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¡El Juli está que no cree en nadie!

Julián López

¡El Juli está que no cree en nadie!

18 Noviembre 2013

Guadalajara (Méx) 17 Novbre.  Plaza "Nuevo Progreso". Quinta y última corrida de la primera parte de la temporada tapatía. Dos tercios de entrada (unas nueve mil personas) en tarde espléndida. Tres toros de San Isidro (2o.,3o. y 6o.), parejos en presentación, de escaso juego en su conjunto, y tres de Los Encinos (el 4o., sobrero sustituto),



Morante de la Puebla (verde botella y oro): Pitos tras tres avisos, pitos tras dos avisos y silencio en el de regalo.
Julián López "El Juli" (negro y plata): Ovación, palmas y oreja en el de regalo.
Ricardo Frausto (blanco y oro): Ovación y palmas.

Destacó en varas David Vázquez, y en la brega Diego Bricio.



El Juli salvó una tarde de mucha expectación, la que generó un cartel histórico en Guadalajara, al lado de Morante de la Puebla, en el marco de la alternativa de Ricardo Frausto. Y más mérito aún tuvo porque aquello ya venía torcido desde el cambio de los toros de Los Encinos por los de Celia Barbabosa, que al final sí se lidiaron tres, y no sólo dos por haberse despitorrado el cuarto, de San Isidro.

Por si no faltara detalle, y habiéndose partido una mano el mejor toro de la corrida –corrido en quinto lugar- cuando El Juli lo estaba cuajando con una largueza y un temple impresionante, el sobrero de regalo de De Santiago que obsequió Morante se echó en banderillas y se levantó simplemente para que el artista de La Puebla le diera muerte.

La gente experimentó distintos sentimientos a lo largo de la corrida, y así como las olas van y vienen, el humor del público fue cambiando a la par de los acontecimientos de un tipo de festejo en que siempre se mira con lupa lo que hacen las figuras y sus apoderados. Para bien y para mal.

Sabedor de que a su temporada temporada mexicana le queda mucha cuerda, El Juli no escatimó esfuerzo por complacer a la concurrencia, mediante un torero de una gran exposición, raza y detallazos, de este estilo para el que el toro mexicano, como ese quinto, se prestan a la perfección.

Porque el ejemplar de Los Encinos mantuvo un mismo son desde el segundo tercio, virtud que El Juli percibió de para comenzar una faena de una manera muy clásica pero distinta: toreando con la pierna de salida flexionada, y aliviando, a la misma vez, la embestida el toro por arriba para ayudarle a que se afianzara mejor sobre la arena, pues de salida había mostrado cierta flojedad de remos.

Y esos muletazos tridimensionales, que dijera Alfonso de Icaza “Ojo”, cuando hablaba del inolvidable Manuel Capetillo, parecieron un bello homenaje póstumo al gran torero de Jalisco, que nunca se cansó de decir que el toreo de mayor calado era el que se había “de aquí hasta allá”, así, precisamente, como estaba cuajando El Juli al enclasado toro queretano de Eduardo Martínez Urquidi.

El madrileño no fue el único que se quedó con la miel en los labios cuando el toro se partió la manita, sino también los miles de aficionados que estaban vibrando con aquel dechado de toreo bueno. Y antes siquiera de que Juli se perfilara para entrar a matar, le madrugó a todo mundo levantando el dedo índice de la mano derecha anunciando un toro de regalo, hecho que complació mucho al público.

Y aunque el toro de regalo, de Fernando de la Mora, no tuvo las prestaciones del anterior, Julián se lo zumbó en una faena sobria, maciza, en la que le tapó la cara en cada uno de los muletazos con la izquierda, pitón por el que insitió hasta hacerse del ejemplar e imponer su ley.

La faena creció en medio de la algarabía de una afición conformada por espectadores venidos desde distintas latitudes, y así, con una autoridad de figura de época, terminó de redondear una labor plagada de muletazos muy sentidos.

Esta faceta de El Juli, contrastó con la que ya había enseñado en el primero toro de su lote, un ejemplar de San Isidro que embestía con las manos por delante y arrollando con peligro. El Juli le robó pases inverosímiles, después de encararse serenamente con el sector intransigente de la plaza, al que acabó acallando con una elegancia mayúscula, que confiere saberse dueño de la escena y del control de las circunstancias.

De haber estado fino con la espada, esa única oreja que le tumbó al séptimo, hubiese sido el pasaporte de la puerta grande. Pero al final lo que queda es esta raza y ambición indomable, de un torero que da la impresión de que apenas se encontrar en la fase inicial de su carrera.

Y ese fue el mejor ejemplo para el ahijado de Morante, el espigado Ricardo Frausto, que estuvo muy digno y centrado con un primer toro al que cuajó un magnífico quiete por gaoneras, que también sirvió para acallar las protesta de aquellos que consideraban que el toro de la alternativa del hidrocálido no tenía el trapío para esta plaza.

Al ejemplar de San Isidro le faltó un punto de fuerza y transmisión para que esa faena de Frausto en el escalafón mayor hubiera tenido mayor trascedencia. De cualquier forma, ahí queda su proyección, la misma que dejó entrever en el sexto, un toro que por momentos parecía que iba a meter el morro, pero que terminó sin fuelle en sus embestidas.

En este ejemplar, destacó el quite combinado de chicuelinas y tafalleras, así como varios trazos sueltos y un cambio de mano que fue un poema. Lástima que no estuvo eficaz con la espada, ya que la gente, que había visto con muy buen agrado su actuación, seguramente lo hubier premiado con una valiosa oreja a un torero que está compenetrado con esta plaza y su afición por ser uno de los novilleros más importantes que por aquí ha pasado en los últimos años.

Morante tiene que ir a Catemaco a hacerse una limpia, pues trae el santo volteado de espaldas, y no es justo que un torero de tantísima genialidad no pueda hacer disfrutar a esa legión de partidarios que cada día son más en plazas de México.

Algo pasa, además, con la espada. El maestro perdió el sitio con el acero y se nota que no está cómodo cuando se perfila; que no lo ve claro, que le cuesta mirar ese sitio donde antes colocaba estocadas buenas o habilidosas. Ahora se da a pinchar de cualquier manera, y da la impresión de que eso mina su ánimo y le desmorona por dentro. Y si es verdad que la gente le chilla, no tienen esos pitos la intención de arrancarle la cabeza, sino simplemente de pedirle más eficacia a la hora de matar.

Cabe decir que tampoco le han salido toros buenos, ni en Aguascalientes el otro día, ni hoy aquí en Guadalajara. Y así es realmente imposible que un torero tan fiel a su concepto consiga destapar el tarro de las esencias, sino en contados pasajes, que suelen ser con el capote.

Porque no se trata de desgana –como me decía un aficionado al salir de la plaza- sino de ver que no le están rodando las cosas como se espera; como todos esperamos para seguir disfrutando de uno de los artistas más importantes que hayan existido en el toreo.

Las verónicas al toro de recibo al toro de regalo, y los bellísimos delantales, supieron a poco a esas almas morantistas que ahora andan penando, a la espera de que la suerte –y la espada- le vuelvan su cara amable a un hombre que está aquí para dejar esa profunda huella en sus seguidores; seguidores que no perderán nunca la fe en la esencia del torero andaluz.

altoromexico.com.mx



 






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