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Triunfo de Ponce, oreja y espectacular susto a Cayetano

Triunfo de Ponce, oreja y espectacular susto a Cayetano

16 Marzo 2009

Valencia. 10ª Feria Fallas. Lleno de "No Hay Billetes" Toros de Juan Pedro Domecq, desiguales de presentación y nobles y manejables en conjunto.

Enrique Ponce, oreja tras aviso en ambos.
José María Manzanares, palmas tras aviso y silencio.
Cayetano Rivera, silencio y oreja tras aviso.



FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

6 toros de Juan Pedro Domecq, desiguales de cuajo, mansos, dos pastueños (1º y 4º), otro abanto y complicado (6º) y tres descastados e inválidos.

ESPADAS:

Enrique Ponce, oreja tras aviso en ambos.

José María Manzanares, palmas tras aviso y silencio.

Cayetano Rivera, silencio y oreja tras aviso.

CRÓNICA DEL FESTEJO

Una de emoción y dos orejas

La emoción de la corrida no la puso Ponce con su elegancia –poco profunda pero técnica-, ni la puso Manzanares con su toreo habitualmente profundo, ni la pusieron los descastados o pastueños de Domecq, ni la puso Cayetano por sus ramalazos artísticos. Fue la emoción surgida de las brusquedades y violencias del último toro y de un Cayetano entregado, responsable, aunque carente de técnica para lidiarlo. El ¡ay! surgía de todas las gargantas en cada pase, la gente –especialmente las más sensibles féminas- se tapaban los ojos presas de pavor, los hombres se agarraban a sus asientos para saltar en cualquier momento; no hubo toreo, es verdad, pero hubo emoción a raudales. Y al ver cómo el toro doblaba tras una estocada defectuosa -¡qué le importaba eso al público!- suspiraron de alivio y se entregaron gozosos a la orgía entusiasta de la concesión de trofeos. Una oreja concedería el presidente, no sin que las mulas tardaran dos minutos en hacer acto de presencia, y por parte de ignotos particulares se cerraran las puertas al menos un par de veces de manera poco disimulada.



De la corrida de Domecq sólo podemos salvar a los dos que le correspondieron al diestro de Chiva, no por su bravura –mansearon en varas-, ni por sus fuerzas –en términos generales, aunque se cayeron poco-, sino por su pastueña condición en la muleta, e incluso el cuarto con boyantía. Por lo demás los restantes no ofrecieron el juego esperado, ni aun juego alguno en más de un caso, y el sexto fue un abanto o bravucón violento –que embestía sólo a oleadas cuando quería, y cuando no tardeaba y esperaba, para arrancarse con brusquedad a su antojo, a veces sin mirar más que al bulto-. Exiguo resultado –a pesar de trofeos conseguidos- de la casa matriz de la mayor parte de las ganaderías españolas.

Enrique Ponce salió ampliamente satisfecho del suyo, de su resultado, valorando especialmente la faena al cuarto –ahí le damos la razón-. Su primero se llamaba Bribón, con 533 kilos, colorado ojo de perdiz, delantero de cuerna, con poco cuajo, manso pero pastueño en la franela. Y vimos al Ponce eterno, es decir al que casi siempre vemos: elegante, fino y seguro, toreando a media altura, despegado, en paralelo la mitad de la faena, sin metérselo dentro, pero con suficiencia y facilidad. A medida que se fue quedando el bicho sin fuerzas fue metiéndoselo más, acortando distancias, citando con la muleta más retrasada para lancear más desmayado, y acabó dando las dosantinas (hoy llamadas poncinas) correspondientes, casi rodilla en tierra, muy abierto el compás, y citando por la espalda para dar casi medio circular. Un aviso y una entera arriba, apenas algo perpendicular, cerraron esa primera faena con la consecución de la oreja. El cuarto pasaba por Ruiseñor, de 584 kilos –y sólo se caería una vez, ¿será que los más grandes se caen más?...-, castaño bragado y listón de capa, delantero de astas, manso y boyante. Volvería, como en su primero, a lancear a la verónica de recibo, donde vimos la calidad del toro, como en la primera ocasión, saliendo mejor en ambos casos las ejecutadas por el pitón izquierdo. Tras brindar a la fallera mayor, fue empapándolo en la franela, a media altura, en los inicios despegado y en paralelo, hasta conseguir que se centrase el toro en la muleta. A partir de la cuarta tanda, con la muleta en la izquierda, lo llevó -sin profundidad- pero con gusto y elegancia exquisitas, para ligar una serie con la derecha, en redondo, pero sin ganar terreno. Siguió con ambas manos, seguro y con clase y terminó adornándose antes de que le llegara un aviso. Un pinchazo bajo, y una estocada entera, pero caída, de gran eficacia, le conseguirían esa segunda y satisfactoria oreja.

