Origen y Enigma

XXIV - La primera casta fundacional andaluza - Cabrera - II -

Durante los años que José Rafael Cabrera tuvo la ganadería en su poder la seleccionó de tal manera que consiguió un tipo de toro muy espectacular y acorde con los gustos imperantes en la Fiesta, entre los años 1780-1829, ya que su señora viuda debutó en Madrid el (05-10-1829). Se trataba de ejemplares de mucho trapío, gran alzada, muy corpulentos, largos y de cuello galgueño, es decir, largo, característica corporal de los miuras, desde hace muchos años. Destacaron por la variedad de pelajes: negros, colorados, castaños, cárdenos, berrendos en negro y en colorado, sardos, salineros, algunos jaboneros y ensabanados.

El toro de Cabrera era muy agresivo en su pelea con los picadores soportando muchas varas y mostrándose en todo momento fuerte, poderoso y duro. Asimismo tenía una clara tendencia a desarrollar mucho sentido en la última fase de la lidia, sin entregarse en ningún momento y presto siempre a sorprender al diestro al menor descuido. Este tipo de animal, grande, cornalón, áspero y correoso, tan diferente del actual, prestaba brillantez a las corridas de toros de la época, que se basaban fundamentalmente en el tercio de varas, que era el admirado y más aplaudido por los espectadores, y en la habilidad lidiadora de los toreros. De esta forma Cabrera se convirtió en ganadero de elite y no sólo anunció sus reses en todas las plazas importantes, sino que también contribuyó a la formación y mejora de otras muchas divisas de su tiempo a las que surtió de reproductores, creándose desde entonces toda una serie de ganaderías comerciales, entre las que consideramos como más importantes las del duque de Veragua XIII y la de don Juan Miura.

El esplendor de la vacada fundacional de Cabrera se prolongó durante el siglo XIX, incluso después del fallecimiento del ganadero. Primero la heredó su tercera esposa, Soledad Núñez de Prado, y luego, al no tener descendencia directa, la hermana de ésta, doña Jerónima. Como ésta era ya de avanzada edad cuando pasó a ser la propietaria de la ganadería, encomendó la dirección de la misma a su sobrino, don Ildefonso Núñez de Prado, que primero se ocupó de atenderla y luego, como testamento de su tía, la vendió a don Juan Miura en 1852. La señora viuda de Cabrera, presentó por primera vez sus toros en la antigua plaza de toros de Madrid el (05-10-1873).

Los ejemplares oriundos de la Casta Cabrera se mantuvieron en los carteles durante el siglo XIX y los primeros del XX, sufriendo una paulatina regresión conforme en la Fiesta de Toros se fue demandando un tipo de animal más colaborador con los toreros y que aceptase faenas de muleta más prolongadas, sin desarrollar el sentido y las dificultades propias de los toros de este origen. La gran evolución que en la lidia impulsó Juan Belmonte tuvo como principal consecuencia la pérdida de la hegemonía que hasta entonces había tenido el primer tercio frente a la relevancia creciente de las faenas de muleta, que hasta entonces eran prácticamente inexistentes, limitándose a tres cuatro muletazos, los imprescindibles para igualar y matar el toro.

Así, pues, empezaron a imponerse los valores estéticos sobre la cruenta dureza de los cánones de la lidia a la antigua, seca y sobria, pendiente exclusivamente de valorar la bravura en el tercio de varas y limitada luego a la capacidad lidiadora y defensiva de los toreros, como lo era la fiereza de las reses de antaño. Un carácter que iba de más a menos y que se sustentaba en la agresividad y en el poderío físico del toro, que iba menguándose conforme el castigo limitaba la resistencia de la res.

El cambio introducido en la Fiesta produjo la desaparición de numerosas ganaderías, las que no fueron capaces de adaptarse a las exigencias de los nuevos tiempos, las que creaba dificultades a los toreros que, a partir de entonces y ya sin interrupción, han venido imponiendo, acorde con el tipo de toreo artístico, alejado del susto, que prefieren los públicos. Primero lo hicieron con un respeto general hacia todos los aficionados y luego lo fueron limitando sólo a las plazas más importantes, pero cada vez con mayor consideración hasta llegar a la época actual en la que la ley del mínimo esfuerzo, basada en el menor riesgo posible y disfrazada de «humanización» amenaza con derrumbar los cimientos estructurales de la Gran Fiesta. Con buena lógica muchas ganaderías del siglo XIX tenían que desaparecer, por mansas o por ilidiables, pero al amparo de estas también dejaron de existir otras muchas que aún hoy podrían aportar valores estimables y servir de contrapunto a la monotonía imperante.

Ya no es posible la vuelta atrás y la extinción de algunas Castas Fundacionales, como la Jijona, sin remedio. Con la Casta de Cabrera y la de Gallardo sucede prácticamente lo mismo. De ambas sólo subsisten ejemplares en la ganadería de Miura, y ya la Casta de Gallardo es sólo un referente histórico en la amalgama de sangres que conforman el encaste de Pablo Romero. Ninguna de las restantes ganaderías formadas a partir de la Casta Cabrera o posteriormente con reproductores de la de Miura han logrado sobrevivir y llegar hasta nuestros tiempos. Miura es hoy una ganadería histórica y única, que ha cimentado prestigio y asegurado su supervivencia durante más de siglo y medio, con general aceptación de los aficionados.
 


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