Encontré
en un archivo cibernético una foto en la
que sentados, esperaban por mi emoción,
José María Manzanares y José Monge “El
Camarón de la Isla”.
El primero debe ser uno de los tres
toreros que más emoción me han provocado
con el arte que derramaba en la plaza de
toros y el segundo quien, a mi modesto y
casi iletrado criterio, llevó el
flamenco a sus mayores alcances.
Pero la foto no merece ser comentada por
el cante, o el toreo que derrama. De la
imagen me sorprende que en un mundo
desarrapado como el que vivimos, la
grandeza, el arte, la sensibilidad y el
sublime pensamiento terminen por
juntarse.
No existen imágenes que cuenten los
encuentros de Tomás Moro y Erasmo de
Rótterdam, íntimos amigos, y feroces
oponentes en los canales de pensamiento
que construyeron en su época. De
“Utopía” de Moro a “Elogio a la Locura”
de Rótterdam, hay un mundo de distancia,
a pesar, tanto de la importancia de
ambas obras para el devenir histórico de
nuestra historia occidental, como de que
en el segundo libro citado la
dedicatoria verse a favor del autor del
primero.
Tampoco conozco fotografías del amor
entre Martín Heidegger y Hanna Arendt,
¿Será acaso porque el primero permitió
que su importancia filosófica solape el
vergonzoso episodio nazista que
persiguió a Arendt, una de las más
grandes teóricas de la democracia que
hoy conocemos?
De lo que sí nos queda registro, al
menos escrito, es del viaje de Julio
Cortazar y Carlos Fuentes a casa de
Milan Kundera a propósito de “la
primavera de Praga”. En una de las obras
más deliciosas del autor mexicano,
llamada “los 68”, uno de los tres
episodios relatados por el autor recrea
ese viaje permitiéndonos a los lectores
adentrarnos en acaso tres de las mentes
literarias, y porqué no políticas, más
lúcidas de la segunda mitad de siglo XX.
A José María Manzanares y José Monge “
El Camarón de la Isla” no los conoce el
mundo, como seguramente sí a Tomás Moro,
Hanna Arendt, Julio Cortazar o Milan
Kundera. Yo, que pertenezco a ese mismo
mundo, en el que pocas veces me
reconozco, tengo la suerte de no conocer
su personalidad, ni los excesos mundanos
que dice la gente unía fraternalmente al
torero y al cantaor. Lo que yo siento al
ver sus rostros en la imagen es el
gemido del cante hondo de Manzanares en
cada una de las medias que ha dibujado
en el tiempo, y la profundidad, clase y
compás de Camarón en el paso evolutivo
que marcó en el Cante Flamenco- acaso lo
heredó de su voluntad de ser torero en
la infancia-.
Lo que pido para mi siguiente vida, es
ser uno de esos fantasmas, que dicen
vivir entre nosotros sin que los podamos
ver, para así buscarme un lugar en uno
de los tentaderos de becerras que dicen
juntaban a un Camarón toreando y un
Manzanares cantando, o al menos el
fotógrafo que debe haber compartido con
ellos momentos que envidio y no
sanamente
Por Nochetriste
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