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Solo oreja para Hernández

Solo oreja para Hernández

31 Mayo 2009

Madrid. Domingo. Más de tres cuartos de plaza.

Toros de Flores Tassara, reglamentariamente despuntados manejables.

Joao Moura, silencio y silencio.
Joao Moura hijo, vuelta tras petición y silencio.
Leonardo Hernández, silencio tras aviso y oreja.



FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros despuntados para rejones de Flores Tassara, de desigual remate y distinto empleo. El quinto, manso, no se encelaba con el caballo. Deslucidos primero y cuarto; bueno el segundo; a menos el tercero

ESPADAS:

Joao Moura padre, silencio en los dos.

Joao Moura hijo, vuelta y silencio.

Leonardo Hernández, silencio tras aviso y una oreja.

INCIDENCIAS

Festejo fuera de abono. . Veraniego. Tres cuartos largos. Despedida silenciosa de Moura padre, desigual actuación de Moura hijo y una excelente faena del joven caballero cordobés a un nada sencillo torete de Flores Tassara.


 

CRÓNICA DEL FESTEJO

Méritos mayores de Leonardo Hernández

Sobre el rescoldo humeante de San Isidro y en vísperas de las seis corridas del Aniversario, vino a darse, según costumbre nueva, un festejo de rejones. El tercero que se organizaba en Madrid en el plazo de dos semanas. Fue de pobre resultado. Moura padre toreó a la clásica y con sabia torería al primero en banderillas. Con un gran caballo bayo llamado Merlín y mágico. Mágica la manera de pisar terrenos del toro, muy garbosas las llegadas con los pechos, espléndida la pureza de las salidas de embroque. Y, de parte de Moura, la puntería al clavar farpas.

No los rejones de castigo, que fueron dos, mal reunidos y excesivos. La espada fue como tantas veces un quinario. Una entera ladeada, tres pinchazos al asalto y entrando por la grupa del toro, y casi un caballo pierde Moura en un arreoncito contra las tablas que alcanzó la montura pero sólo para proyectarla. Moura hijo esperó frente a toriles la suelta del segundo, que salió a cañón. Marró el Moura en el primer embroque, acertó en un segundo de muy precipitada reunión.

La moda de poner a los caballos nombres de torero ha tocado de pronto a rigurosos contemporáneos. Licencias de Calígula. En la cuadra del Moura junior hay un tordo Belmonte, otro tordo Perera y un tercer tordo Castella. Este Castella fue el que se encargó de galopar de costado en banderillas, de templarse pero no siempre y de adornarse cuando se dejó el toro querer. Un par de piruetas. Se empezó a meter en tablas el toro, a cerrarse en ellas. Antes de que la cosa llegara a mayores, un pinchazo y media estocada. El palco contó los pañuelos: no había mayoría, no hubo oreja.

Luego, se puso el espectáculo muy espeso. El tercero fue el de más volumen de la corrida de murubes de Flores Tassara. Mucho ruido y pocas nueces: con un rejón de castigo caído que apenas hizo sangre sobró. Salió manso ese toro, que vino a apagarse, a esperar y a responder con arreones. No oleadas feroces, pero incómodas. Lo bastante como para no permitir confiarse a Leonardo Hernández. Bueno el acople en banderillas con un caballo muy valiente que se llama Amatista. Más voluntad que temple o precisión con un careto de nombre Quieto, que protestó en una pirueta. Las clavadas fueron certeras, pero la faena, por espaciarse, se fue desinflando. En un arranque populista Leonardo quiso levantar el vuelo con tres ataques a violín con las cortas en los medios. Traición a su regusto campero y purista. Tres ataques con la espada, cuatro golpes de descabello, no contaron los golpes de mérito a la hora del recuento.

El cuarto, según se supo luego, fue el toro de la despedida de Moura padre. Su adiós a Madrid. No hubo aviso ni ceremonia. Ni brillo. Sino ganas de acabar cuanto antes. Una desilusión manifiesta, cansancio, hacía mucho calor, Moura se lastimó una mano al clavar una farpa corta, fueron cuatro los ataques con la espada y ninguno bueno.
El quinto toro, de aire distraído muy propio del encaste murube, fue a su manera protagonista de un espectáculo insólito que puso a prueba la pericia y los nervios de Moura hijo. Poca pericia, muchos nervios. Fue que, después de barbear generosamente tablas, el toro no se encelaba con los caballos. Pasa a veces con los toros de marisma que conviven con caballos de trabajo. Ni los rejones de castigo lo espoleaban. Y como si Moura no existiera. Pasaba de él. De Castella y de Belmonte. A los capotes se arrancaba el toro con templado son, codicia fina, y repetía. Entonces algunos pidieron que se devolviera el toro. No procedía.

Tardó un mundo Moura en animarse a pisarle al toro los terrenos de flanco para desde ahí soltar como flechas de arco las farpas de castigo, que al toro le daban exactamente igual. Para embrocarse con el rejón de muerte, Moura rodeó el toro por los cuartos traseros como diez o quince veces. Sin respuestas del toro. Iba a sonar un aviso, se temía lo peor. No se sabe cómo entraron dos estocadas. Tras la segunda se fue el toro a los medios. Para echarse. No para morir de bravo.

Esas dos faenas de cuarto y quinto dejaron para el arrastre a la mayoría. Se habían pasado la tarde tocando las palmas de ganso que son ahora moda en los rejones en Madrid. Y ahora ni ganso ni gaitas. El sexto toro, ensillado y chico, como una cabra crecida, hizo de salida casi las mismas cosas de resabiado que el quinto. No se encelaba. Pero aquí sacó el látigo y el corazón el joven Leonardo, y sacó además dos caballos de soberbia marcha, un Chispa y un Verdi, y con ellos se metió en terrenos del toro como si le echara al hocico la muleta, y al cuarteo o al pitón contrario, logró embrocarse a punto, sacar el brazo y clavar con tino, entrar y salir toreando, adornarse con un violín y descolgarse al codo y teléfono como si el toro fuera un marajá. No lo era. Una estocada. Una oreja de gran mérito. De las que se guardan.

COLPISA, Barquerito)



 






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