Origen y Enigma

XV - Las Castas Bravas Andaluzas I

Te estoy viendo, hermoso toro andaluz, mirándome seriamente extrañado de que sea capaz de interponerme en tu camino, cuando vas saliendo con los tuyos, vacas y terneros, de entre los espesos matorrales de las áreas interiores del Parque Nacional de Doñana, junto a los pastizales naturales del borde de la marisma inundada. Pero sabiendo que tienes todo el horizonte libre para huir, dejas de desconfiar y te poner a ingerir los pastos, y como dice Luis Uriarte, estoy pensando que eres “uno en esencia y vario en tus modalidades potenciales, por la rica heterogeneidad de tu casta. Estoy observando que eres el más bello animal de la creación y el mejor para la lidia de cuantos se crían en España, de ahí que su semen y sus compañeras se haya extendido, como maná de pureza vital, en todas las ganaderías de España, América y el Mediodía de Francia. Eres el más vigoroso y bravo, embajador de la cultura y fiel imagen del carácter español... porque eres la segunda bandera de España te desprecian algunos tu fiesta.

Desde tiempos inmemoriales están las diversas castas originarias ocupando la Andalucía Occidental, con “canteras bravas” entre incluso los famosos de Antequera, los no menos sonados de Ronda, los palurdos de Jaén, tan peligrosos como los maliciosos moruchos de Salamanca, cuyas peculiaridades eran similares a esos otros retintos palurdos criados en los cortijos de Las Castellanas y El Montañéz, que muchas veces pastaban en el Cortijo de La Esparraguera, de don Ramón Zaldívar, mi abuelo, al Norte y Oeste de la ciudad de Puerto Real, entre Las Canteras y la vía del ferrocarril, y la Algaida, donde hoy está la Universidad de Cádiz, todo en el término municipal de Puerto Real, o los retintos y negros criados en el Cortijo de San Felipe en el de El Puerto de Santa María, o la “cantera”” de las vegas de Tarifa, a los que se comparó antaño por su agresividad, ligereza y tamaño corporal, con los del Jarama, sin olvidarnos de la que fue llamada “Casta de Córdoba.”

De todas esas castas, más o menos bravas, los toros mejor criados, a juzgar por la referencias que tenemos desde que comenzamos a saber que algunos ganaderos organizaron formalmente sus ganaderías, y donde mejor se han mantenido hasta el presente, ha sido en las riberas y marismas del Guadalquivir, el río por excelencia de los toros bravos, y en las marismas del Guadalete, donde nació la ganadería prefundacional de la “casta de toros fraileros.” De esta vacada de los frailes cartujos jerezanos o de los dominicos sevillanos, descienden las castas básicas que del toro andaluz preponderaron y que podemos reducir a tres: las que podríamos llamar de los toros fraileros, que cuajó en la de don Luis Antonio Cabrera, en la que entran las similares de Gallardo, ganadería ubicada a un tiro de flecha, desde el límite Norte de la ciudad de El Puerto de Santa María, en las tierras de la marisma del Guadalete, y la ganadería de Espinosa, porque las tres provenían de la misma fuente diezmera de los frailes cartujos, que percibían en especie los diezmos con que iniciaron la formación de sus ganaderías de bravo; la de los toros cruzados, representada por la mestiza de don Vicente José Vázquez, verdadera ganadería fundacional, como la anterior del conde de Vistahermosa.

Después de citar los ríos Guadalquivir y Guadalete creemos resultará interesante destacar que desde antiguo, el poeta Marcial, hispano, y Juvenal, latino, alabaron repetidamente en sus poemas el color y calidad de la lana, a la que compararon con el color del oro, que ambas peculiaridades, según Marcial, eran productos de las aguas del Betis, y Juvenal, decía que se debían, además, al agua del Guadalquivir, a la hierba y al aire de la comarca; pero en realidad era el resultado de una cuidadosa selección y cruzamientos, como lo hizo un tío del célebre agrónomo gaditano Columela, buen labrador y ganadero, que cruzó carneros africanos con ovejas béticas… Esas aguas del Guadalquivir y del Guadalete y la riqueza de las hierbas de las vegas salitrosas que riegan, junto al salitre yodado que transporta el aire que los toros bravos -y los andaluces de la Baja Andalucía respiramos-, les infundió la bravura que hoy disfrutan la mayoría de las ganaderías de España, Portugal y Latinoamérica.

Una de aquellas ganaderías diezmeras, que procedían de los diezmos que determinadas órdenes de frailes cobraban en especie, de sangre lógicamente bastardeada por la mezcla de diferentes castas y de origen imposible de precisar, se derivó la fundacional que, a nombre de don José Rafael Cabrera, adquirió la inusitada fama con que ha pasado a la historia… Sin embargo, la única “cantera brava” que ha permanecido sin bastardear, al menos hasta el año 1974, en que dejé de trabajar de forma accidental en la Reserva Biológica de Doñana, han sido los hatos que se crían en el Coto del Rey y en el conjunto del Parque Nacional de Doñana al que está adosado.

En las ganaderías que se desarrollaron en las márgenes del Bajo Guadalquivir, del Guadalete y de sus áreas aledañas desaparecieron las peculiaridades naturales del ganado vacuno ancestral de la Baja Andalucía. El tipo del toro andaluz actual en nada se parece a sus hermanos del pasado. Se trata de un animal prefabricado, que viene creciéndose y desarrollándose cada año más lejos de sus primitivos valores, poniéndose en vías de extinción, si lo seguimos abandonando a su suerte. Hace medio siglo que lo vengo diciendo. Continuará.
 


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