Origen y Evolución del Toreo

Num. 23 Origen de la Fiesta de los Toros - Cronología Hístorica en España (Siglo XVI (1526-1527)

1526 - 1527

El día de San Juan Bautista (24-06-1526), se celebró la primera corrida de toros en el Continente Americano, en la Ciudad de México, ya que se saben fechas, nombres y lugares que precisan el nacimiento exacto de las corridas de toros en nuestro país. Es decir, que la primera noticia cierta de la celebración de una corrida de toros en tierras de América, concretamente en México, data del (24-06-1526). La contó Hernán Cortés en carta dirigida al Emperador Carlos V: “Otro día que fue de San Juan (24-06-1526) como despaché este mensajero llegó otro estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”

En Tlaltenango, Zacatecas, tierra además bravía, escenario de las grandes gestas revolucionarias que le dieron a nuestro país libertad, pujanza y prosperidad cuentan en su haber con ser prácticamente la cuna de toro bravo en nuestro país, sin tomar en cuenta que don Juan Gutiérrez Altamirano, primo de Hernán Cortés, trajera los primeros toros navarros para realizar la primera corrida de toros de que se tenga noticia y según consta en cartas de relación a la corte española la fecha histórica citada, con lo que se celebraba el regreso del conquistador de las Hibueras.

Le correspondió al insigne maestro e ilustre erudito don Nicolás Rangel, nacido en León (Estado mexicano de Guanajuato), muerto en la ciudad de Cuernavaca (Morelos), el año 1935, consignar en su famosísima obra histórica denominada: «Historia del Toreo en México. Época Colonial, 1529-1821», editada en 1924, que «la primera corrida de toros se realizó en territorio de Anáhuac el (13-08-1529)»

En la misma obra, don Nicolás Rangel sostiene los argumentos históricos para asegurar la fecha señalada, misma que anunció jubilosamente entre el distinguido grupo del que formaba parte, como lo era nada menos que el gran orador y hombre culto don Jesús Urieta, el finísimo poeta José Juan Tablada, Jesús Luján, Efrén Rebolledo, Ernesto Elorduy y muchos otros, cuya presencia habitual, hicieron famoso el todavía vigernte Café Salón Bach y la Cervecería Salón del Comercio. Y sucedió que don Nicolás Rangel publicó la obra señalada el año de 1924, que incluía en el título del libro el mismísimo año de mil quinientos veintinueve, como lo señala el conocido cronista taurino mexicano don Manuel Montes de Oca «El Filibustero» (Diario La Afición, sábado 5 de junio de 1999, página 22).

Sin embargo, el también importante historiador e investigador don José de Jesús Núñez y Domínguez, habiéndose ya publicado la obra de de don Nicolás Rangel, encontró que en otra obra editada muchos años antes, se expone que la primera corrida de toros fue el 24 de junio de 1926. Núñez y Domínguez se apresuró a llevarle el dato a don Nicolás y al conocer los datos, los hechos y su sustento histórico le manifestó que había que esperar a que la primera edición de su libro se agotara para poder hacer la aclaración en la segunda y poner las cosas en su lugar.

La situación anterior es narrada por don José de Jesús Núñez y Domínguez en su espléndida obra titulada: «Historia y Tauromaquia Mexicanas», que fue editada en 1944 por Ediciones Botas y se transcribe dicho relato en la página número 12. Cabe destacar que la fecha en que fue publicada la obra de don Nicolás Rangel, en 1924 al de 1935 en que murió el distinguido maestro guanajuatense, transcurrieron más de diez años, en los que bien pudo haber realizado la aclaración pertinente y no la hizo.

La falta de dicha rectificación, no ha impedido que hoy en día esté unánimemente aceptada por todos los historiadores e investigadores del mundo, la última fecha señalada, como ha quedado consignada en el libro titulado: «Efemérides Nacionales o Narraciones anecdóticas de los asuntos más culminantes de la Historia de México», y cuyo autor es Ricardo Pérez, miembro de la »Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística», México 1904. Libro cuya existencia ignoraba don Nicolás Rangel.

Es pues, enteramente seguro, que la primera corrida de toros que se efectuó en México fue el día de San Juan, exactamente el (24-06-1526), en que «la Ciudad entera ardía en festejos de todo linaje», según la cuenta el cronista soldado Bernal Díaz del Castillo. Tal vez las dos fechas marquen una mínima diferencia, pero cobran una importancia inconmensurable tratándose de la primera corrida de toros en territorio azteca. Dejando a un lado los anteriores datos, es a la región de Tlaltenango, en el Estado mexicano de Zacatecas, tierra bravía y escenario de las grandes gestas, primero entre las tribus caxcanas y después a lo largo de la Revolución que le dieron a nuestro país libertad, pujanza y prosperidad, la que tiene el alto honor de ser la cuna del toro bravo en México.

