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Fuerte novillada de Guadaira

Fuerte novillada de Guadaira

25 Mayo 2009

Las Ventas (Madrid). 19ª de San Isidro. Más de tres cuartos.
Novillos de Guadaira, desiguales de presentación, mansos y deslucidos salvo el manejable 1º.

Francisco Pajares, silencio tras aviso y saludos tras aviso.
Juan Carlos Rey, debutante en Madrid, saludos y silencio tras aviso.
Pablo Lechuga, silencio en ambos.

Parte facultativo. Durante la lidia del quinto novillo ha sido atendido en la enfermería el novillero Francisco Ramón Pajares que presenta un puntazo corrido en la cara anterior, tercio superior del
muslo derecho y contusiones y erosiones múltiples. Pronóstico leve salvo complicaciones.



FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis novillos de Guadaira (Manuel Cañaveral). De variadas hechuras, fue novillada astifina. De genio temperamental el tercero; violentos cuarto y sexto, que mansearon. Bueno el primero; manejables un informal segundo y un apagado quinto.

ESPADAS:

Francisco Pajares, de negro y oro, silencio tras un aviso y saludos tras un aviso.

Juan Carlos Rey, de Colmenar Viejo, nuevo en Madrid, de grana y oro, saludos tras un aviso y silencio.

Pablo Lechuga, de corinto y oro, silencio en los dos.

INCIDENCIAS:

19ª de San Isidro. Tres cuartos largos. Primaveral, ventoso. Atendido en la enfermería Francisco Pajares de un puntazo corrido en el muslo derecho de pronóstico leve.

 

CRÓNICA DEL FESTEJO

Tres difíciles novillos de Guadaira

Abrió un astifino y bien tocado novillo castaño y rubio. De buen aire, pero al trote primero, la cara a media altura, picado al relance, suelto de varas. No parecía que, pero fue que sí. En la muleta vino a querer con son y fijeza. De esa virtud del carácter de un toro que se define como el “recorrido” hubo generosa muestra. Recorrido largo. Mucha nobleza, además. En corto y no, por las dos manos, en las idas, venidas y vueltas, por alto y por bajo. Entre tanda y tanda tendía a engallarse el toro.

Un Francisco Pajares placentino de Plasencia de Cáceres, alumno de la Escuela de Madrid y ya veterano en el escalafón, le anduvo con delicadeza, ortodoxo y oficio en faena sosegada, acoplada, segura en casi todos los embroques. Algo seco el trabajo: por monotonía o falta de inspiración. Por academicismo, de cuyo repertorio brotaron como aislados chispazos un cambio de mano por delante y un par de trincheras de remate. Era el toro primero de corrida, la gente estaba fría y ajena como es costumbre en tal turno, la faena perdió ritmo al acortar Pajares distancia, corrió el tiempo y el trabajito estaba de pronto desinflado.

Iba a pesar, sin embargo, a la hora del recuento y en la busca del tiempo perdido. Por dos razones: la primera, porque el toro de apertura fue con diferencia el de más calidad y mejor trato de una novillada de Guadaira que vino con las del Beri inesperadamente; luego, porque la única faena de asiento y definida forma fue, dentro de su plana línea, esa misma que abrió el fuego.

El fuego fue de dinamita durante la lidia de tres novillos especialmente díscolos, revoltosos, geniudos y violentos: el tercero, el cuarto y el sexto. Mansote al decantarse, el quinto, playerito y astifino, no entró en el recuento de tragos amargos; ni tampoco un segundo que se defendió por falta de fuerzas pero no agresivamente. Durante la pelea y lidia de los tres toros broncos sopló, para colmo de males, el viento. El parte de batalla dejó registro de dos toreros cogidos: Pablo Lechuga, prendido por el tercero en un avieso gañafón, y el propio Pajares, encunado y volteado brutalmente en el primer embroque de estocada en la suerte contraria con el cuarto toro y vuelto a ser volteado dos y hasta tres veces en un solo envite al cobrar en un segundo intento la que iba a ser estocada letal. Rodó sin puntilla y patas arriba el toro mientras Pajares, con la taleguilla atravesada de ingle a cadera, yacía en apariencia malherido a menos de un metro del toro rodado.

La cogida de Lechuga se saldó con un boquete en la taleguilla de un precioso traje corinto y oro que parecía de estreno. El tercer novillo, terciado, zancudito, finas cañas, se empleó con genio en el caballo, cortó en banderillas con listeza y estuvo a punto de llevarse por delante a un Félix Estévez banderillero con el que hizo hilo enfurecidamente. Probón y celoso y, por tanto, incierto, cazaba por la mano izquierda, y por ahí cazó a Lechuga, y arreaba temperamentalmente por la derecha. Prueba durísima para novillero relativamente nuevo. Tal vez hubiera convenido un macheteo de dominio y no un intento franco de faena de molde, que el toro, con gatos dentro, no quería. Se metía al menor hueco.

Acapachado

El cuarto, de elegante porte, alto, entre remangado y acapachado, muy astifino, echó las manos por delante, no quiso en serio, se embrocaba al paso arrepentido y frenándose. No fue dueño de la cosa Pajares. Pero su arrojo con la espada se celebró con grandes honores. El sexto, suelto del caballo, violento de puntear, protestar y rebrincarse, no hizo más que guerrear de huida y no de cara. Se sintió desbordado Pablo Lechuga, con quien se abre la vía de una dinastía de toreros de San Martín de Valdeiglesias, gran pueblo torero del Madrid occidental. Hijo de torero bueno y sobrino de buen torero. Juan de los Reyes y Fernando Lechuga, luego apodado Fernando Rivera. Sin suerte el nuevo Lechuga en este estreno accidentado de San Isidro.

La fecha fue, además, la de presentación en la plaza de Madrid de un novillero de Colmenar Viejo, Juan Carlos Rey, bien plantado mozo de buena cintura, brazos sin soltar del todo y asiento irregular. Una estocada al encuentro o por las bravas tumbó espectacularmente al novillo del debut que, en momentos de mucho viento, lo sorprendió por sistema antes de embroque: mansito, el quinto perdió los humos al ser castigado a modo por Antonio Vallejo, Pimpi hijo, o Pimpi nieto, y ¡bisnieto! de El Anguila, el picador que pegó el primer puyazo en esta plaza entonces nueva y en junio de 1931. Reducido el toro, Juan Carlos Rey se sintió tranquilo. No inspirado.

(COLPISA, Barquerito)



 






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