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Solitaria oreja para Javier Castaño

Javier Castaño

Solitaria oreja para Javier Castaño

08 Abril 2012

Arles. (Francia). Quinta de la Feria de Pascua. Tres cuartos de plaza.Seis toros de Miura, de variadas hechuras pero sin que saliera ningún toro clásico del hierro. Bravos en varas los dos primeros, que dieron juego, y el sexto, que se avisó enseguida. Se echó el cuarto. Sin fuerza ni ganas tercero y quinto.

Fernando Robleño, vuelta tras petición; y silencio
Javier Castaño, oreja y aplausos;
Mehdi Savalli, ovación y palmas



Los dos miuras de mejor conducta fueron los dos primeros. Rompió plaza uno galgueño y ensillado, cabeza degollada y enroscada en tronco cilíndrico, cuello anillado y anular. Toro con personalidad: bravo y pronto en tres varas, y apretó en las tres; inquieto rabeo; dos marchas y freno en banderillas; y arriba en la muleta. Se estiró un poco tarde pero a tiempo y, como conviene a los miuras en tales casos, pareció crecer. O hacerse más largo de lo que ya era. Robleño se entendió bien con el toro, picado con notable acierto por Juan Alfonso Doblado. Serenidad, muletazos en línea, colocación segura de Robleño cuando repitió el toro algo rebrincado pero sin descomponerse. Faena de buena ciencia, medida a modo, aparentemente sencilla. El oficio. Y una estocada tan certera que el toro rodó sin puntilla. Se pidió la oreja a voces y no blandiendo pañuelos. No prosperó la petición.

Lo que de vivaz tuvo el primer miura lo tuvo de noble y fijo el segundo, cinqueño, cárdeno, elástico, asaltillado. Tres varas: la tercera, simplemente señalada con el regatón por orden del matador, Javier Castaño, que dispuso el tercio como si fuera una corrida concurso. El presidente hizo sonar la música cuando el toro se arrancó de muy largo al caballo por tercera vez. La primera de las dos, o tres, varas fue severa y a la hora de la pelea cuerpo a cuerpo se le fueron al toro las manos. Una vez. Castaño pasó de proponerse la gesta a gran distancia –como cuando la tercera vara- a jugársela en el terreno y la cara propios del toro: encima, muy encima, más encima imposible. Las leyes del tragantón: tres trenzas de dos muletazos cada una –el de ida y, sin rectificar, el de vuelta-y a trenzar lo mismo de nuevo hasta dejar sin aliento ni al toro ni a la gente. Remate de trenzas fue un desplante descarado, desafiante, rabiante. Faena muy chillada, valerosa, tensa, larga, infatigable. Una estocada de mucho corazón. La única oreja de la miurada y única, además, de la doble sesión del día de la Pascua Florida en Arles.

A esa hora se tuvo noticia de que a Ángel Teruel habían terminado de operarle en la vecina Nimes. Buenas impresiones: ni el nervio óptico ni el facial habían sufrido daños en el horrible percance de la matinal; la reconstrucción y costura de la cornada de maxilar parecían bien encaminadas; se suponía que una lesión en el lacrimal podría ser la de más costosa cura. La noticia fue calmante.

El resto de la corrida de Miura resultó, por lo demás, decepcionante. No solo porque el cuarto se echara hasta tres veces y después de la tercera, cuando ya Robleño había cobrado un pinchazo, hubo de ser apuntillado; es que el tercero no tuvo ni fuerza ni ganas ni fondo; y el quinto, sin ser tan de mermelada, claudicó, llegó a volcar y hubo de pegar cabezazos al aire para no besar la arena tanto como sus hermanos recién idos al limbo.

Mehdi Savalli hizo temblar la tierra con tres atrevidos pares de banderillas después de haberse templado de capa con cierto acento caro, pero no dio con la fórmula del gana y pierde pasos que hubiera convenido al tercero, que se revolvía por flojo y no por listo. El cuarto cantó por todos los palos: turreó, bramó, mugió, roncó, lloró y hasta pegó alaridos como si fueran vibratos de un sobreagudo. Cariavacado, cortó por las dos manos, embistió al pasitrote, es decir, que no embistió y, cuando se cansó, se echó la siesta pacífica del carnero. Robleño no perdió la paciencia ni los nervios. Pero, si hubiera abreviado, mejor.

Y lo mismo Castaño, que se ahorró en el segundo de sus dos turnos la exhibición de tentadero porque, descorazonado incluso antes de pasar la prueba del caballo, no dio el toro para apenas nada que no fueran muletazos de cachiporra.

Mole de 630 kilos, cinqueño, negro, demasiada panza y exceso de culata, rara anchura en Miura, el sexto, muy cabezón, fue toro de pelea, pero de descomponerse en el caballo –tres varas de desigual entrega-, atacar en oleada en banderillas y hacer en la muleta no demasiadas lindezas: hilo, por ejemplo; apoyarse en las manos, ponerse por delante, mirar por el retrovisor y sembrar por tanto el caos. Dentro de un orden. Savalli le había brindado el toro a Ruiz Miguel; Ruiz Miguel se pasó la faena dándole a voces consejos a Savalli; y a Savalli no le sirvieron ni el toro ni los consejos ni los ánimos de sus cientos de condicionales, para quienes es sin más el torero emblema de Arles. Una estocada, descabellos sin fortuna, el toro se arrimó a las tablas afligido y, sin en vez de elíptica es circular la barrera, la recorre entera medio muerto. O no.

Colpisa-Barquerito



 






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