1527:

Contamos con múltiples referencias, desde muchos siglos antes del reinado del emperador Julio César, de que el alancear, y no precisamente toros, tuvo su origen hace ahora unos once mil años, cuando ya los hombres utilizaron lanzas de varas de mediano tamaño con puntas de afilado pedernal o de sílex que lanzaban los nativos americanos tanto a sus presas, incluyendo los mamuts, en los alrededores del gran Lago, donde hoy está la ciudad de México, como a sus hermanos enemigos. Desde entonces este tipo de armas se fue perfeccionando hasta que dos mil años a. de C., los arios, en una de sus temida correrías, irrumpieron una vez más en Grecia cabalgando y llevando afiladas lanzas de hierro. Después, el uso de la lanza se generalizó y todos los ejércitos, entre ellos los de Alejandro Magno y después los romanos, llevaron compañías de Lanceros o alanceadores profesionales, y Julio César alanceaba toros en los bosques de Europa, hasta relativamente hace muy poco tiempo.

A todo lo largo de la Edad Media la lanza fue un arma fundamental en todas las contiendas bélicas. Incontables cristianos y árabes fueron alanceados entre sí en los campos de batalla. Basta recordar que las Cruzadas -dice Hilario Belloc, en su obra «The Crusades» que transcurrieron de 1096 a 1271, fueron en su totalidad una pugna constante entre la civilización Occidental y el mundo hostil del Islam, una verdadera Morisma de muerte y destrucción, que subyugó casi por completo a Europa. Fueron una campaña continuada, y aún una sola batalla, en un primer período, de noventa años, con un objetivo político: rescatar los Santos Lugares... Batalla que comenzó con una ofensiva victoriosa y terminó en una completa derrota, al contrario de La Morima. En aquellos años el Islam arrojó provocativamente el guante a la Cristiandad. Brotó y creció, lógicamente, un inveterado aborrecimiento mutuo entre la Cruz y la Media Luna; y mientras para los musulmanes los cristianos eran los odiados o «Giaouls» (incrédulos), para los cristianos los mahometanos eran los «Perros Infieles.» En nuestros días el terrorismo árabe se está enfrentando a Occidente.

Los casi ocho siglos que duró la Reconquista de España (711 a 1492) el suelo español fue una verdadera alfombra de sangre y millones de árabes y cristianos murieron alanceados. Y así llegamos al ocaso de la Edad Media y al amanecer de la Edad Moderna, a finales del siglo XV, fue cayendo en desuso el empleo generalizado de la lanza, arma bélica por excelencia, y que se usaba asimismo en los juegos de o justas entre la nobleza, como parte de ejercicios de entrenamiento para la guerra. Al finalizar la Reconquista la nobleza se dedicó a alancear toros y jabalíes principalmente y la lanza dejó paso al garrochó o rejón, arma ésta más cortesana. La nobleza, principal ejecutora de contiendas bélicas, justas y torneos, se decantó por la vida más fácil de la corte, reunidos en torno a los reyes, y guerreando con intrigas palaciegas más que con armas de campo.

Durante siglos, los nobles y caballeros, no se despojaron de sus armaduras, y esto les obligaba a utilizar lanzas y espadas de mucho peso y muy largas, casi de cinco metro las primeras y de cuarenta kilos las segundas. La incómoda lanza era portada por los escuderos, y sólo pasaba a manos de los señores en el momento de la lucha. Entra así en escena un personaje importante en el futuro de la Fiesta Brava: el escudero, que evolucionó después al cargo de chulo, hombre a pie, asistente o lacayo que acompañaba a los alanceadores de toros y después a los rejoneadores, para a cuerpo limpio, realizar valientes quites cuando los señores eran descabalgados y estaban en serio peligro ante los toros. Y aquellos “chulos” fueron la base humana de los toreros de a pie.

Siguiendo con la evolución de las lanzas, en el siglo XV apareció una nueva más ligera y de fácil manejo, llamada rejón, para uso en el juego y muerte de los toros u otros animales silvestres de cierto tamaño, como los jabalíes. Y así, si en la época medieval, el arte de alancear toros era simplemente motivo de entrenamiento para la lucha, en la edad cortesana posterior se ejecuta ya como entretenimiento y pura diversión. Al finalizar la Reconquista, la lanza de guerra usada a lo largo de milenios, fue utilizada por los nobles y caballeros que viajaban de corte en corte, tal como hoy lo hacen los charros mexicanos, ansiosos por demostrar su destreza y ganar admiración y prestigio. Pero desde la época de Julio César, el toro silvestre, temible y peligroso se convirtió en un enemigo ideal contra el que enfrentarse cuando los torneos fueron cayendo en desuso. Se alanceaban las bestias más diversas desde los caballos, y si el jinete era descabalgado se remataban a golpe de las pesadas espadas (empeño a pie).

