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Otro derroche de orejas en el fin de fiesta, ante una vacía corrida de Miura

Otro derroche de orejas en el fin de fiesta, ante una vacía corrida de Miura

14 Julio 2017

Pamplona. Seis toros de Miura, en el tipo de la casa, por su gran volúmen, y aparatosas cornamentas, con cuatro de ellos por encima de los 600 kilos. Corrida vacía de raza e incluso de escasas fuerzas, lo que derivó, en mayor o menor medida, en su generalizado  comportamiento defensivo. Décimo y último festejo de la feria de San Fermín, con lleno en los tendidos.

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Rafaelillo, de salmón y oro: estocada baja (oreja); pinchazo y estocada desprendida (oreja tras aviso). Salió a hombros.

Javier Castaño, de caldero y oro: estocada desprendida (oreja); estocada y ocho descabellos (ovación).

Rubén Pinar, de carmesí y oro: dos pinchazos y estocada desprendida (silencio); estocada baja trasera (oreja).

Entre las cuadrillas destacó en la brega del quinto Marco Leal.

Hasta cuatro orejas -dos de ellas para avalar las salida a hombros de Rafaelillo- se concedieron hoy en la corrida que cerró los Sanfermines de 2017 y que premiaron, de nuevo con amplia generosidad, los tan solo voluntariosos trasteos de la terna ante unos toros de Miura tan voluminosos como desrazados.

HASTA EL ÚLTIMO ALIENTO

Se acercaba el "Pobre de mí" y en los tendidos de sol no se dejaba de cantar, con los mozos y mozas dispuestos y dispuestas a gastar hasta el último aliento, a darlo todo hasta que llegara el inmediato momento de quitarse los pañuelos rojos.

Y ese derroche de energías, en el sprint final de la fiesta, se tradujo también en generosidad para con los componentes de la terna que se enfrentó a los siempre temidos "miuras", los toros que, desde hace muchas décadas, son una parte tan intrínseca a los Sanfermines como los gigantes y los cabezudos.

También gigantes, y de aparatosas cabezas, fueron precisamente los seis del legendario hierro que cerraron hoy el abono pamplonés. Solo que dentro de tan grandes continentes no hubo apenas contenido, porque con un juego desrazado y a la defensiva, no regalaron una sola embestida de mínima entrega.

No fue, por tanto, corrida apta para el lucimiento de los toreros, que, por supuesto, no pudieron sacarle muletazos templados y hondos, pero tampoco tan mala o peligrosa como para buscar con ella el éxito por la vía de la épica.

Aunque impresionaban por su tremendo volumen y sus destartaladas cormanentas, los seis "miuras", en distinto grado de aspereza, no hicieron más que soltar cabezazos para defender su nula raza o, incluso, sus escasas fuerzas.

Ante tal panorama, los tres toreros del cartel no pudieron más que poner voluntad y un resignado empeño con sus lotes, aunque sin obtener grandes ni brillantes resultados, por mucho que el público de Pamplona, tan generoso este año, les premiara con amplia holgura por ello.

Rafaelillo se llevó así de su lote sendas orejas que le abrieron la puerta del encierro: la primera, sin apenas petición, de un cárdeno afligido y endeble, y la segunda de uno torancón de 660 kilos muy sangrado en varas, pero que se defendió con más genio y aspereza que sus hermanos.

El torero murciano, que no llegó a ligarle un sólo pase limpio, le dio más fiesta a la gente que a los toros, a base de pases de rodilas, desplantes y regates, hasta que el de Miura, sin olvidar su origen genético, le cazó en un descuido de su esgrima y le volteó de forma aparatosa, haciéndole girar por completo en el aire.

Sin mayores consecuencias que un pasajero marea, volvió Rafaelillo en mangas de camisa a la cara del toro para, como pasó con el anterior, darle muerte de una estocada tan efectiva como defectuosa, lo que ni público ni presidencia tuvieron en cuenta.

El mismo rápido efecto tuvo el espadazo que Javier Castaño le recetó al segundo de la tarde y que motivó que también su estadística se complete ahora con una oreja de poco peso, tras un trasteo opaco a un "miura" noblote y sin empuje alguno en los cuartos traseros.

Y si el castellano-leonés no se llevó otra del quinto, con el que abrió la faena de muleta sentado en una silla de enea, fue porque necesitó de ocho golpes de descabello para rematar su cauto trasteo a un castaño cornalón que nunca se entregó.

Después de que dos pinchazos evitaran que también él se llevara un trofeo del primero de su lote, cuando salió el sexto sólo faltaba darle una oreja a Rubén Pinar para que la generosidad fuera completa.

Así que, a poco que mató de una única estocada baja, también se agitaron los pañuelos para que el albaceteño no se fuera de vacío, esta vez por pasar con cierta limpieza las dos docenas de insulsas arrancadas que tuvo otro enorme "miura" de más apariencia que fondo.

Pero a esas alturas, cuando empezaban a sonar las notas del Vals de Astraín, las orejas, los toros, los toreros y hasta la misma corrida quizá fueran lo de menos para unas peñas deseosas de invadir el ruedo por última vez en estos Sanfermines.

EFE- Paco Aguado

 



 






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