Manzanares no tuvo suerte y acabo poniéndose pesado en el quinto. El segundo se apodaba Comunero, con 546 kilos, negro mulato, delantero y sospechoso de armas (manicurizado), manso y descastado. Nada le vimos con el percal, y con la muleta poco más: muchas ganas, intentos de llevarlo largo, algún muletazo suelto, pero sin continuidad. En su debe figura que no siempre estuvo colocado –sólo a veces-, que intentó llevarlo de abajo a arriba para que no se cayese –con lo que perdió profundidad- y que al final porfió en demasía. El toro tomaba uno y medio pases antes de pararse en cada serie; una desgracia lamentable. Lo mató, tras que el toro buscase refugio en tablas y casi se aconchara en ellas, de una entera muy habilidosa, apenas desprendida, oyendo un recado. El quinto era un bicho llamado Destapado –¿premonitorio del estado de la ganadería?- de 538 kilos, capa melocotón, gacho hasta la indignidad para una plaza de primera, manso, inválido y complicado por ello. Salió y se paró: ya estaba picado. Poco le hicieron los del castoreño –como al resto de la corrida- y el trasteo se realizó entre –apunten- seis caídas, tantas como infructuosas tandas. Por más que Manzanares se colocó, que intentó cuidarlo y tirar de él alargándole el viaje, todo fue inútil; cuando el animal se arrancaba era brusco y se paraba o se caía inmediatamente. Una entera, baja, fácil de ejecución puso fin al suplicio general.

ayetano tuvo delante en primer lugar a Nereido, de 556 kilos, castaño, delantero de branquias, inválido, manso y descastado. Después de dos simples rasguños cutáneos, mientras salía suelto, llegó al muleteo con las mismas fuerzas que un caracol cojo –no se rían, que el caracol tiene un pie-. En total le vimos besar el sacrosanto suelo –con babeo incluso, por cierto- en cinco ocasiones, y eso que no se le bajó jamás la mano porque no podía ni con el rabo –no les cuento de la cáscara-. El matador no hizo nada. Una entera arriba, con habilidad, y a otra cosa. En el sexto vibró la plaza como hemos comentado, más que por el toreo, mando o dominio –que no hubo-, por la entrega, ganas y el atropello de la razón, pero faltó la técnica necesaria para lidiar al marrajo abanto. Se llamaba, no podía ser de otra forma, Ácrata, con 524 kilos, negro –como sus intenciones-, delantero y rarete de púas, con poco cuajo, manso y violento en sus arrancadas..., cuando las daba. Cayetano comenzó de forma tremendista, de rodillas, muy jaleado, intentó darle un pase con la izquierda sin suerte, recibiendo una colada y al coger la derecha fue cogido y volteado de forma tremenda, recogido del suelo y vuelto a echar a los aires, levantándose arrebatado y dispuesto a no dejarse vencer en la lid, con lo que cautivó a los espectadores definitivamente. A partir de entonces ganó la emotividad, porque el bicho lo mismo se arrancaba que tardeaba, iba brusco y se revolvía, que salía distraído, manifestando -de esta forma- su escasa casta. Terminó el diestro con un desplante, genuflexo, dándole al espalda y arrojando la muleta como podría haber hecho el mismísimo Cordobés o el Litri padre. Una estocada entera, caída y trasera, escuchó un aviso y al doblar el toro en tablas, recibió el agradecimiento del respetable en forma de oreja. ¡Vencer o morir en el intento!”, en definitiva. No es nuestro lema en el toreo, pero en tardes soporíferas es de agradecer

Cope.es
 


 






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