La lista de los nobles y caballeros que en España dedicaron su tiempo libre a alancear es relativamente larga, pues ya desde pocos años antes de la entrada de la Edad Moderna, nos concentramos, entre otros, con el marqués de la Algaba, del que se dice fue el primero que, entre los años 1440-60 usó una garrocha para detener los toros en competencia con don Pedro de Médicis –ambos debieron alancear toros tanto en España como en Italia-, perteneciente a una familia florentina, cuyo linaje arrancó el año 1222 con un personaje llamado Bonagiunta. Con el marqués de la Algaba se inicio el uso o cambio de la lanza por la garrocha, que fue un eslabón fundamental en la evolución del toreo.

A tres autores debemos el conocimiento de cuanto llevamos expuesto. El primero es Argote de Molina, que en su libro “Discurso sobre el libro de la montería”, escrito en 1582, nos describe, con respecto a la lanza, lo siguiente: “…La lanza será de diez y ocho palmos, de fresno baladí, seco y enjuto, y que sea tostada la mitad della desde el puño a la punta, en un horno, dos días antes del día de la lanzada, porque esté tiesa y no blandee hasta que el toro esté bien herido, y rompa más fácil, porque al doblarse la lanza podrá el toro hacer suerte en el caballo. Y el fierro della sea de navajas, de cuatro dedos de ancho, porque siendo de navaja entra y sale cortando, lo que no hará siendo de ojo redondo. La puntería del fierro no ha de ser de filo ni llano, sino que reconozca la punta del fierro, de suerte que cuando el toro entrare, vaya haciendo corte para que la mano esté dulce y entre cortando más fácilmente, y llevará apuntado el lugar por donde ha de tomar.”

El segundo autor es D. Pedro Fernández de Andrada, escritor taurino, natural de Sevilla, el “Libro de la jineta en España”, que fue publicado en Sevilla en 1599, siendo en nuestro caso el artículo XXIX, libro II, de dicha obra el que más nos interesa por estar dedicado al toreo. Pertenece esta obra a una época en que aún se utilizaba la lanza y ya comenzaba a usarse el rejón, pues la decadencia de aquélla y la introducción de éste fue por aquellos años. Estas reglas de torear resultan bastante interesantes, aún cuando no muy extensas, razón de haberlas seleccionado. Y son bastante completas, por cuanto nos hace ver cómo había de torear con lanza, con rejón y con varilla y cómo habían de darse las cuchilladas, con otros pormenores.

He aquí la parte del toreo correspondiente a Nuevos discursos de la jineta, publicados en 1616. Hay autores que dicen: “Los nobles alanceaban y rejoneaban…” Esto es sólo parcialmente cierto, porque la realidad era que “los nobles alancearon por siglos primero y rejonearon después”, lo que sería expresarse con precisión histórica. Sin embargo, sabiendo que todo ha estado y sigue sometido a una extraña fuerza evolutiva, ese cambio de la lanza al rejón llevó una larga etapa intermedia en la que se usaron ambos trebejos para rematar los toros.

El tercer autor es Pedro de Aguilar, natural de Antequera, Málaga (1558-1580¿?), quien cuando editó su libro en el que figuraba un capítulo dedicado al toreo con lanza, todavía se empleaba ese arma arrojadiza o no para vencer las acometidas de los toros. Es algo más adelante, en los finales del reinado de Felipe II o principios de la monarquía de su hijo Felipe III, cuando comenzó a emplearse el rejón. Existen alrededor de medio centenar de libros o folletos que contienen reglas de torear. En algunos, como señala López Izquierdo, el toreo es una parte, pues la capital se refiere a la jineta; en otros, las reglas de torear a caballo, aunque breves, forman un solo tratado. Se hallan reunidas estas reglas en ediciones para bibliófilos, mas aún podría formarse un tomo con las que quedan sueltas, merecedoras de mejor suerte. Es de advertir que, por lo general, estos autores de reglas para torear solían ser practicantes y escribían sobre sus propias experiencias, lo cual no deja de ser importante para nosotros, por expresarse sobre el arte sus propios protagonistas. Diego Ramírez de Haro, por ejemplo, escribió por entonces un tratado de jineta y toreo con lanza, siendo uno de los más señalados toreadores.

En la Edad Media los toros se alanceaban sin regla en los patios de los castillos y siempre eran varios los alanceadores y los toros, sin regla alguna, siendo a la vez la suerte más antigua de las que se conocen. Según se lee en “La cuatro partes enteras de la Crónica de España”, de Alfonso X el Sabio, se corrieron toros en Valencia a la entrada de la familia del Cid Campeador, así como en ocasión de las bodas de sus hijas. Ambos hechos el año 1095, cuatro años antes de la muerte del insigne caudillo castellano.

