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La feria vuelve a mínimos artísticos tras derroche de la víspera en Pamplona

La feria vuelve a mínimos artísticos tras derroche de la víspera en Pamplona

13 Julio 2019

Pamplona. Seis toros de La Palmosilla (el 3º como sobrero, tras devolverse un titular que se partió un pitón) que, con el denominador común de la movilidad, conformaron la típica corrida de tres y tres: los tres de menos peso y mejores hechuras (1º, 2º y 4º) dieron buen juego, con un cuarto especialmente bravo y enclasado; los tres de más volumen y más destartalados, incluido el sobrero, no tuvieron raza ni entrega, con un sexto que además desarrolló sentido.

 



José Garrido, de verde hoja y oro: pinchazo y media estocada trasera (silencio tras aviso); pinchazo y descabello (ovación).

Luis David, de blanco y plata, que sustituía a Román: estocada trasera caída (oreja); pinchazo y estocada desprendida (silencio).

Javier Marín, de azul noche y oro: pinchazo, pinchazo hondo y cinco descabellos (silencio tras aviso); estocada atravesada, ocho pinchazos y tres descabellos (

Noveno y penúltimo festejo de la feria de San Fermín, con lleno en los tendidos (unos 19.000 espectadores), en tarde encapotada y de bochorno.

 

A pesar del buen juego de tres toros de La Palmosilla, las corridas sanfermineras volvieron este sábado a situarse bajo mínimos artísticos tras el derroche orejero de la víspera, por mucho que, como otras tardes, volviera a concederse un trofeo de poco peso que paseó el mexicano Luis David.

 

Tras la caída del cartel de Román, aún no recuperado de su gravísimo percance de San Isidro, el cartel mantenía el atractivo de ver reunidos a tres toreros de la nueva generación, con la entrada en su lugar del joven azteca.

 

Pero precisamente por eso, porque cabía esperar más de unos toreros "en edad de merecer", resultó muy decepcionante ver cómo no se terminaron de aprovechar tres de los buenos toros que lidió la divisa de La Palmosilla, que debutaba en Pamplona.

 

De ese trío de toros más o menos destacados, dos cayeron en el lote del extremeño José Garrido, dándole la oportunidad de relanzar su carrera con un triunfo redondo que, en cambio, no llegó ni a rozar por falta de aciertos y, sobre todo, asiento y convicción.

 

El primero, marcando la tónica común del encierro, mostró desde su salida una gran movilidad, unas embestidas repetidas e incansables a las que no puso freno ni ralentí Garrido toreándolo a una velocidad de vértigo, a veces incluso a punto de ser desbordado.

Con todo, puede que a ese toro le faltara un punto de la clase que le sobró al cuarto, un fino y serio chorreado en verdugo que embistió también sin pausa solo que una total entrega que el diestro de Badajoz no llegó a apurar en un muleteo ligero y despegado hasta que pareció desfondarse más que el animal.

 

El otro toro destacado de la tarde correspondió a Luis David, en segundo lugar. Después de un tibio y poco lucido pique en quites con Garrido, el mexicano agarró las banderillas para, en una suerte inusual en su actual repertorio, mostrarse desacertado a la hora de clavar y embrocarse, siempre a cabeza muy pasada.

 

La faltó también a este potable toro de La Palmosilla mayor entrega y clase, aunque resultó más que manejable sobre todo cuando, mediado su destajista trasteo, el mexicano se asentó por fin sobre la arena y acertó a atemperarle con más exigencia de su muleta. Sin alcanzar demasiado brillo, le bastó una estocada caída en la suerte de recibir para lograr el baratito trofeo habitual.

 

Lo de los otros tres toros, los de más volumen y peores hechuras, fue una historia muy distinta y tampoco ejemplar. El quinto, el de más peso, se movió mucho y sin celo, sin que Luis David llegara a pararse ni a pararlo. Por lo menos, el toro no tuvo la maldad y las complicaciones de los otros dos que entraron, por azar matutino y vespertino, en el lote de Javier Marín, el torero menos rodado de la terna.

 

El joven cirbonero tuvo la mala suerte de que le devolvieran al tercero a los corrales, una vez que el animal se partió de salida el pitón derecho. Una lástima porque, por finura de hechuras y por sus primeras embestidas, que el navarro aprovechó para darle cuatro largas afaroladas de rodillas, pudo haber sido otro de los ejemplares destacados de la corrida.

 

En su lugar salió un basto y grandón sobrero del mismo hierro que se defendió con mal estilo a los esfuerzos voluntariosos del torero de la tierra, al que, para más inri, le tocó en el sorteo de las doce un sexto destartalado que, con sentido y peligro, le puso en apuros en más de una ocasión, aunque Marín, a pesar de su inexperiencia, nunca le volvió la cara antes de eternizarse en los errores con los aceros.

 

EFE - Paco Aguado

 



 






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