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Esfuerzo a medias de la terna con tres bravos "adolfos"

Esfuerzo a medias de la terna con tres bravos "adolfos"

11 Octubre 2018

Zaragoza. Seis toros de Adolfo Martín, muy desiguales de presentación, por su disparidad de hechuras, encornaduras, cuajo y volumen. Salvo los dos últimos, desrazados y deslucidos, la corrida dio un juego encastado y además bravo en varas, destacando especialmente los lidiados en segundo, tercer y cuarto lugares, que en distinto grado embistieron con entrega, profundidad y exigencia.



Antonio Ferrera, de tabaco y oro: estocada trasera desprendida (oreja); estocada desprendida perpendicular (vuelta al ruedo tras aviso y petición de oreja).

Miguel Angel Perera, de azul rey y oro: estocada desprendida perpendicular (palmas); pinchazo hondo en los bajos y media estocada trasera (silencio).

Serranito, de coral y oro, que sustituía a Fortes: estocada caída y dos descabellos (ovación tras aviso); media estocada delantera (silencio).

Entre las cuadrillas destacó Antonio García picando al sexto, al que también bregó con criterio Rafael González. Al final del tercio de banderillas del segundo saludaron, por sus pares y la brega, los tres peones de Perera.

Al finalizar el paseíllo se guardó un minuto de silencio en memoria de las víctimas de las inundaciones de Mallorca.

Séptimo festejo de abono de la Feria del Pilar, con algo más de medio aforo cubierto (unos 5.500 espectadores).
 

La terna de espadas que actuó hoy en la plaza de Zaragoza se quedó a medias de lograr un sonado triunfo frente a los tres bravos y destacados toros de la divisa de Adolfo Martín jugados en una tarde que finalmente se saldó con una solitaria oreja para el extremeño Antonio Ferrera.
 

Además, ese solitario trofeo no se lo cortó Ferrera al buen ejemplar que, como a sus compañeros, también le cupo en suerte sino a un primero que, aunque encastado, se empleó con menos entrega que sus hermanos sobresalientes.
 

Vareado y "feo" por delante, por aparatoso y cornivuelto de pitones, tuvo este que abrió plaza un punto de reservón que el veterano diestro supo corregir, encelándole con suavidad y a media altura para hacerle más cómodo el esfuerzo, hasta llegar a cuajar así un buen puñado de largos y templados naturales.
 

Que el toro y la faena fueran a más se debió únicamente al alarde de maestría que hizo el extremeño, que se llevó así, tras una estocada ligeramente defectuosa, la que sería única oreja concedida en una corrida donde hubo toros para más.
 

Sin ir más lejos el segundo del propio Ferrera, un ejemplar de más cuajo con el que se lució de capa llevándolo y sacándolo del caballo, allí donde el de Adolfo Martín empujó en serio. Pero esta vez el matador apostó menos y manejó la muleta sin el mando que pedía una embestida más seria y exigente que la de su primero.
 

Con los vuelos muy sueltos, sin someter al toro tan por abajo como exigía para ir más largo tras el engaño, Ferrera optó por moverlo en una faena de más habilidad que firmeza, muy andada y poco asentada. Aun así fue un trabajo vistoso y bien "vendido", para que el público le pidiera con fuerza otra oreja que esta vez, también con un espadazo mejorable, no quiso conceder la presidencia.
 

Entre los buenos toros de la tarde hay que inculir también al fino y terciado segundo, más medido de fuerza per con una palpable calidad en su noble embestida. Pedía así más sutileza en el trato que la que aplicó Miguel Angel Perera, desde un principio y en todo obstinado en forzarle tan por abajo en los cites y en el trazo que acabó haciendo que el animal se parara, casi acobardado.
 

Pero para bravo de verdad, por entregado y profundo en sus embestidas, estuvo el tercero, "Tomatillo" de nombre, que correspondió al aragonés Serranito, incluido a última hora en el cartel para sustituir al convalenciente Fortes.
 

De tanto empujar bajo el peto el propio toro se provocó una seria sangría que le empapaba todo el lomo, lo que no fue obstáculo para que llegara a la muleta dándolo todo, con el hocico por la arena y con toda la potencia de los riñones puesta en el empeño.
 

Serranito supo enseguida que el "adolfo" necesitaba que le llevaran y le soltaran con los vuelos bajo la pala de los pitones, porque de lo contrario, de puro bravo, se crecía y violentaba sin notar el mando.
 

Y exactamente así fue la soberbia tanda de cuatro naturales que le ligó el aragonés, de un poder, un temple y un trazo tan hondos como el propio toro y que levantó un apasionado clamor en los tendidos.
 

De seguir así, la faena hubiera sido memorable, pero el esfuerzo que supone un hacer un toreo de tanta entrega, aun en una sola serie de muletazos, pareció desfondar al propio torero, que, lamentablemente, ya no volvió a repetir un momento de tanta y auténtica intensidad. Y eso que "Tomatillo" seguía teniendo muy alto su rebosante depósito de raza. EFE

 



 






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