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Morante, Zabala y la difícil frontera entre admiración y ecuanimidad

Morante, Zabala y la difícil frontera entre admiración y ecuanimidad

20 Agosto 2026

 Artículo de opinión de Juan M Quiros

 

 

 

 



 
 
Lo de Zabala de la Serna con Morante de la Puebla empieza a pasar de castaño oscuro. Resulta cuando menos curioso que quien hace años popularizó aquellos famosos calificativos de «Tunante» y «Mangante» referidos al torero de La Puebla sea hoy uno de los más firmes adalides y defensores del morantismo.
 
Uno puede imaginar que esta defensa a ultranza tenga algo que ver con las exclusivas sobre el diestro cigarrero a las que el periodista tiene acceso o, quizá, con la promoción y venta de su libro sobre Morante. Sea como fuere, hay ocasiones en las que la admiración debería dejar paso a la objetividad, especialmente cuando se ejerce el periodismo.
 
Y viene todo esto a raíz de su comentario sobre los premios concedidos por las peñas taurinas portuenses. Un comentario que, desde mi punto de vista, resulta difícil de compartir.
 
Porque no, Morante no fue el torero que mejor toreó de capote, ni realizó el mejor quite, ni protagonizó la mejor faena y, desde luego, tampoco ejecutó la mejor estocada de la temporada portuense. Y lo dice alguien de quien creo que nadie puede tener demasiadas dudas sobre su morantismo. Alguien que nunca se bajó del barco, ni siquiera cuando parecía que este se hundía irremediablemente.
 
Pero precisamente por eso, porque la admiración no debería estar reñida con la honestidad, creo que hay que llamar a las cosas por su nombre. Se puede ser morantista y, al mismo tiempo, reconocer cuándo otros toreros estuvieron por encima. Se puede defender a un torero sin necesidad de convertir cada decisión o cada premio en una cuestión de fe.
 
Señor Zabala de la Serna, sería conveniente dejar a un lado el papel de adulador y abrazafarolas y ejercer el periodismo desde una perspectiva más ecuánime y justa. La crítica taurina, como cualquier otra forma de periodismo, necesita criterio, independencia y capacidad para reconocer los méritos ajenos, aunque no coincidan con las preferencias personales.
 
Y hay algo más que quizá convendría recordar: usted no sabe, o quizá no quiere saber, el trabajo que cuesta organizar unos premios taurinos. Detrás de cada entrega hay muchas horas de conversaciones, deliberaciones y decisiones. Personas que intentan valorar una temporada y reconocer aquello que, a su juicio, merece ser distinguido.
 
Además, no estaría de más recordar que estos premios no siempre cuentan con la presencia del propio homenajeado. El pasado año, sin ir más lejos, Morante tampoco hizo acto de presencia en los premios Sal y Oro.
 
Por eso, si yo hubiera tenido que concederle un premio este año, probablemente habría sido uno muy concreto: el del hito histórico de haber toreado cuatro tardes en El Puerto y haber conseguido cuatro «no hay billetes».
 
Eso sí es un dato objetivo, incuestionable y digno de reconocimiento. Y nadie necesita exagerarlo para darle el valor que realmente tiene.
 

 

Porque una cosa es ser morantista y otra, muy distinta, perder la perspectiva.
 
Juan M Quiros


 






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