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 El Rey de los toreros: Joselito en la poesía (VI)

El Rey de los toreros: Joselito en la poesía (VI)

22 Mayo 2020

El Rey de los toreros: Joselito en la poesía (VI)
 

 



La perfección que suponía Joselito, en todos sus aspectos, tanto en lo físico, en lo personal como en lo profesional, no podía pasar inadvertido para quienes tienen en su pluma la virtud de definirlo con los más bellos textos. Muchos han sido los poetas que desde su muerte bebieron de su arte y de su persona para en verso o en prosa disfrutar de tan singular figura dentro y fuera de los ruedos. Veamos a Joselito a través de cuatro poetas: Rafael Alberti, Gerardo Diego, Miguel Hernández y Enrique López Alarcón.

 

            El marinero, torero, pintor y poeta Rafael Alberti mantenía una fuerte amistad con Ignacio Sánchez Mejías, cuñado de Joselito, impulsor del acto fundacional de la Generación del 27 en el tricentenario de Góngora, torero y polifacético personaje de fuerte carácter. Con motivo del séptimo aniversario de la muerte de Gallito, tenía lugar el 18 de mayo en el Teatro Cervantes de Sevilla una velada en su honor organizada por su cuñado. Alberti, quien siete años antes había vivido el cortejo fúnebre de Joselito por Madrid,  sería uno de los poetas invitados a glosar su imagen. Tras la llega en el Correo de Madrid a Plaza de Armas, fue llevado por el anfitrión al hotel Plaza de la Magdalena, acompañándole hasta su habitación, echando la llave, y comentando a través de la puerta “Ni comerás ni beberás hasta que escribas un poema dedicado a José. La velada en su honor es esta misma noche. En el teatro Cervantes”.

 

Presto el poeta se puso manos a la obra que en apenas unas horas había rubricado, comentando el hecho al día siguiente con estas palabras “Unas horas más tarde recuperaba yo mi libertad, leyéndole a Ignacio «Joselito en su gloria», cuartetas muy sencillas que repetí en la fiesta, entre los oles y ovaciones de un frenético público compuesto de gitanos y gentes de la torería devotas del espada”.

 

Así de bellas, las cuartetas “sencillas” del poeta marinero “Joselito en su Gloria:

 

Llora, Giraldilla mora,/lágrimas en tu pañuelo./Mira cómo sube al cielo la gracia toreadora./Niño de amaranto y oro,/cómo llora tu cuadrilla/y cómo llora Sevilla,/ 


despidiéndote del toro. 

Tu río, de tanta pena,/deshoja sus olivares/y riega los azahares/de su frente por la arena. 


-Dile adiós, torero mío,/dile adiós a mis veleros/y adiós a mis marineros,/que ya no quiero ser río./Cuatro arcángeles bajaban/y, abriendo surcos de flores,/al rey de los matadores/en hombros se lo llevaban. 
-Virgen de la Macarena/mírame tú, cómo vengo,/tan sin sangre que ya tengo/blanca mi color morena./Mírame así, chorreado/de un borbotón de rubíes/que ciñe de carmesíes/rosas mi talle quebrado. 


Ciérrame con tus collares/lo cóncavo de esta herida,/¡que se me escapa la vida/por entre los alamares!/¡Virgen del Amor, clavada,/igual que un toro, en el seno!/Pon a tu espadita bueno/y dale otra vez su espada./Qué pueda, Virgen, que pueda/volver con sangre a Sevilla/y al frente de mi cuadrilla/lucirme por la Alameda.

 

El poeta cántabro Gerardo Diego fue de los primeros de la Generación del 27 en escribir sobre la tauromaquia, dedicando gran parte de su obra a la fiesta en sí, toreros, plazas, suertes, etc. En 1926 escribió “Elegía a Joselito”, la que no pudo ser estrenada en la velada homenaje de Sevilla por ausencia del autor. El poema fue enviado a José María de Cossio para ser incluido en El Cancionero, manuscritos poéticos recopilados por él que se encuentran en su Casona de Tudanca (Cantabria) y que también fue publicado por el propio autor en el poemario taurino La suerte o la muerte en 1963. Gerardo Diego en sus versos nos describe físicamente al toreo, a su toreo, a su lado humano y al dolor por su pérdida:

 

Lenta la sombra ha ido eclipsando el ruedo./ Ya grada a grada va a colmar la plaza./ vino triste de sombra, vino acedo/ El torero./ tiñe ya casi el borde de la taza.

 

Fragilidad, silencio y abandono./ Cobra el gentío un alma de paisaje/ mientras siente el torero hundirse el trono/ y apagarse las luces de su traje.

¿Y para qué seguir? La gloria toda/ no redime un azar de aburrimiento./ Lo mejor es dormir –ancha es la boda-/ Largo y horizontal a par del viento.

Un lienzo vuelto, una última voz –toro-,/ un gesto esquivo, un golpe seco, un grito,/ y un arroyo de sangre –arenas de oro-/ que se lleva –ay, espuma- a Joselito.

 

José, José, ¿por qué te abandonaste/ roto, vencido, en medio a tu victoria?/ ¿Por qué en mármol aún tibio modelaste/ tu muerte azul ceñida de tu gloria?

 

Cinta ya fugitiva, nada vive/de tus claros millares de faenas./Y resbalan memorias en declive/igual que de las manos las arenas.

 

Los quince años, espigado tallo/juego y donaire y esbeltez gitana./Un nuevo Faraón –cresta de gallo-,/ágil la línea y fresca la mañana.

Y una tarde –heredada prensa, el ángel-/aquel beso en la frente decisiva/sellando –era la feria del Arcángel-/la ceremonia de la alternativa.

Y después, cuantos largos esplendores/Sobre efímeras llamas de toreros./Ojos, bocas. Los palcos tentadores./Sur de Mantillas, norte de sombreros.

 

La verónica comba, el abanico,/la larga caligrafía y precisa,/El galleo –a los hombros el hocico-/y el arrancar –trofeo- la divisa.

 

El quiebro repetido, el par al sesgo/o en diametral oposición forjado,/dibujando en la arena, a la flor del riego,/un radiante teorema entrecruzado.

 

Y la embriaguez, tú con el bruto a solas,/olvidado de Dios y de la vida,/hasta triunfar sobre las ciegas olas/del corvo instinto la invisible brida.

 

Y las órbitas rojas de los pases/ceñidas siembre en torno a tu cintura,/y el fulminar tu espada en tres compases/una vida burlada en escultura.

La lídia toda, atada y previsora,/sabio ajedrez contra el funesto hado./Gesto de capitán, cómo te lora/la cofradía del aficionado.

 

Y todo cesó, al fín porque tú quisiste/Te entregaste tú mismo; estoy seguro./ Bien lo decía en tu sonrisa triste/ tu desdén hecho flor, tu desdén puro».

 
Sergio Pérez  Aragón
 

Próximo: El Rey de los toreros: Joselito en la poesía (y VII)



 






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