Toros en El Puerto

“EL CALIFA”, POR EMOCIONES 

A lo largo de esta interminable Feria de San Isidro han salido muchos toros buenos que los toreros no han sabido aprovechar. Y eso a pesar de que, previamente y salvo honrosas excepciones, los destrozan, los machacan y los torturan en el caballo una tarde sí y otra también. El día 20, por ejemplo, salió un sobrero de “El Ventorrillo”, al que se le dio la vuelta al ruedo mientras, uno de los “proclamados” por cierta prensa como triunfador del Ciclo, Uceda Leal, se le dejaba ir sin torear y van... Si se coge el programa de los festejos pasados, uno se da cuenta que muchos animales fueron desaprovechados por esos toreros de “pitiminí” que año tras año nos aburren hasta la saciedad. Deducción lógica: la mayoría de las veces los toreros están por debajo de los toros buenos o bravos. Y es normal, están tan acostumbrados a un sucedáneo de torito que cuando les sale uno auténtico, pues... a navegar en justificaciones variopintas. El viernes 30, se salvó el novillero Luis Bolivar. El domingo 1 de Junio, una corrida infumable de Barcial, muy bonita eso sí, dio al traste con las ilusiones de todos y el lunes 2, ya se volvió a lo de siempre, con toros de Domingo Hernández padecimos el sopor del toreo de Manuel Caballero y Rivera Ordeñez. Se salvó con sus tercios de banderillas olímpicos “El Fandi”. Más preocupante me pareció ver el miércoles 4, los otrora míticos, enrazados y bellos Pablo Romero, devenidos en ganadería comercial al uso: flojísimos, dulzones y hasta feos. Observando por allí a José Miguel Arrollo y Víctor Puerto ensimismados, pensé que deberían reflexionar una temporadita en un convento solitario. Sergio Aguilar era el único matador que tomaba la alternativa en esta Feria, tiene excelente corte de torero, aunque se estrelló contra los elementos negativos en forma de animales con cuernos –más o menos desarrollados-

  Pero el martes 3 de junio se produjo el reencuentro con la emoción que provoca la seguridad, el convencimiento y la vergüenza torera de un TORERO que lidió dos toros mansos, encastados y peligrosos. Su primero era de José Vázquez (antiguo Aleas, “ni los veas”), manso y complicado, al que fijó con dos verónicas y una media de lujo en terrenos del “6”, después de que éste manseara un buen rato por todo el ruedo. Se dobló eficaz y airoso con él, le hizo crujir sus huesos al toro y a nosotros el corazón de emoción. Le recetó una faena dominadora, con agallas, cruzándose, bajando la muleta a la arena, plantándole cara, labor técnica y valiente, de “tú o yo”. Y no falla. Cuando a un animal por difícil, bronco y complicado que sea se le domina con suficiencia acaba por entregarse. A partir de ahí, cada pase era un clamor y cada colada un ¡¡¡Ay!!! de sobresalto que en modo alguno dejaba impasibles a los espectadores. Otra vez la torería, el desgarro, el aliento sentimental al ver como un hombre podía con una alimaña que esta vez sí era fiera, no como la mayoría de las tardes. La estocada le cayó trasera y el presidente no atendió la petición de oreja del respetable. El usía quiso compensar y en su segundo le ofreció en bandeja la puerta grande.

 Este presidente, Juan Lamarca, no me gusta nada. Es el que manda provocadoramente a la policía al tendido 7, en vez de mandarla a detener delincuentes que se hallan no muy lejos de allí; el que cambia de tercio los toros sin ver como salen del caballo; el que tiene fácil pañuelo blanco orejófilo para los figuras y difícil pañuelo verde para echar a los toros deficientes al corral... Para mí el mejor presidente de la plaza de toros de Madrid es Cesar Gómez. Los demás dan una de cal y otra de arena y cerrando el pelotón se encuentra este, por otra parte, muy elegante, Sr. Lamarca. No entiendo como para unificar criterios no se nombra un solo presidente para todas las corridas. En fin, el tema anda como está.

 Nada de esto ni de lo otro amilanó a “El Califa”. Ni siquiera la muerte de su padre, acaecida 48 horas antes –y al que brindó emotivamente desde el centro del ruedo la faena del tercero-, ni el puntazo que le infirió este toro y que le recluyó en la enfermería de la que salió para lidiar el segundo de su lote, que hacía sexto de la tarde y que pertenecía a la ganadería de Dolores Aguirre, al final únicamente lidió tres. Este último era otro manso encastado y fiero, que repartía hachazos y tornillazos a diestro y siniestro y buscaba tablas cobardemente. Le citó desde el centro del redondel para a continuación sin dudarle, sin darle tregua, ofrecerle el pecho y todo su cuerpo con autenticidad y... ¿qué pasó? Pues que acabó, de nuevo, desengañándole primero y dominándole después. No de cualquier forma, sino lidiando, toreando y templando la descompuesta y agresiva embestida del morlaco. No toreaba deprisa José Pacheco, qué va, acompasaba el pase, es decir templaba sobre la embestida rauda del bicho que es cosa muy distinta aunque parezca lo mismo. Le hurtó derechazos y naturales sobrecogedores que levantaron a los espectadores de sus asientos,  ya en ese instante prendió imparable, por todos los tendidos de Las Ventas sin excepción, la llama del “run-run” característico de esta plaza que la adorna y acompaña en los momentos sublimes.

Puerta Grande en Madrid: Vuelta al ruedo lenta a hombros. Puerta del túnel que comunica el ruedo con el pasillo interior de la plaza cerrada a cal y canto hasta que el matador irrumpe en él. Le esperamos cientos con un nudo en la garganta. Se abre. Liberación de emociones con los gritos de: ¡¡¡Torero!!!, ¡¡¡Torero!!! “El Califa” llora y se agarra con rabia y pasión a las orejas del doloresaguirre. Inmediatamente entra en el atrio coronado por la preciosa bóveda neomudejar de la Puerta de Madrid. Desde las balconadas, arriba, la gente se asoma y le aclama. Y él sigue con su rostro desmadejado por el llanto. El eco ensordecedor del lugar nos desarma. El torero nos hizo felices y nosotros, en justo agradecimiento recíproco, le pagamos con la misma moneda de felicidad. Por fin, sale a la calle y todo el mundo quiere acariciarle. Le meten, con mucho temple, en la furgoneta de su cuadrilla y según sube por la Calle Alcalá, los aficionados enfervorizados le siguen aplaudiendo desde las aceras. Nosotros también vamos hacia la Plaza de Manuel Becerra con un talante maravilloso, muy distinto al de la mayoría de las tardes. Hoy avanzamos acariciando el suelo, con una leve sonrisa en los labios y un tierno abrazo en la mirada.

No poseo ahora ninguna desilusión. Soy feliz surcando las nubes oníricas apretando mis dos orejas ganadas en buena lid. Veo a mi padre y se las ofrezco. Nos fundimos en un abrazo alado entre lágrimas y sonrisas. ¡Esto es el toreo!, me dice bajo la Puerta Grande de las Ventas. O lo que es lo mismo: bajo la Puerta Grande de la Gloria. Al Dios Torero que pasaba por allí le grité: “¡Maestro, maestro que el arte del toreo lo llevo muy dentro y no me lo puedo arrancar..!”

  Miguel Moreno González
Cadalso de los Vidrios (Madrid)
Junio 2003

                                           

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