Cuando el Emperador Carlos I de España y V de Alemania desembarcó en Asturias para hacerse cargo del reino de España, se celebraron fiestas reales de toros en su honor, asistiendo en 1517 a una corrida de toros en San Vicente de la Barquera y, “…de todas las fiestas que presenció éstas fueron las que más le gustaron…” El propio Emperador alanceó toros en la Plaza Mayor de Valladolid, el (06-07-1527), en las fiestas que se celebraron aquella ciudad por el nacimiento de su hijo, el príncipe Felipe (II). Tanto se aficionó al alanceamiento que no dejaba ocasión de hacerlo, y en Palencia, en otra lidia, cogió la lanza, quebrándola y quedando su caballo herido. Fue -el tan nombrado en asuntos taurinos- Felipe IV quien en 1632 dictó una ordenanza por la que quedaba proscrita la lanza, desapareciendo de todos los ejércitos europeos. Gracias al advenimiento de las nuevas armas de fuego, la pesada lanza perdió prácticamente todo su antiguo protagonismo, y los toros dejaron de alancearse a caballo y a pie (1) para ser rejoneados. Fue cuando del alancear se derivaron dos artes nuevos, los que protagonizaron hasta nuestros días rejoneadores y picadores.

(1) Entre los diestros que alancearon a pie figura Juan Antonio Fernández, que aunque no fue precisamente matador ni banderillero, le colocamos aquí en calidad de peón de brega, natural de Madrid y que trabajó como tal entre los años 1790 a 1800. Su fama de valiente persistió aun después de su muerte. Ejecutaba con suma precisión y gallardía la suerte de la lanzada a pie.

Pero antes de continuar nos hacemos una pregunta lógica: ¿Cómo se alanceaban los toros? Volvamos con Argote de Molina: …”En poniéndose el caballero en el cerco que la gente tiene hecho al toro, váyase paso ante paso al toro, y compóngase la capa, echándola por encima del hombro, y viendo que el toro lo ha visto, que lo reconoce, alce el brazo, echando el canto de la capa por encima de él, a cuyo tiempo el criado –, después, el chulo- que allí ha de ir con la lanza al estribo derecho del caballo, se lo pondrá en las manos alzando el brazo, inclinado la punta del fierro hacia el toro, de forma que el caballero solamente cierre la mano, y abrigue el brazo con el cuerpo afincando el pecho, sin moverlo, hasta que el toro llegue a la herida y haya quebrado su lanza, la cual no ha soltar de la mano sin tenerla hecha pedazos, aunque el toro lo saque de la silla…”

Y sigue Argote señalando dos estilos de alancear: …”Rostro a rostro, y al estribo. El primero, más peligroso, pues hiriendo al toro en costado izquierdo, sale éste de la suerte por el contrario, y de inmediato procurará el caballero desviar los pechos del caballo, y echará al toro por delante de la cabalgadura. En el segundo estilo, se hiere al toro por el costado derecho, saliendo por el mismo lado y el caballo por la izquierda, desviándose el uno del otro.!

Aunque el rejonear es de tiempos relativamente más modernos, significó sin duda con relación al uso de la lanza, un refinamiento, y esto es claro: La lanza, arma guerrera, se utilizó mientras su uso era común en las batallas; cuando ya no fue fundamental, también en el ejercicio del toreo dejó de serlo, y comenzó a usarse el rejón como instrumento de mayor galantería, empleado por cortesanos, mayormente dado a los refinamientos y no a los peligros de los campos de batalla. En ese período de transición de la lanza al rejón, trabajando con ambas armas tenemos a D. Alfonso de Idiáquez, caballero rejoneador vascongado, que se lució extraordinariamente en las fiestas de canonización de San Ignacio de Loyola, celebradas en Azcoitia. Realizó a caballo excelentes suertes, tanto con la lanza como con el rejón, y según una Relación contemporánea, salió en triunfo de la plaza “quien tanto la lució, dejándola llena de alabanzas suyas.”

Hay, como dato final, una frase en estas reglas de torear que nos ofrece la clave cronológica: “El torear con rejón es invención nueva…, aunque reprobada por algunos…” Téngase en cuenta que las reglas son de 1616 y que el ser “reprobada por algunos” presupone la certeza para nosotros de la novedad, pues toda innovación suele ser acogida, como se sabe, con recelo. Así que, el uso del rejón debió de comenzar en las postrimerías del reinado de Felipe II o en pleno reinado de su hijo. Así que la lanza dejó el puesto al garrochó o rejón, rejoncillos y varas largas, según fueran usadas en la lidia por nobles o plebeyos (Rafael Carvajal Ramos. Revista del Club Taurino “Tendido 1”. Núm. 53. Jaén. Octubre 2003. Pp, 41 y 42).
 


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