores de Portugal, no pudo contener su impaciencia ni sus bríos el huésped de don Sebastián. Monta prestadamente un caballo don Luís de Valenzuela y entra en la plaza. Ninguno osaba echar la capa a los ojos de la fiera, ninguno tirarle del cuerno atrevidamente. Era un relámpago en la acometida. Hondo silencio sucede a la vocería de la plebe. Todos tiemblan por la suerte del caballero, y al verlo en peligro se les oprime el corazón cual si estuviera entre dos piedras.

El toro corría lleno de heridas, dando bramidos de dolor y levantando el polvo que había pisado. Sus penas ya no quitaban las penas a los que estaban mirando desde los tablados y desde las ventanas, ni menos se contentaban con verlo tan maltratado, ni se oían palmadas ni voces de alegría. Solamente confiaba en el valor del caballero el rey don Sebastián. Así lo decía la valiente perspicacia de sus ojos. Túrbase por breve instante el espíritu de Valenzuela: más presto torna a encendérsele, aún más acrecentado, el ánimo generoso. Teme el animal acostumbrado a ver huir, y se retira; más vuelve al fin a acometer arrepentido de su instantánea vacilación. Recíbelo Valenzuela en su espada, que le atraviesa la cerviz con unánime grito de alegría que se levantan al cielo, en tanto que con los sombreros quitados, cubiertos de varias y hermosísimas plumas, todos los caballeros saludan su valor y su felicidad.”

Esta narración, nos dice Adolfo de Castro, fue estudiada minuciosamente por el historiador Hipólito Sancho que, en un documentado trabajo, la despojó de algunas inexactitudes y demostró que estos errores, raros en el historiador gaditano, provenían de haber citado de memoria al carmelita Jerónimo de la Concepción.

El (01-07-1578), en una carta de don Juan de Silva, conde de Portalege, a Zayas, el secretario de Felipe II, que seguía con cierta preocupación la estancia de don Sebastián en Cádiz, le dice: “El rey ha deseado de ver en la playa desde su bergantín un juego de cañas al uso de Xerez para después de mañana y no habiendo más de un día en medio se ofrecen algunos del lugar a hacerlo y así creo que se hará.” La falta de tiempo se corrigió, aunque no sabemos si al fin vinieron los jerezanos ó fueron nobles gaditanos los que actuaron, ya que no existen actas en el Ayuntamiento de Cádiz, como hemos dicho, anteriores a 1596 y en las del Ayuntamiento de Jerez nada se menciona.

En una segunda carta a Zaya, fechada el (06-07-1578), el conde de Portalegre confirmó:”… lo que ocurre de nuevo es haberse detenido hasta ahora, esperando tres mil hombres que habían de llegar de Algarbe y llegaron ayer, estando su Majestad en la playa embozado viendo una fiesta de toros y juego de cañas que el Duque ha mandado hacer por haber deseado ver desde la galera, en la playa el juego de rostro a rostro que se acostumbra en Xerez y aunque lo pidió el martes en la tarde, se pudo hacer la fiesta el sábado tan solemne como se hace en la corte de V. M. muy sobreacuerdo el duque vino embozado a dar calor a la fiesta y tuvo muy bien aderezada las ventanas del Rey.”

Adolfo de Castro se inclina a creer que, dado los específico del juego de cañas jerezano, llamado “rostro a rostro”, y habiendo tiempo suficiente, por la espera obligada a los soldados lusitanos del Algarbe, lo realizarían nobles de Jerez, venidos expresamente a Cádiz, ya que en otros textos de la época se narra este episodio, como el “Viaje del mundo”, impreso en Madrid en 1614 del clérigo jienense Pedro Ordóñez de Ceballos y la “Relación verso donde se da cuenta de la fiesta con que el duque de Medina Sidonia obsequió en Cádiz al Rey de Portugal D. Sebastián a su paso para Berberia”, recogida en “Relaciones de solemnidades y fiestas públicas de España”. En Portugal, en la “Historia das torradas”, de Eduardo Noroña, se afirma erróneamente que la fiesta fue en Jerez.

Por otra parte, según aparece en actas del siglo XVII, tenemos noticias de cómo venían de Jerez a Cádiz, ya que en esta fecha lo era el capitán Benavides (Acta del Cabildo de Jerez del (28-07-1578): “…(se) recibió carta del capitán Benavides, corregidor de Cádiz, avisando de cierta cantidad de velas de moros que habían visto…” Por otro lado, lo que Hipólito Sancho niega es que don Luis de Valenzuela fuera corregidor a finales de mil seiscientos, un siglo después de la llegada de don Sebastián –¿acaso no pudiera ser ya su hijo?-, y la confusión de Adolfo de Castro ocurrió por haber heredado Valenzuela la casa de la calle del Hondillo, esquina a la Corredera -estaba en la esquina de las calles Alonso el Sabio (Pelota) y Marqués de Cádiz (Hondillo). Entonces no existía la manzana que está delante (Casa Amaya) por lo que dicha casa daba a la plaza de la Corredera, formando su lado occidental-, desde cuyos balcones presenció las fiestas don Sebastián, independientemente de las fiestas de cañas que vio desde su bergantín en la playa, y porque en estas casas también presenció una corrida de toros Felipe IV, en su viaje a Andalucía en 1625 –no sabemos si fue primero a la famosa cacería a Doñana o después de visitar Cádiz-, si hemos de creer el relato de Fray Jerónimo de la Concepción. y

No deja de ser curioso que, después de este detallado estudio de Hipólito Sancho, contestando con él sendos trabajos sobre el tema, de Gregorio Corrochano y Tomás García Figueras en el diario “España” de Tánger de (24-02 y 06-03-1946). El Rey don Sebastián era un hábil rejoneador, como lo citan diversos documentos de su época, y de ello se hace eco el célebre diestro Francisco Montes (Paquiro), en su Tauromaquia.
 


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