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Oreja para Urdiales y Aguilar y herido Yesteras en Tudela

Oreja para Urdiales y Aguilar y herido Yesteras en Tudela

27 Julio 2009

Tudela (Navarra). 3ª de Feria. Más de media plaza.

Toros de Victorino Martín, bien presentados, cumplidores en varas y desiguales de juego. Destacó el lidiado en 2º lugar.

Juan José Padilla, silencio y bronca.
Diego Urdiales, oreja y silencio tras aviso.
Sergio Aguilar, silencio y oreja.

Parte de Vicente Yestera: Cornada en el escroto de 7 cms. que eviscera el testículo izquierdo. Ha sido intervenido en la enfermería y trasladado al Hospital Reina Sofía de Tudela. Pronóstico, menos grave.



FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de Victoriano Martín, de muy desigual fachada. El segundo, el mejor rematado, fue el de mejor nota. El cuarto, a la defensiva, el peor. Simplemente manejables los otros cuatro. Se paró el tercero, acabó defendiéndose el quinto.

ESPADAS:

Juan José Padilla, de castaño y oro, silencio y pitos.

Diego Urdiales, de rosa y oro, una oreja y silencio tras un aviso.

Sergio Aguilar, de corinto y oro, silencio y una oreja.

INCIDENCIAS:

Vicente Yestera, cogido por el cuarto en banderillas, sufrió una cornada que atravesó la bolsa escrotal con evisceración de testículo.

CRÓNICA DEL FESTEJO

Pureza de Sergio Aguilar, finura de Urdiales, victorinada de baja nota

Ingrata corrida de Victorino: grandullona, de darse en una baza y dejarse de dar de pronto en la siguiente, de medir y mirar, de pararse y pensárselo, o de protestar inesperadamente. Un toro parecía dormido y de repente arreaba estopa. Y otro exactamente al revés. Etcétera. Sólo un toro en tipo, y de bello remate: el segundo, degolladito, armónico, el único terciado del envío. El mejor de las seis. La sangre a la pezuña, tres agujeritos de puyazo, una salida barbeando que es casi preceptiva en los toros que han corrido por la mañana el encierro de Tudela. Un encierro llano con sólo una doble escuadra previa a la entrada por el callejón a la plaza. Con nobleza se empleó por las dos manos. Se dejó querer.

Sólo que en esta corrida tan poco apetecible de victorinos de despensa se coló de invitado fatal el viento. Cosas del clima de la Ribera del Ebro: viento de levante, azote constante. De descubrir a los toreros cuando quisieron descararse y ponerse donde procedía. Descubrió una y cien veces a Diego Urdiales, a cuyas manos vino a parar ese buen segundo toro, reunido de cabeza, bajo de agujas, flexible. Sin viento se habría visto mejor todo. Entregado, firme el torero de Arnedo, pero costaba embrocarse y aguantar las repeticiones porque los golpes de aire descomponían el engaño. Como si en la postura le viera el toro las cartas al torero.

Este victorino tuvo, sin embargo, nobleza. La nobleza de la casta, no de la mansedumbre. Tuvo mérito la entereza de Urdiales. Su sencillo gusto, su empaque un poco encorsetado. Su rigor para torear encajado y por abajo. Y por las dos manos. Aunque por culpa del viento se quedó a deber una tanda redonda, y de paso una redonda faena, la fortuna guió certera al brazo que tunde a los toros: una estocada. Una oreja.

La fiesta la abrió Padilla con un toraco bruscote y algo andarín, altísimo, veleto, más feo que lindo. Con motorcito al principio, repuso después. Se embrocó al paso. Padilla lo manejó con facilidad, le puso tres buenos pares y, cuando se cansó de marear a contraviento, montó la espada sin pena y pasó página.

Después de esos dos turnos primeros entró en escena exquisitamente Sergio Aguilar, que sólo el domingo había despachado mano a mano con El Fundi en Beaucaire, en la Francia mediterránea, una mastodóntica corrida de Victorino que no dio alegrías a nadie. Los lances con que Sergio recibió y fijó al tercero, de fino embroque, manos bajas y suave compás, tuvieron caro sello. Distraído, mansote en varas, encogido, un punto reservón, el toro estuvo entre pararse o defenderse. Le costó mucho pelear. No a Sergio, que, claras las ideas, segura disposición, resolvió con sencillez una faena de tres partes: acople y tanteo elegantes, ajuste y toque delicados por la mano izquierda, la estoica firmeza del valor natural y del toreo de brazos. La banda de Tudela, que toca de maravilla, eligió para celebrar las cosas de Sergio Aguilar el “Nerva” de Rojas. La versión, muy afortunada, puso su ritmo en juego cuando el toro se negó. A Sergio, lesionado en una muñeca, se le negó la espada. Cuatro pinchazos de palillero. Se fue al éter una oreja ya ganada.

No en el segundo de sus dos turnos. Con un sexto toro disparatado. Bicharracote de casi seis años, montado, largo, estrecho, de culata caballar y cuello y cara de rata, cornicorto pero ofensivo. Por construcción –metro y medio de pezuña a cruz-, de cartón piedra la gaita, no podía descolgar el toro, que apretó en el caballo y sangró lo suficiente como para perder humos. Las manos por delante y casi por sistema. Y, sin embargo, tenía cierta bondad. En manos de Sergio pareció seguramente mucho mejor toro de lo que fue o era.

Pues, riguroso en el propósito, sereno de verdad, entregado sin gestos baratos, se puso Sergio en zona de tiro y diana, sacó los brazos, se trajo enredado y enroscado al toro, le aguantó los renuncios, un pisotón, un desarme, y resistió impertérrito las repeticiones en bruto para conducirlas por abajo con virtuosismo. El final, a la mexicana, de toreo a pies juntos, cambiado o en la suerte natural, fue un pianísimo perfecto. Un pinchazo, una estocada. Una oreja muy difícil. ¡Qué menos...! Había por las gradas gente venida de la cercana Arnedo para ver a Urdiales. Y fieles de Padilla, que en Navarra importa y cuenta. Y también unos cuantos que habían visto el bello debut de Aguilar en Pamplona hace tres semanas con dos toros de Cebada y quisieron repetir la cata de un torero de tan buen gusto. Valió la pena.

El viento se lo puso imposible a Urdiales con un quinto asaltillado, paso y veleto de cuerna, que se defendió pegando tarascadas a última hora, pero que había querido antes y a su manera un poco. Sólo que este toro, corneado en los corrales por un compañero de viaje, acusó los efectos de la paliza y a veces se derrumbaba o se orientaba al revolverse. Paciente, Diego le buscó son afligirse ni volver la cara las vueltas. Dominó la situación. Padilla, contrariado con el estilo amoruchado del cuarto, renunció a banderillear y, curvas peligrosas del destino, ese mismo toro cogió de lleno a Yestera en el embroque del tercer par. Cornada en la bolsa escrotal. Se echó encima la gente de Padilla cuando éste decidió abreviar, que fue una decisión inteligente.

COLPISA, Barquerito.



 






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